(Foto: Israel Viana)
ISRAEL VIANA
Cuando comenzó la guerra, Gaspar Viana vivía en un pequeño pueblo de agricultores de Guadalajara, Peralveche, «donde no había ni fascistas ni rojos». «En el pueblo no sabíamos nada de todo lo que estaba pasando en Madrid, donde ya habían matado al ministro de Hacienda, ya habían quemado conventos y ya se habían sublevado en el cuartel de la Montaña. Allí sólo nos enterábamos de lo que pasaba allí». «No había ni prensa ni nada» para enterarse de la tensión creciente en España los meses previos a aquel 18 de julio de 1936. Buena prueba de ello, es cómo se enteró de que se había implantado la Segunda República. «Yo tenía 13 años y venía de sembrar la avena con mi padre, que le preguntó a una vecina: “Irene, qué son esos trapos que has puesto ahí”. Y ella contestó: “Cirilo, es la bandera de la República, que se ha implantado en España”».
Muchachos, la guerra ha empezado, quedan en activo los de la quinta del 36
Aquella desconexión, muy propia de otros muchos pueblos de España, no impidió que nada más estallar la guerra comenzaran a aparecer milicianos de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) por su el pueblo, «requisándonos una yegua y varias cabezas de ganado» y recogiendo voluntarios para llevárselos al frente. Según cuenta Gaspar, que hace gala de una memoria prodigiosa, el secretario del pueblo llamó a toda la juventud al Ayuntamiento y dijo: «Muchachos, la guerra ha empezado, quedan en activo los de la quinta del 36, pero dentro de cuatro días habrá más movilizaciones. Más vale que vayáis voluntarios, porque tendréis más ventaja y podréis ascender desde el principio».
Partieron unos 20, de menos de 150 habitantes que aproximadamente tenía el pueblo, entre los que no estaba Gaspar –que aún tenía 17–, pero sí su hermano Roque, al que llevaron al frente de Pozuelo de Alarcón. Él se quedó en el pueblo hasta enero del 38, viendo algunas de las barbaridades que se cometieron también en el bando republicano. Recuerda que el cura de Peralveche tuvo que huir disfrazado de segador. Peor suerte le corrió Salmerón, un pueblo cercano: «Estaba en un molino escondido. Allí lo encontraron y se lo llevaron de nuevo a Salmerón, donde le pasearon desnudo, con una cuerda atada a sus partes, mientras la banda municipal tocaba. Después se lo subieron para mi pueblo y, en la entrada, le pegaron cuatro tiros y le cortaron las orejas. Después recorrieron Peralveche mostrando las orejas y gritando: “¿Tenéis a algún fascista que os moleste? Porque mirad lo que hemos hecho con ese cuervo”».
«Yo sólo quería salvar la “pellica”»
Cuando fue movilizado por los republicanos en enero de 1938, y enviado al frente de Teruel, Gaspar, que ahora tiene 93 años, no tiene vergüenza en reconocer que se pasó la guerra corriendo de un lado para otro: «Yo sólo pensaba en salvarme, nada más. Ni política ni nada. Sólo salvar la “pellica”. Y vivo de casualidad».
Recuerdo que tuve que saltar por encima del cadáver de un cabo valenciano
Para él la guerra con los republicanos «fue un desastre». «Nos mandaban hacer asaltos de sorpresa para tomar posiciones y siempre salíamos perdidos. Recuerdo una ocasión en Cublas de Teruel que un teniente que nos hizo brincar a unos 20 soldados a una zona llena de nacionales desde la que veían todos nuestros movimientos. Él se quedó atrás y de nosotros cayeron la mitad. Recuerdo que tuve que saltar por encima del cadáver de un cabo valenciano al que un tiro le entró por el ojo y le salió por detrás, justo delante de mí. Y todo ello sin sanitarios, ni camillas, ni nada. El que caía allí, allí se quedaba».
Anécdotas como esta tiene varias. En otra ocasión, un caza les bombardeó mientras estaban escondidos en un pequeño parapeto de piedras y un trozo de metralla le dio «en el culo». Y cuando se les acabó la munición, les tiraron hasta las cajas. En Cerro de la Herradura, por ejemplo, cuando ponían una alambrada los nacionales les gritaron desde su trinchera: «Rojillos, no la pongáis por delante, ponerla por detrás, que os va a hacer falta». Y efectivamente, al día siguiente, otra gran ofensiva. También las «descubiertas» que les obligaban a hacer para recoger los fusiles de los muertos («una noche, quería dar un asalto por sorpresa. ¡Pero menuda sorpresa! ¡Siempre hay locos! Cuando estábamos cortando la alambrada escuchamos a los nacionales darnos el alto y comenzar a tirarnos bombas. No cogimos la posición y tuvimos que retroceder »). O en Sarrión (Teruel), donde después de haber sufrido los cañonazos de un tren en el Puerto Escaldón y quedar aislados en una bolsa, vino la misma aviación «roja» y les bombardeó pensando que eran nacionales. «¡Si es que era un desastre!».
Entre escabechinas y huidas
Entre todas estas escabechinas y peripecias, hubo deserciones, regresos al pueblo sin permiso, ayudas de médicos amigos para conseguir una baja o caminatas a través del monte entre Teruel y Valencia huyendo de la batalla («con piojos y comiendo lo que encontrábamos»).
Había por la calle tantos muertos que las mismas familias los recogían con carritos de mano
Todo esto hasta octubre de 1938, cuando, después de ocho días de permiso, él y su cuñado no quisieron volver la frente y se fueron para Madrid, donde un conocido, Mariano Lerín, también escapado del frente del Jarama por ser de las Camisas Viejas de Falange y enrolado en la «quinta columna», les acogió en un piso de la calle Núñez de Balboa. Lerín llamó a un amigo conocido médico para les pusiera una inyección que les subió la fiebre a 40º. Fueron entonces evacuados al hospital de Niños Huérfanos y Raquíticos de Chamartín de la Rosa, donde estuvieron hasta Nochebuena. . «Cuando ya no teníamos fiebre, escuché al director del hospital decirle al médico: “Palacios, estos dos chicos son malas personas”. Luego se nos acercó, nos dio unas palmaditas en la espalda y nos dijo: “Cuando os pase visita, me contestáis a lo que os pregunte y a vivir”. Lo de que “éramos malas personas” era una forma de decir que éramos de la “quinta columna”». Lerín había intercedido por ellos para que no les mandaran al frente.
A primeros de 1939 la quinta Columna estaba preparada para sublevarse si los mandos franquistas lo pedían. «Pero nos dijeron que nos estuviéramos quietos». La Junta de Defensa se había organizado y el coronel Casado se había puesto en contacto con Franco. Los comunistas no se quisieron entregar y hubo duros enfrentamientos en Madrid entre unos y otros. El 28 de marzo ya se había acabado todo el tiroteo entre los comunistas y la Junta de Defensa, y había por la calle tantos muertos que las mismas familias los recogían con carritos de mano».
Fue entonces cuando a Gaspar, en la «quinta columna», le ordenaron armarse y salir a tomar el control del almacén de comida de la calle Abascal número 49 y desarmar a los carabineros. La guerra había acabado. A Gaspar sólo le quedó cubrir el desfile de la Victoria y continuar vivo. «Para eso me metí en la quinta columna, para salvarme, para continuar vivo», concluye.