Una de las habituales redadas policiales en el barrio de Lavapiés
Una de las habituales redadas policiales en el barrio de Lavapiés - DE SAN BERNARDO

El «narcotour» de Lavapiés: «Jamás he pasado tanto miedo como en mi portal»

Vecinos del barrio denuncian que la droga está por todas partes y que causa robos, peleas y degradación

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«Mi nombre era puta y mi apellido, zorra. Esos apelativos los he tenido que oír tres años, el tiempo que estuvieron el grupo de africanos que usurparon dos viviendas en mi finca». Eso dice Begoña Sebastián, residente en Lavapiés. Cuatro incendios, plagas de chinches y humedades fueron algunas consecuencias que dejaron a su paso el tiempo que duró esa pesadilla. Eso, sin contar con el «robo» del agua y de la luz, ya que los amigos del «todo gratis» se enganchan a los contadores de la comunidad, amén de esconder droga en zonas comunes y de pelearse con cuchillos en las escaleras o hacer sus necesidades. Estamos en el «narcotour» que organiza la Plataforma del Barrio de Lavapiés que nació hace un lustro para luchar contra los problemas de las okupaciones mafiosas, la delincuencia y degradación que acarrean a su paso. Una «excursión» que cobra más relevancia tras la detención el viernes de cuatro senegaleses, con antecedentes por tráfico de drogas, implicados en los disturbios de marzo.

La ruta comienza en la plaza que da nombre al barrio, repleta de camellos (marroquíes y subsaharianos) a la caza del cliente, que suele pulular por las inmediaciones en busca de su dosis –coca, crack, heroína...– con las huellas de su adicción delatoras. En los últimos meses volvieron los yonkis, como en los años 80, que se pinchan a la vista de todos, sobre todo detrás del edificio de la UNED (Zurita, 45), o en la calle del Olivar, 56. Algunos usan las jeringuillas como arma para robar.

El trapicheo y sus consecuencias, derivadas del auge del «caballo» y de las okupaciones, aumentaron tras el verano. «2017 fue un año convulso», dice Rodríguez, portavoz de la Plataforma. Un «zeta» de la Policía Nacional irrumpe en la plaza, identifica a varios jóvenes y se lleva a uno. «¡Yo no he hecho nada!», protesta. Un corro rodea a compradores y vendedores. La escena se paraliza. «Esto es el pan nuestro de cada día», dice María. «Hay que tener cuidado con lo que se dice porque no sabes quién escucha», advierte. El tour prosigue mostrando los puntos negros del negocio, en el que hay edificios enteros okupados (Doctor Piga, 15)  donde se trafica solo con heroína. «Algunos tienen la persiana a medias . Solo pasas si te conocen». Como el de la calle Salitre.

Mafias que se adueñan de edificios

La sensación de inseguridad acompaña, especialmente, al anochecer. «Jamás he pasado tanto miedo como en mi portal. Nadie se puede hacer una idea de lo que es vivir entre "narco okupas"», dice María (nombre ficticio). «Tú, y toda la comunidad de vecinos, te sientes perdido. Sobrepasado. Sin saber cómo actuar legalmente. Hay jueces que tardan hasta tres años en ordenar un alzamiento. Y aquí no vienen familias desamparadas; son mafias que se adueñan del edificio y, encima, no les puedes decir nada», precisa. Agrega que durante la okupación en su edificio «ahorré mucho porque salía poco; vivo sola y me daba miedo volver: no sabía qué me iba a encontrar. Me tenían que acompañar hasta arriba», indica en alusión a los okupas y a sus clientes que se apostaban en el portal o zonas comunes impidiendo el paso. Incluso tirar la basura era una misión arriesgada ya que robaban las bombillas y dejaban el edificio a oscuras, relata. «Bajábamos con la luz del móvil y el 091 marcado en el teléfono. Otra chica que salía tarde de trabajar me llamaba para ver si estaba "despejado". A veces, teníamos que llamar a la Policía». Denunciar por amenazas y agresiones es arriesgado, ya que «los detienen y a los pocos días, vuelven».

Dormir es imposible. «Llaman al timbre de madrugada, montan escándalos... Si hay drogas, hay movidas», afirman las guías. «Estas situaciones sacan lo peor de ti. A mi me recetaron Orfidal para descansar pero aún así, sabía cuándo había ocurrido algo porque tenía sueños violentos», indica María. Una familia no resistió y se marchó: su hija sufría terrores nocturnos y su bebé no cesaba de llorar. Llegaron a poner un cartel en su casa que decía «Aquí no se vende», pero no respetaban nada. Fue en la calle del Olivar. Justo ahí un yonki alquila habitaciones y los «okupas» saltan de un balcón a otro desde fuera. A la altura de la calle Sombrerería hay un grupo de africanos consumiendo. «Los magrebíes roban por aquí y los rumanos hacen lo mismo en Sol y Gran Vía y luego vienen a cambiar las carteras o los móviles por dinero para sus dosis». La ruta nos lleva al Casino de la Reina, en Embajadores. «Hay dominicanos, algunos de bandas latinas, que trapichean».

Estrategias para detectar al consumidor

En algunos portales los okupas aprovechan para colarse cuando entran los residentes. No faltan los «narcopisos» en los que se ejerce la prostitución. «Hemos hecho un doctorado y tenemos un sexto sentido», explican estas mujeres. Calculan que habrá unos 150 camellos de los que 100 son africanos, 30 magrebíes y unos 20 rumanos. En la calle hay algunos; otros están en los pisos okupados, unos 60 de los 118 que tienen censados, tras ser desmantelados por la policía. En la «narcoruta» «mostramos la estrategias que utiliza el camello para detectar al consumidor, qué ofrecerle y los lugares del mobiliario urbano donde esconder la mercancía, entre ellos, papeleras, los bajos de los coches, etc. para que no les pille la Policía», dice.

Estas vecinas no están dispuestas a tirar la toalla. Han pasado situaciones difíciles, como los altercados derivados de la muerte de un mantero de un infarto el 14 de marzo. Integran la Plataforma 47 comunidades de propietarios y comerciantes, 150 personas. Además, se han unido con entidades similares de Madrid y de Barcelona, que emprendieron la campaña «A todo trapo», que consiste en colgar telas rojas para protestar contra las «narco okupaciones».

Ahora han visto un halo de esperanza con la ley de desahucias exprés. «No nos pueden ganar la batalla. Nos negamos a que nos echen de nuestro barrio. No podrán con nosotros», se rebela Sebastián y María, tajantes.