Javier D. Guardiola
A nadie le descubrimos la pólvora si repetimos ahora que Pastora Soler representará a España en el Festival de Eurovisión de este año con la canción Quédate conmigo. Con ella defenderá a nuestro país en la final que se celebrará en Baku, la capital de Azerbayán, en la noche del sábado 26 de mayo en el Crystal Hall construido para la ocasión. Pero, ¿es una buena baza? Estos son los aspectos positivos y también los peros de un tema que ya ha dado mucho que hablar y, sobre todo, que escuchar.
LAS RAZONES DEL SÍ
Contamos con una buena intérprete: Pastora Soler, nacida en Coria del Río en 1978, no es una recién llegada al mundo de la música. De hecho, ya desde los ocho años recorría la Península con la compañía Los Chavalillos de España que dirigía Lauren Postigo. Ha publicado varios discos y obtenido algunos premios. En 2001 su nombre alcanza cierta notoriedad cuando uno de sus temas se convierte en sintonía de la Vuelta Ciclista a España. Eddy Guerin y Carlos Jean le han producido algunos discos, y le han compuesto temas autores como David De María, Eros Ramazzotti, Alejandro Abad o Alejandro Sanz. No es una artista que se arrugue en los escenarios. En el de la final de Baku estará acompañada de alguna forma por su marido, coreógrafo. Eso le dará aún mayor seguridad.
A la cantante le gusta la canción: Puede parecer una afirmación de Perogrullo, pero es que en España tenemos el don de cargarnos todo lo que hacemos. Y no hay que irse muy lejos. El año pasado seleccionamos para que nos representara en el Festival a Lucía Pérez con Que me quiten lo bailao, canción para el olvido. La intérprete ya se encargó durante la gala de elección del tema de decir que ella prefería una balada, pero los telespectadores, con una guasa que no se puede aguantar, le eligieron una canción que ya desde el minuto uno hizo que a la gallega se le desencajara el rostro. No era el primer caso en nuestra historia eurovisiva.
Las apuestas nos son favorables: Desde que Quédate conmigo se dio a conocer hace unos meses, el tema de Pastora Soler se ha movido entre los diez primeros puestos en las porras elaboradas por las diferentes casas de apuestas. Y cada vez que su intérprete sube al escenario del Crystal Hall para ensayar su puesta en escena, sus posibilidades aumentan, escalando posiciones. De hecho, tras el segundo del domingo, había algunas que la daban por ganadora. Lo cierto es que la representación española acumula adeptos por momentos y ha sido muy bien recibida por los eurofans. Prueba de ello es el vídeo que circula por Youtube en el que diferentes cantantes españoles y de otros países (de Portugal a Sudáfrica), algunos de los cuales están de alguna forma vinculados con el Festival, entonan la canción de la sevillana. Un bonito y emotivo homenaje.
Una balada que sirve de contrapeso: Todos los años termina sucediendo algo similar: el gran grueso de las votaciones se lo disputan una canción rítmica y una balada. Así ocurrió en el último festival, en el que el primer puesto recayó finalmente en el Running scared de Azerbayán, que se impuso a la locura de amor del italiano Gualazzi. Si damos por hecho que el tema discotequero de esta edición lo traen los espasmos descontrolados de la sueca Loreen, habrá que buscarle un contrapunto más melódico en el que mucho tendrán qué decir apuestas como la de Serbia, con un Zeljko Joksimovic que ya sabe lo que es tener la miel cerca de los labios (quedó segundo en 2004). En ese caladero de votos puede tener su oportunidad también España.
Somos españoles, creemos en los milagros: España ha hecho grandes esfuerzos este año y se ha tomado el festival en serio. Se agradece incluso haber renunciado a tópicos como el del rasgado de guitarra por otras posibilidades, como el piano, que siempre viste bien. Sería incluso paradójico que en la edición en la que menos invertimos en el certamen lo termináramos ganando. Pero nosotros somos así: quijotes que no se arrugan ante las dificultades. ¿Y si al final nos alzamos con la victoria?
LOS MOTIVOS DEL NO
Es posible que tengamos mejor intérprete que canción: Es la crítica que más se escucha entre los eurofans españoles, algunos de los cuales argumentan que el tema elegido no exprime al máximo las posibilidades expresivas y vocales de la sevillana. “Llevamos una cantante muy profesional, pero es mejor Pastora Soler como intérprete que la canción. Dudo que pasemos del sexto puesto”, vaticinaba Juan Luis Ayllón, ayudante de comentarios de José Luis Uribarruri, en este mismo periódico. De poco servirá pues que compartamos con el Euphoria de Loreen a Thomas G:son como compositor, o los arreglos efectuados desde la primera versión, que lucen más vocalmente a la cantante. Afortunadamente, Pastora Soler es de las que se crecen en el escenario y sabe dosificar sus fuerzas.
El coro no termina de encajar en la canción: Pastora Soler tiene una gran voz, y es esta voz la que debería esculpir la coreografía de la canción. Hasta lo que llevamos visto de momento en los ensayos, ella debería mostrarse más estática, demostrar más templanza. Eso daría seguridad al que la escucha. Tampoco entendemos la presencia del coro: entra tarde y tampoco aporta mucho. La sevillana tiene tanta fuerza por sí sola que incluso se hace prescindible. Ni que decir tiene que esta canción pide a gritos un micro de solapa. +
La situación invita a la pachanga: Tenemos que volver a hablar de Suecia. Europa está como está, y el continente necesita fiesta. La economía no hace más que dar sustos y el personal busca fórmulas para abstraerse. Resulta curioso que los países que más sufren la recesión (entre ellos Irlanda o Italia) se hayan tomado más en serio el Festival. Por eso, y aunque Quédate conmigo es una balada más que digna, es más que probable que sean mejor aceptados los temas discotequeros, alegres, movidos, con grandes efectos… En una palabra: el de Loreen.
Seguimos siendo un país periférico: Y muy grande, pero con pocos vecinos, o únicamente dos fronteras. Solo Portugal (pro-británica) y Francia (¡para qué decir nada de nuestros amigos galos!). Andorra se apea del festival también este año. Doce puntos menos. Porque, y hasta cierto punto es lógico, Eurovisión es mucho de política y de afinidad cultural. Los bálticos votan a los bálticos, los eslavos a los eslavos, los nórdicos a los nórdicos… Y nosotros, ¿qué? De hecho, aunque votaran los países iberoamericanos, este año acabaríamos con los votos argentinos y bolivianos expropiados. Tendría su gracia que, por esta razón de las amistades entre países cercanos, Rumanía, que se atreve con el español, gracias a Polonia, Eslovaquia o Hungría, si pasa su semifinal, consiga más votos que nosotros.
El pescado está más que vendido antes de llegar a la final: Si usted es un eurofan de los pies a la cabeza, a estas alturas ya sabe, aunque sea una sorpresa, hasta el color del traje que llevará Pastora Soler en la final del sábado (aquí también lo sabemos, pero no lo desvelamos). Puede que no se lo crea, pero Eurovisión levanta pasiones y mueve ríos de tinta. Eso significa que, para cuando suenen los primeros acordes en Baku, se habrá escrito ya sobre lo divino y lo humano, lo que han preparado unos países y lo que caracteriza a otros, las bazas de ellos y de ellas… Hay apuestas para todo. Lo único que queda es intentar contradecirlas. Y, aunque no se lo crean, a veces pasa, y algunos “megafavoritos” se han quedado en la cuneta de las semifinales o en los puestos más humillantes de la clasificación en la gran final
