Madrid

Los últimos de Manila

Hoy cierra definitivamente la mítica cafetería de La Vaguada: 33 años de trabajo y 26 empleados a la calle

La mítica cafetería Manila, en La Vaguada, cierra hoy
La mítica cafetería Manila, en La Vaguada, cierra hoy - ÁNGEL DE ANTONIO

Manila es, en cualquier atlas de geografía, la capital de Filipinas. Para los madrileños es, desde hace 60 años, sinónimo de tortitas con nata (ellos las introdujeron) y merienda con churros, bollería fina y animada charla. La última cafetería de esta cadena, que resistía en La Vaguada, cierra hoy. Los dueños no pueden hacer frente al alquiler, sobredimensionado sin lógica aparente, dicen los empleados. El anagrama de las palmeritas desaparece definitivamete de nuestro paisaje urbano y 26 trabajadores se van a la calle.

«El viernes pasado nos avisaron de que había un ERE», dice Josefa Díaz, una de las cocineras. Ella, Merche y Noelia aguantan las lágrimas. No ya sólo porque se vean sin trabajo a edades muy difíciles, sino porque llevan décadas trabajando juntas. Incluso los hay que se hicieron novios (entre la barra, la cocina, la plancha de los sándwiches, los platos combinados y el bullicio de las mesas) hace los mismos 33 años que lleva la cafetería en el centro comercial.

Saben, aunque no tienen ni confirmación ni nombres, que el local –de unos 500 metros cuadrados– tiene varios «novios» importantes. Se trata de grandes compañías del textil y de la tecnología, que pagarían los más de 40.000 euros mensuales de alquiler que pide la empresa que gestiona el centro comercial.

Situado en la planta a ras de calle, en la avenida de Monforte de Lemos, dispone de los salones interiores y una amplia y coqueta terraza exterior, muy solicitada incluso en invierno por los clientes que no pueden pasarse sin echar el cigarrito de turno. «Nos echan a la calle. Pero resistiremos», rezan los carteles que los empleados han colocado por todo el local. En los cristales, en las paredes y entre los servilleteros. Sin embargo, el ánimo está bajo mínimos. «El 31 de enero, a las 12 de la noche, se cierra. Si venís el lunes [por mañana], ya veréis todo tapado con papeles», dice apenada Josefa, que sale y entra de la cocina más inquieta que los flanes que ella misma prepara con sus manos para la fiel clientela.

Nati y María José, entre palique y palique, no se habían dado cuenta de los avisos de la «sentencia de muerte» para este Manila. Son dos clientas habituales. De las de merendar tranquilas, algo que, cada vez más, parece un pecado. «¿Qué me dice? ¡No me lo puedo creer!», se lamenta Nati mientras se levanta de su mesa y enfila hacia el cartel de agradecimiento de los trabajadores por el apoyo que están recibiendo.

Claro que solo con agradecimientos no se come. Lo inevitable es que 26 personas se quedan sin trabajo. Tampoco ven clara una mínima indemnización. Al menos, de forma inmediata. Ya se están asesorando legalmente. Pero a muchos les conmueve, además, tener que despedirse de tantos momentos vividos durate años en el último Manila de Madrid.

«Somos una familia. Y no es figurado. Hay hermanos y cuñados. Yo, por ejemplo, trabajo con mi marido, Cándido, que es el encargado», explica Merche, ocho años de camarera; muy pocos comparados con los 33 que lleva su esposo: «Aquí hemos compartido momentos únicos. Hemos reído, hemos llorado, nos hemos reñido, nos hemos besado... Hemos ido a las bodas de unos y de otros y hemos estado a punto de atender partos porque se aguantaba hasta bien salida de cuentas. ¡Estábamos tan a gusto!». Merche y Cándido se quedan sin trabajo y tienen dos hijos en estudios universitarios. Ella se angustia. Y no lo puede disimular.

Josefa interviene de nuevo. Todavía no se explica cómo saldrá adelante. Pero saldrá. Tiene 56 años. Sus dos hijos están sin empleo. «¡Esto es salir de la crisis!», se revuelve. Mientras se retoca su gorro de cocinera, dice que uno de sus chicos ha estudiado Informática y el otro Economía.

Nancy es una de las empleadas más jóvenes. Tiene bajo su responsabilidad dos hijos: un niño de 11 años y un bebé. «No entendemos la situación. Esto está siempre lleno. A cualquier hora. Y no cerramos nunca. Ni en Navidad ni en Año Nuevo... Por eso tenemos tanto cliente fiel», razona.

La joven lleva en este Manila de La Vaguada menos tiempo que sus compañeros pero se considera parte de la «familia». Estuvo, antes, en la cafetería que había en la calle de Juan Bravo y que cerró a pricipios de los años 90.

Pioneros

La cadena Manila arracó hacia 1940 de la mano de Luis Zamorano, un camarero emprendedor. Llegaron a tener 26 cafeterías con el santo y seña de las palmeras. Además de inventarse las tortitas con nata y convencer a los madrileños de que un sándwich mixto podía ser tan apetitoso como un bocata de calamares o un pincho de tortilla –que nunca los descuidaron–, las cafeterías Manila introdujeron el estilo neoyorquino de la merienda americana y el plato combinado. En abril de 1995 cinco locales (Goya, Juan Bravo, Génova, Gran Vía y Montera) fueron subastados por sus deudas con la Seguridad Social.

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