Madrid

Eduardo y Begoña, dos hermanos unidos por un riñón

Los protagonistas del primer trasplante con donante vivo de diferente grupo sanguíneo en Madrid cuentan su experiencia a ABC

Eduardo y Begoña, dos hermanos unidos por un riñón

Dos hermanos, Eduardo (53 años) y Begoña (48 años), han protagonizado hace unas semanas el primer caso en Madrid de transplante de riñón con donante vivo con incompatibilidad de grupo sanguíneo. No han pasado ni dos meses y ambos hacen vida en sus respectivos domicilios con total normalidad y salvando sin problemas las revisiones médicas en el hospital donde fueron intervenidos, el Clínico-San Carlos. Hasta ahora les unía la familia; ahora, además, están unidos por un riñón.

Eduardo tenía «poco más de 20 años» cuando le diagnosticaron una enfermedad degenerativa en un riñón. Primero intentaron atacarla con medicación, hasta el año 2007 en que su estado de salud le hizo entrar en diálisis. «Era septiembre cuando empecé, y una semana después me llamaron para hacerme un transplante».

Golpe de suerte

Pero ese tremendo golpe de suerte no acabó bien: «A la semana de operarme, el órgano sufrió una trombosis y tuvieron que quitármelo». A raíz de ello, se le desarrollaron anticuerpos y pasó a ser un «hiperinmunizado», lo que complicaba extraordinariamente otros posibles transplantes.

Comenzó entonces un largo camino de diez años soportando la diálisis, que al final tenía que realizar tres veces en semana, a razón de entre 4 y 5 horas en cada ocasión. «Un par de veces me llamaron, en esos diez años, pero finalmente no pudo ser». Hasta que su nefróloga, la doctora Isabel Pérez Flores, le propuso la donación de un familiar.

Su hermana mayor se ofreció a donarle su órgano, pero fue rechazada por incompatibilidad
«Es algo que mi hermana mayor siempre quería hacer, desde el principio, pero entonces los médicos eran más partidarios del transplante de órganos procedentes de fallecidos que entre vivos». Además, confiesa Eduardo, «no quería complicarle la vida a mis hermanas». Pero tras asistir a unas charlas sobre el tema, la idea caló. «Mi hermana mayor insistió, y nos hicimos las pruebas»; pero resultaron no ser suficientemente compatibles como para realizar con garantías la operación. «Así que sólo quedaba yo», bromea Begoña. La hermana pequeña, que confiesa: «Al principio no estaba muy por la labor; soy separada y tengo una niña de 12 años; mientras mi hermana mayor no tenía ninguna duda, yo las tenía todas».

Se hicieron las pruebas, y aunque sus grupos sanguíneos son diferentes –A positivo él, AB ella–, «la segunda hermana era idéntica en los antígenos HLA, que es algo así como un DNI celular, que nos diferencia a unas personas de otras», explica la doctora Pérez Flores, nefróloga de los hermanos y componente de la Unidad de Transplantes del Hospital Clínico San Carlos.

Problemas añadidos

Comenzó entonces una maratón de pruebas médicas a ambos hermanos, en la que «me han ido encontrando –dice Eduardo– otros problemas de salud: en hígado, en bazo, hipertensión, corazón...». Un largo y complejo proceso en el que, lamentan, en ocasiones la gran profesionalidad de algunos médicos no corre en paralelo con su sensibilidad en el trato al paciente.

La pequeña, Begoña, con distinto grupo sanguíneo, era idéntica en su «DNI celular» y fue la elegida
No obstante, insisten en sus agradecimientos a todo el personal involucrado en la doble operación: «A los urólogos, anestesistas, intensivistas, cirujano vascular, nefrólogos y personal de enfermería». El 1 de marzo se realizó la intervención. Para Eduardo, «bastante buena; no me enteré de la operación, y de hecho salí de la UCI antes que mi hermana, y sin ningún dolor».

Begoña, sin embargo, lo pasó peor: «La cosa se complicó: no me podían quitar el riñón izquierdo, que es el que suelen trasplantar, porque el mío al parecer es muy especial, tiene dos válvulas en vez de una, y resulta más complicado de ajustar en el receptor, en mi hermano». Así que le extirparon el derecho, que «al estar pegado al hígado, requiere una intervención más difícil, que no se puede hacer por laparoscopia sino con cirugía abierta». El resultado: 42 grapas en su cuerpo, «mientras que yo sólo tuve 21, la mitad», cuenta Eduardo.

En la mesa de operaciones

La intervención ha entrelazado las vidas de estos dos hermanos, uno de los cuales ha ganado en calidad –y en tiempo– gracias a la generosidad de la otra. «Ahora, todo va bien. De hecho, el riñón que me ha donado es tan bueno que empezó a funcionar cuando aún estaba en la mesa de operaciones», comenta aún sorprendido Eduardo. «Es que era un riñón excepcional...», presume Begoña.

Ella no quiere darle importancia a su gesto: «¿Que cómo me siento? No hago caso a lo que dice la gente, que soy maravillosa y todo eso … pero es que tú te sientes fenomenal; no le has dado la vida, pero le has ayudado mucho». A partir de ahora, tendrá que apañárselas con un solo riñón, pero no le falla el ánimo: «Se puede hacer, perfectamente, conozco a mucha gente que vive así. Pero tiene que estar todo muy controlado, no olvidarte de tus revisiones».

Eduardo, por su parte, ha recuperado calidad de vida, se ha podido olvidar de la tremenda atadura de la diálisis, y avanza poco a poco en su recuperación. Su mayor miedo, confiesa, era «que algo se torciera, que le quitaran el riñón a mi hermana y luego no me valiera, o lo rechazara; que su sacrificio hubiera sido para nada».

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