CRÓNICA NEGRA

La espeluznante historia del «matamendigos»

Fue condenado a 30 años acusado cometer 11 crímenes. Esquizofrénico, alcohólico y obsesionado con la muerte, practicó la necrofilia y el canibalismo. Murió en un centro psiquiátrico penitenciario en 2014

García Escalero durante el juicio celebrado en 1995. A la derecha, una de sus víctimas
García Escalero durante el juicio celebrado en 1995. A la derecha, una de sus víctimas - Ladyalcon

«Nacido para sufrir», era el tatuaje que lucía en uno de sus brazos uno de los mayores asesinos en serie de España. Se llamaba Francisco García Escalero, nació en Madrid el 24 de mayo de 1954 y murió en agosto de 2014 en el centro psiquiátrico penitenciario de Foncalent (Alicante), tras ser condenado a 30 años de prisión acusado de haber cometido once crímenes entre agosto de 1987 y septiembre de 1993. Él confesó otros cuatro más que no se pudieron demostrar.

Considerado inimputable por su enfermedad mental, los forenses que le examinaron durante el juicio dijeron de él que «era un paradigma de la locura». El tribunal que le juzgó en 1995 consideró que era «un hombre peligroso» y que no podía estar en un centro abierto, a pesar de sus promesas de «tomarse la medicación y no beber vino». Dijo que ingería tres litros de vino al día.

Padecía un rosario de enfermedades (enajenación mental, esquizofrenia, manía depresiva, transtornos sexuales, necrofilia, alcoholismo e ingesta de psicotrópicos), y se dedicó a matar a vagabundos como él con gran crueldad. Y todo ello, por motivos banales. «Me desperté junto a él, le miré y le aplasté la cabeza», llegó a decir. A todos ellos les quitó la vida lapidándoles o acuchillándoles, tras perder el control en una de sus muchas borracheras y de las voces que decía oir fruto de sus delirios. Después quemaba los cadáveres y, a veces, les rebanaba las yemas de los dedos para dificultar su identificación. También practicó el canibalismo con ellos.

«Hacía cosas que no estaban bien»

Desde niño se sintió diferente. «Hacía cosas que no estaban bien», manifestó. Vivió junto al cementerio de La Almudena, en un barrio chabolista junto a su hermano mayor y su padre, y siempre sintió atracción por la muerte. Paseaba entre las tumbas y se ponía delante de los coches para que le atropellaran con 12 años. «Tenía ideas raras desde los 17 años. Caminaba por las noches con un cuchillo, me gustaba entrar a casas abandonadas y mirar por las ventanas para ver a las mujeres y a las parejas».

Hosco, introvertido y solitario, siempre fue un ser asocial y no tuvo relaciones afectivas con nadie. Sus relaciones sexuales fueron siempre producto de la necrofilia, de actos violentos o con prostitutas y llegó a practicar la zoofilia, según confesó a los psiquiatras. Los forenses que le examinaron dijeron que su caso «era uno de los más pesimistas que existen». «Tiene sentimiento de la falta de sentimiento».

Su historial delictivo comenzó a los 16 años con el robo de una moto; tras salir del reformatorio cuatro años después, pasó a mayores: violó, junto a otros sujetos, a una mujer delante de su novio. Por ello, fue detenido y estuvo doce años en prisión con la única compañía de los roedores y pájaros muertos que encontraba en el patio.

«No era consciente, no era yo», fue el resumen que hizo en el juicio sobre el porqué de sus actos
«Tiene sentimiento de la falta de sentimiento y es un paradigma de la locura», fue el diagnóstico de los forenses

Cuando salió de la cárcel su padre había muerto y él cayó cuesta abajo. Se dedicó a vagabundear. La ingesta de alcohol y pastillas le provocaban alucinaciones que le conminaban a profanar cementerios y a matar. Su primera víctima fue una prostituta toxicómana con la que se topó en Capitán Haya. Su cadáver apareció en agosto de 1987, decapitado y calcinado. Después siguió en una espeluznante y delirante espiral sangrienta. En marzo de 1988 acuchilló por la espalda a un indigente al que le aplastó la cabeza con una piedra.

La lista es larga. Meses después, otro vagabundo apareció quemado y muerto junto a la pared del cementerio de Aluche. A otros los decapitó, les sacó las vísceras y las mordió. «Las voces me lo decían», explicó.

Intento de suicidio

La Policía Nacional investigaba el puzzle. Centró sus sospechas en él en el último crimen: el de un compañero con el que se fugó del Hospital Psiquiátrico Alonso Vega, donde García Escalero ingresó voluntariamente en septiembre de 1993. El infortunado apareció con la cabeza machacada y calcinado junto a una iglesia. Los agentes no lo dudaron: él estaba detrás de esa muerte pero no se imaginaban todo lo que había detrás.

Mientras los funcionarios tratan de encontrar las pruebas para detenerle por ese homicidio, García Escalero se intenta suicidar lanzándose delante de un coche en marcha. «Me lo dijeron las voces». No logró su propósito y a las enfermeras del hospital les rogó que le detuvieran. No quería seguir matando.

Cuando fue detenido, comenzó a desgranar, uno por uno, el rosario de asesinatos y barbaridades que había cometido con todo lujo de detalles, ante la estupefacción de los agentes: él dijo que catorce en total, pero fue acusado de once. Su caso conmocionó a toda la sociedad. En el psiquiátrico de Foncalent, en donde falleció, jamás volvió a mostrarse violento debido a que tomaba la medicación. Ahí, quienes le trataron le calificaban de amable.

Los forenses, en sus conclusiones, afirmaron que la historia de García Escalero era la de un doble fracaso. «Personal de Francisco, que padece una enfermedad paradigma de la locura que le ha incapacitado para desarrollarse de forma armónica consigo mismo y con su entorno». Y, en segundo lugar, «Francisco es un fracaso estrepitoso de la sociedad en general y más en concreto, de sus instituciones porque no han sabido o no han podido detectar, prevenir o poner los medios para eviar estos hechos», relataba ABC el 20 de febrero de 1996.

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