Situada en la calle Cuchilleros, la bodega Ricla abrió sus puertas en 1867
Situada en la calle Cuchilleros, la bodega Ricla abrió sus puertas en 1867 - BELÉN RODRIGO

Vermús, callos y conservas: El rincón de los famosos en la ruta de tascas de Madrid

La bodega Ricla es uno de los locales más visitados de la zona de La Latina, entre ellos multitud de personalidades

MadridActualizado:

Lleva el nombre del pueblo de su fundador, un aragonés llamado Auspicio Lou. Tenía viñas en Ricla y aprovechando que vivían muchos maños en Madrid abrió una pequeña bodega en la capital en 1867. En un comienzo era lo único que vendía, vinos aragoneses, y poco a poco se fueron introduciendo el de otras zonas, como el de Valdepeñas, y hoy los vinos pueden ir acompañados de tapas y raciones. Es un pequeño local en la calle Cuchilleros (frente al restaurante Botín) en el que se conservan las puertas y las estanterías de comienzos del siglo XX. Fachada verde, color que predomina también en el interior, con azulejos de estilo árabe, y una columna de hierro forjado en el centro. Durante la época de la guerra, la cueva, en la que se albergaban ahora grandes tinajas de vino, era usada por los vecinos de la zona como refugio antibombas.

Emilio Lage, natural de Galicia, trabajó con el bisnieto de Auspicio, Agustín, desde los años 70. Cuando se jubiló Agustín, en 1983, sin nadie de la familia que se hiciese cargo del negocio, éste se lo quedó Emilio, hoy ya jubilado. Su mujer Ana María y su hijo Emilio han sido su gran apoyo y hoy siguen llevando las riendas de esta bodega. «El vino de la zona Ricla era muy fuerte», comenta Emilio hijo, «y por ese motivo se fueron introduciendo otros vinos», añade. «Mi padre trabajó muchos años con el dueño y acabó por quedarse él», subraya. Desde entonces han hecho pocos cambios en el local, entre ellos los azulejos de las barras, por mal estado, aunque se buscaron los más parecidos para su reposición, y se sustituyó la barra de mármol ya estropeada por el paso del tiempo. Pero el local sigue manteniendo su esencia y su encanto, con tinajas y barriles que decoran el interior.

Conservas y embutidos

Donde sí decidieron realizar más cambios fue en la oferta de comida. «Abrimos esta vertiente pensando siempre en comida para tapear», explica Emilio. Están especializados en conservas y embutidos. Optaron por tener cecina de Astorga de muy buena calidad, en lugar de jamón serrano, para «ofrecer algo diferente que los otros». Se puede comer también fuet, chorizo, queso manchego, boquerones y mejillones. Entre las especialidades están los callos y sobre todo el bacalao en aceite. «Lo hacemos aquí y tiene mucho éxito. Es lomo de bacalao noruego que desalamos nosotros», aclara el hijo de los dueños. Y los fines de semana de invierno ofrecen judiones de La Granja.

El vino de la casa sigue siendo un vino aragonés, de Campo de Borja, una de las denominaciones de origen más antigua de España. «Ya no tenemos vino de garrafón», aclara Emilio. Van rodando los vinos en la carta para intenta tener de todas las regiones del país. El chato, por 1,8 euros, viene acompañado de su correspondiente pincho, normalmente embutido o queso. En verano optan por pinchos más frescos como una ensalada de garbanzos.

Se sirve vermú Izaguirre y está considerado uno de los mejores de la capital. «Nunca hemos dejado de servir vermú de grifo, es cierto que es una moda cíclica pero aquí siempre lo hemos vendido», cuenta Emilio. El precio de las tapas varía ente los 3,20 y los 4,20 euros. La tapa de bacalao, por ejemplo, que tiene tanto éxito, cuesta 3,80 y si se pide en ración 14 euros.

Ruta de las tascas

Por la zona antigua de Madrid es muy normal recorrer las calles entrando y saliendo en las diferentes tascas para degustar sus vinos y especialidades de los pinchos. Por esta casa es muy habitual ver rostros conocidos aunque los dueños de Ricla evitan dar nombres, «aquí todos nuestros clientes buscan el anonimato, son uno más». Hace ya unos años a quien se le solía ver por estas tabernas era al entonces Príncipe de Asturias, «se le veía mucho por la zona», con los amigos, realizando también la ruta de las tabernas.

Quien visita más esta bodega es público nacional. «El concepto de estar de pie e ir cambiando de local no es muy dado al turista aunque los extranjeros que viven en Madrid sí que suelen hacerlo», explica el hijo de los propietarios. Entre semana tienen más clientes que viven o trabajan por la zona y los fines de semana es más variado. Y hay mucha clientela muy fiel, que lleva años yendo por la bodega. «Es curioso observar a clientes que venían de niños con su familia, luego con los amigos, después con su pareja y luego ya con sus propios hijos». En algunos casos se han ido ya del barrio «pero siempre que pueden se acercan a vernos».

Por las tardes suele haber más movimiento que por la mañana, sobre todo los fines de semana aunque es muy impredecible. Abren de 13 a 16 y de 19 a 24 horas (cierran los martes y el domingo por la tarde).