La sinfonía

Una triste sinfonía reina el silencio de lo que en su día fue Rikuzentakata. Un amasijo de hierros y escombros del esqueleto de un centro comercial baila al compás de la fría brisa que llega del mar. Apenas son tres kilómetros lo que recorre, pero sin embargo en su triste caminar cada soplo hace sonar la lúgubre sinfonía de destrucción que el mar compuso a la población de Rikuzentakata aquel fatídico once de marzo del 2011.

Cada una de mis pisadas por el lodo rompe el silencio de la sinfonía. A mi alrededor el vacío reina en la soledad en la que se ha convertido la que en su día fue uno de los principales núcleos turísticos del Noreste de Japón.  El muro de contención de cinco metros no fue suficiente para parar las olas. El mar no avisó.  Ya hace un año de aquello y sin embargo mientras que enfoco mi cámara el silencio me embriaga en un luto constante. Aquel once de marzo murieron 1.569 de sus 24.000 vecinos. Más de 800 viviendas, todo el centro de este pueblo volcado al mar, fueron barridas por el agua.

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