Naranjas de la china
por MANUEL DE LA FUENTENi con naranjas de la China acabamos de sacarle todo el jugo al Ferrari de Fernando. Pero malherido o no nuestro orgullo (sobre todo el blanco, el merengue), las carreras de la Fórmula 1 cada vez son más divertidas. Aparte de las nuevas tecnologías y de la cabina intergaláctica donde se las gastan los pilotos, hay que reconocer que buena parte de la culpa de este jolgorio que vivimos los domingos a 300 kilómetros por hora la tiene el señor Pirelli.
El carrusel de entradas en boxes para cambiar y recmabiar neumáticos impide prácticamente saber qué va a pasar en carrera en los próximos cinco minutos. Los pilotos no sólo tienen que pulsar y atinar con todas las teclas para manejar el bólido, sino que esta temporada están teniendo que desarrollar un muy especial sexto sentido para saber no sólo cómo andan (bueno, cómo ruedan) sus gomas, sino la del vecino de atrás, la del vecino de delante y hasta imaginar cómo estarán los neumáticos cinco... o diez minutos después.
A este paso, Vettel, Alonso, Hamilton y compañía van a acabar como los ciclistas de leyenda, con el tubular, o con la goma, al hombro, para cambiar sobre la marcha. Y qué decir del ingeniero de McLaren, el hombre debía haber soñado con Bobby Fischer, se tomó lo de Shanghai como una partida de ajedrez hasta poner a Lewis mordiéndole los cuartos traseros a Vettel y meterle un jaque mate que nos puso los kers de punta. Los mismos kers que va a necesitar el renqueante e irregular bólido madridista ante lo que se avecina. Los blancos parecen con las gomas muy gastadas.
Y en el Bernabéu y en Shanghai, naranjas de la China. Otra vez nos quedamos sin postre, sin el dulce sabor del pódium. Un sabor que se nos está olvidando. El menú se lo zampó enterito Hamilton.


















