Cristina Cifuentes, durante uno de sus últimos actos públicos
Cristina Cifuentes, durante uno de sus últimos actos públicos - JAIME GARCÍA

Dimite CifuentesLa renovadora del PP que sólo duró tres años

Cristina Cifuentes llegó a la «primera división» de la política para insuflar a su partido un aire nuevo pero el «mástergate» ha arruinado sus posibilidades

MADRIDActualizado:

Cristina Cifuentes nunca ha sido «rubia», en el sentido más despectivo del término. Pero un «asunto menor», como lo definen en su entorno, ha acabado con una carrera política que parecía encaminada a tener un largo recorrido. La presidenta ha aguantado la presión durante casi un mes, e incluso se ha permitido desafiar a la estructura nacional del partido, echando un pulso al mismísimo Rajoy. Pero la dura realidad se ha impuesto: mantenerla a ella a cambio de perder Madrid ha resultado un sacrificio demasiado grande.

Aunque Cristina Cifuentes llevaba toda su vida en política -era diputada regional desde 1991-, su salto a la «primera división» vino de la mano de su nombramiento como delegada del Gobierno en Madrid, en enero de 2012. Un cargo que le cambió la vida, la catapultó a la fama y la puso en camino hacia un destino cinco estrellas: la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

La personalidad extrovertida de la nueva delegada, unida a una bien diseñada política de comunicación, la convirtieron en una de las protagonistas indiscutibles de la vida pública madrileña. Y también la convirtieron en blanco de muchas protestas, entre ellas un escrache brutal en el que un grupo de energúmenos la acosó a gritos por la calle hasta poder refugiarse en un establecimiento cercano a su casa. Fue en 2012. Un año después, en agosto de 2013, sufrió un gravísimo accidente de moto que estuvo a punto de costarle ya vida.

El paso por la delegación del Gobierno le aportó a Cifuentes notoriedad pública y le hizo ganar peso político. Y los coletazos del movimiento 15-M, especialmente las protestas en torno al Congreso de los Diputados, le dieron proyección nacional.

Con estos mimbres, y la necesidad inexcusable del PP de insuflar aire fresco en sus listas electorales para Madrid, fue como Cristina Cifuentes llegó a ser designada candidata a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, desbancando al aún presidente en ejercicio Ignacio González, que supo desde ese momento que el partido le había dado la espalda.

Sustituir a Aguirre

La dirección nacional del PP, preocupada por la deriva de la «lideresa» popular madrileña, Esperanza Aguirre, se planteó como objetivo sustituirla por alguien que estuviera en línea con la planta séptima -donde se reúnen los pesos pesados del PP-. Querían acabar de una vez con los conflictos con el PP de Madrid, y eligieron para ello a Cifuentes: una cara nueva y fresca como imagen de ese nuevo PP renovador que venía a regenerar el partido desde dentro.

En las elecciones autonómicas y municipales de 2015, Cifuentes dio la talla: mientras la todopoderosa Aguirre perdía la capital, la joya de la corona de los populares durante décadas, la candidata a la Comunidad conseguía, por la mínima, hacerse con los mandos de la región. En unos comicios que fueron catastróficos para el PP en toda España -perdió gran parte de los feudos donde gobernaba-, Cifuentes encendió una luz a la esperanza.

La ley LGTBIFobia y otras medidas ayudaron a posicionar a la jefa del Ejecutivo como cabeza de la versión más moderna del PP

Tras su pacto de investidura con Ciudadanos, fue elegida presidenta y comenzó un Gobierno con muchos golpes de efecto: leyes como las de la LGTBIfobia, o la moción para regular los vientres de alquiler ayudaron a posicionar a la jefa del Ejecutivo como cabeza de una versión del PP más moderna y ajustada a los tiempos.

A eso se sumó que Cifuentes recogiera la bandera de la tolerancia cero contra la corrupción, con medidas como el cese de diputados y altos cargos imputados -tal y como se comprometió con Ciudadanos- o la entrega a la Justicia de la documentación oficial sobre presuntas irregularidades en el Canal de Isabel II, vinculadas al llamado «caso Lezo» que llevó al expresidente González a prisión. Medidas imprescindibles pero que no todos han entendido y asumido en su partido. Demasiados callos pisados.

Todo parecía ir viento en popa... pero si algo hay voluble y cambiante, es la política. Los ceses por la aplicación del código ético contra la corrupción afectaron a decenas de diputados y altos cargos del PP; el informe de la UCO de la Guardia Civil sobre el contrato de la cafetería de la Asamblea, que sembraba dudas sobre la actuación de Cifuentes, la obligó a una humillante comparecencia ante la comisión que investiga la corrupción en la Asamblea.

La presidenta se ha enfrentado a una moción de censura de Podemos -junio de 2017- que desembocó en una bronca entre partidos más propia de barra de bar que de un Parlamento autonómico. Ahora, el «mástergate» deja tocada y hundida a la que fuera promesa popular para abanderar los nuevos tiempos.