David Hatchwell, presidente de la Comunidad Judía de Madrid, y Raphaël Benatar, portavoz y secretario general
David Hatchwell, presidente de la Comunidad Judía de Madrid, y Raphaël Benatar, portavoz y secretario general
Presidente de la Comunidad Judía de Madrid

David Hatchwell: «Nadie en España puede decir que no tiene algún tipo de origen judío»

En el cien aniversario del establecimiento de la primera sinagoga en Madrid tras el edicto de expulsión de 1492, ABC entrevista al presidente de la Comunidad Judía de la capital para conocer mejor los entresijos de su historia

MADRIDActualizado:

Descubrir el pasado judío de Madrid lo permite un paseo frente a la estación vieja de Atocha, donde, en recuerdo de la compañía de ferrocarriles más importante de la España del XIX, la inscripción «Madrid, Zaragoza, Alicante» preside la fachada. También el Palacio de San Bernardo, un bonito edificio situado en la madrileña calle del mismo nombre y antaño residencia de los Bauer, familia judía no muy recordada pero célebre en su tiempo. Bajo la égida de Ignacio Bauer Landauer, su último heredero ilustre, la capital «normalizó» la vida de sus vecinos judíos gracias a la inauguración de una sinagoga en 1917. Sobre ese pilar se levantó la Comunidad Judía de Madrid. Ahora, en en el primer centenario de su construcción, David Hatchwell (Madrid, 1968), su presidente, y Raphaël Benatar (Caracas, 1978), su portavoz y secretario general, conceden una entrevista a ABC donde reivindican el poso del judaísmo en nuestra cultura como un «antídoto contra la intolerancia».

—¿Cómo se produjo la vuelta de familias judías a España? ¿Cómo nació la Comunidad Judía de Madrid?

David Hatchwell: En 1917 se estableció de nuevo una sinagoga en Madrid, Midrás Abarbanel, en la calle del Príncipe. Años antes ya había judíos en la capital, pero sin una sinagoga oficial inscrita en el Ayuntamiento. Desde el edicto de expulsión de 1492, en España quedó prohibida la presencia de judíos. A finales del siglo XIX empezaron a llegar, sobre todo procedentes del norte de África, de plazas españolas como Melilla. Eran comunidades sefardíes que entraban a través de Sevilla y que se volvían a instalar con discreción, porque el edicto seguía operativo.

Aunque a los judíos que nos fuimos de España se nos denomina sefardíes, porque tenemos ese apego a Sefarad, que significa España en hebreo, los que volvieron para establecer la sinagoga eran judíos de origen askenazí, es decir de Europa Central: «Ashkenaz» quiere decir Alemania en hebreo.

—¿Por qué entraron por Sevilla?

David Hatchwell: Porque está al sur, y los judíos estaban en el norte de África. Después del edicto de expulsión hubo una salida masiva de judíos de la Península Ibérica. Se estima que el 4 por ciento de la población era judía, si no más. Es posible que fuera hasta el 6 por ciento. Una parte muy importante se quedó y se tuvo que convertir. Pensaron que era algo temporal, pero al final fueron cinco siglos. Las comunidades que salieron de España se fueron a diferentes partes del mundo: hacia el Imperio Otomano, hacia Francia, hacia Alemania. Una parte se fue hasta Portugal, porque en ese momento no había Inquisición. Otra parte se fue hacia los Países Bajos o hacia el norte de África.

Raphaël Benatar: Parte de los judíos que se fueron a los Países Bajos acabaron en el Caribe.

—Spinoza, que nació en Ámsterdam, era de ascendencia sefardí.

David Hatchwell: Spinoza era sefardí, pero con un elemento portugués. Los judíos de los Países Bajos eran sefardíes, pero se denominaron a sí mismos judíos portugueses. En la época, cuando se instalaban, se llamaban así porque los Países Bajos estaban enfrentados con España. Así que los judíos ocultaban su origen diciendo que eran de Portugal, por miedo a tener problemas en un país que estaba en guerra con su país de procedencia. Un fenómeno muy interesante.

Después de la expulsión, los judíos que se quedaron en España se convirtieron. Eso da una idea de la importante riqueza del origen judío en España, porque mi teoría, y la de muchos historiadores, es que hoy en día nadie puede decir en España que no tiene algún tipo de origen judío. Si piensas en las estadísticas, en el 4 por ciento de la población que era judía y que se quedó, y que durante cinco siglos se casó con otras personas... Esta realidad nos pone en perspectiva y es un antídoto contra la intolerancia.

—¿Considera que en España hay conciencia de ese pasado?

David Hatchwell: Creo que, de manera generalizada, en España sabemos que tenemos una historia rica en diversidad, pero la mayoría de la gente no hace el esfuerzo de entender más allá. Hay un déficit de educación en esta materia. Me da la impresión de que cada generación cree que es la última y que tiene el monopolio sobre la verdad. Que lo que pasó antes es Historia que está en un libro, y que ya veremos si nos apetece conocer o no. De lo que siempre nos olvidamos es de que la Historia nos marca, nos condiciona. En España es muy importante que se sepa lo que ha pasado durante los últimos mil años, porque así sabremos que somos un compendio de identidades, y de donde vienen nuestros valores occidentales, judeocristianos por definición.

Raphaël Benatar: Hoy en día hay españoles que tristemente cuestionan la unidad de España. Durante más de cinco siglos de exilio, los sefardíes no solo no han cuestionado la unidad de España, sino que la ha llevado dentro de sí, en la distancia, y de generación en generación, representada por el idioma, la cultura o la cocina.

David Hatchwell: Y hasta en las nanas. Hace ocho años estábamos en una reunión con la presidenta de la Comunidad de Madrid, en ese momento Esperanza Aguirre, y había una veintena de mujeres sefardíes que habían venido gracias a un viaje organizado por el Centro Sefarad-Israel. Había una señora de unos 80 años, búlgara, muy chiquitita, con mucha chispa, que comentó a la presidenta: «Nosotras, en nuestra casa, siempre cantábamos nanas en judeoespañol». Esperanza Aguirre le dijo: «¿Me puede cantar una?». Y nos cantó cuatro nanas que nos hicieron llorar de emoción, porque nos dimos cuenta de que eran un tesoro guardado de generación en generación durante cinco siglos. Un tesoro que venía de algún lugar recóndito de Castilla, y que estaba cantando una señora cuya familia lo había atesorado durante cinco siglos en Bulgaria.

Raphaël Benatar: Isaac Revah es un señor con el que estuvimos cuando pusieron una calle a Ángel Sanz Briz, el embajador español en Budapest que salvó la vida de muchos judíos. Revah es un superviviente del campo de concentración de Bergen-Belsen, y es sefardí. Nunca había estado en España. Nació en Tesalónica, donde había una comunidad sefardí importante, y luego se trasladó a Francia. Cuando habla en español, utiliza palabras singulares. Por ejemplo, me dijo que tenía que «mercar» un paraguas porque llovía. Y luego, al despedirse: «Que tengas buenos caminos».

David Hatchwell: O la palabra «mancebo».

—¿Cómo logró mantenerse viva esa tradición?

David Hatchwell: Creo que a través de la educación de padre a hijo. Las culturas son lo que los padres son capaces de transmitir a sus hijos. La responsabilidad de la educación no se puede transferir solamente a los colegios o al Estado. En el judaísmo, la educación es fundamental. Por eso, a los 13 años, un niño judío tiene que saber leer y escribir, porque tiene que pasar una especie de examen en el que lee los textos sagrados de la Torá. Desde temprana edad, por tanto, tiene que estar alfabetizado. No se concibe ser analfabeto en el judaísmo, con independencia de la capacidad socioeconómica.

—¿Qué papel juega la memoria?

David Hatchwell: La memoria es la palabra clave. Decía Ben Eliezer, un Rabino muy erudito, que el olvido lleva al exilio, y que la memoria es el secreto de la redención. Creo que no hay mejor definición. La memoria es todo lo que uno acumula y decide que sea parte de su futuro. No es todo lo que ha pasado, sino lo que elijas para tu futuro. Creo que el judaísmo, y el mundo judío como civilización, no solo como religión, es muy positivo, muy trabajador, y que no se resigna a la injusticia, lo que no solo trae cosas buenas, dado que no resignarse puede meterte en problemas.

Raphaël Benatar: Estamos a un mes y medio de la conmemoración anual de la liberación de Auschwtiz. Los supervivientes, nuestros héroes, nuestra brújula moral, solo hablan de esa palabra: memoria. Nunca han hablado de venganza. Es memoria para que algo así no se vuelva a repetir. Ninguno de ellos transmite rencor.

David Hatchwell: Memoria para que no le vuelva a ocurrir lo mismo a nadie. Lo recordamos porque la gran mayoría de las víctimas del Holocausto fueron judíos, es más, todos los judíos fueron víctimas en el Holocausto, además de homosexuales, víctimas por motivos políticos, gitanos, personas con discapacidad. Hay que acordarse de lo que ha pasado para luchar por que no vuelva a suceder, porque está en la condición humana hacerlo. Si ya ocurrió, es porque desafortunadamente en los seres humanos hay algo muy, muy malo. Y eso fue lo que nos enseñó el nazismo. El ser humano puede estar tan deshumanizado que puede actuar como la peor de las bestias.

—Volviendo al nacimiento de la Comunidad Judía de Madrid, ¿qué papel jugó la familia Bauer?

David Hatchwell: La familia Bauer representó el inicio de la Comunidad. Era una familia acaudalada económicamente, socia de los Rothschild en España. En esa época, los Rothschild eran muy activos en la financiación de proyectos a nivel internacional, sobre todo en infraestructuras, en particular en el ferrocarril, pero también en las minas. Sus socios españoles eran los Bauer y los Landauer, que terminaron siendo familia. Ignacio Bauer fue el primer presidente de la Comunidad Judía. Con los años, la familia fue menguando.

Ignacio Bauer Landauer terminó arruinado.

David Hatchwell: La familia tuvo un declive económico. También le sucedió a los Rothschild en España. Hay un libro muy bueno, «La Casa Rothschild en España (1912-1941)». Las siguientes generaciones de los Bauer se casaron con personas no judías.

—¿Qué significó la fundación de una sinagoga para los judíos de Madrid?

David Hatchwell: Consolidó realidades. Antes había un lugar de rezo, pero lo más importante del establecimiento de la sinagoga fue poder oficializar el culto. La sinagoga es muy importante para el judaísmo porque quiere decir casa de reunión. Esta religión no es solo individualismo, es una comunidad, y pesa el servicio al otro.

Para mí, lo más importante ha sido, años más tarde, establecer un colegio judío. Es el elemento que realmente consolida una vida comunitaria, y que da un futuro y un presente a los niños basado en una serie de valores donde la religión es un elemento, pero no el único. Es más una concepción de valores.

—¿Qué valores?

David Hatchwell: Creo que son muy similares, al 99 por ciento, a los valores cristianos. Tenemos un tronco compartido, y gran parte de las ramas también. Los valores son los de la defensa de la vida humana. El ser humano, su protección, es fundamental. No hay nada más relevante. Por ejemplo, el precepto de respetar el «sabbat», el día de descanso, puede ser violado para salvar o mejorar una vida.

Otro valor es que aunque hombres y mujeres no somos iguales por definición genética, sí lo somos en cuanto a derechos. Sobre el «sabbat», también hay que indicar que permite que toda persona, incluyendo los sirvientes en la época de Abraham, o las bestias, puedan descansar un día. Es precursor de los derechos laborales. Y otro pequeño dato, ahora que nos acercamos a la Navidad. Cuando nace Jesús, se celebra la Nochebuena. Y ocho días más tarde, el 1 de enero, el Año Nuevo. ¿Por qué ocho días más tarde? Porque Jesús, como niño judío, fue circuncidado. Y nosotros, en el judaísmo, tenemos que circuncidar en el octavo día.

Muchos ciudadanos españoles no conocen estas cosas. Creo que saberlas sería muy bueno, porque acerca a una cultura de la que también forma parte de España.

—¿Qué otros aspectos del judaísmo pueden sorprender a los cristianos cuando empiezan a conocer su religión?

David Hatchwell: En prácticamente todas las culturas occidentales vivimos en un matriarcado donde las mujeres mandan mucho. En el judaísmo, la mujer es el eje central. Es la que da la religión de una forma muy práctica: aunque hoy sí gracias al ADN, antes no se sabía quién era el padre de un niño. La madre, sí. La madre es central en el judaísmo y en el catolicismo también, donde la Virgen María representa la dulzura y la misericordia.

Creo que también es interesante que una persona puede ser judía y atea a la vez. El judaísmo es, además de una religión, un concepto de pueblo. Y es un pueblo que lleva miles de años siendo parte de una cadena. Puedes nacer como judío en una familia judía y lo vas a seguir siendo hasta el último de tus días, a menos que te conviertas a otra religión.

Raphaël Benatar: Impresionan mucho las similitudes en misa, a las que tenemos oportunidad de ir porque la mayoría de nuestros amigos son católicos. Si ves los rezos, dices «¡Anda, lo tengo!». Somos muy capaces de detectar las similitudes.

David Hatchwell: Por ejemplo, hay una frase clásica, estándar, en el catolicismo: «Padre Nuestro, que estás en los Cielos». En hebreo es: «Abinu she bashamayim».

Raphaël Benatar: O «Santo, Santo, Santo es el Señor». Para nosotros es: «Kadosh, Kadosh, Kadosh Hashem».

—¿Qué supuso para la Comunidad Judía de Madrid la Guerra Civil?

David Hatchwell: Supuso un paso atrás porque una guerra fratricida. La normalidad no existía y la Comunidad, durante cierto tiempo, pasó a la clandestinidad. Por una parte, en el bando republicano lucharon personas que venían de los Estados Unidos, como la famosa Brigada Lincoln, de la que se dice que más de un tercio estaba compuesta de judíos americanos. Por otra parte, en el bando nacional, también se dice que una serie de comerciantes judíos del norte de África fueron socios o dieron alimentos a los soldados nacionales. Lo más importante es que la Comunidad necesitó veinte años para volver a normalizarse. Durante el franquismo, Franco permitió que se estableciera una sinagoga en la calle de Balmes.

—¿Cuál fue la situación durante el franquismo?

David Hatchwell: En el franquismo, España era una sociedad muchísimo más rigída, muy pobre, muy austera, muy católica, muy homogénea, y si uno era judío, protestante o musulmán no se podía percibir que fuera español. Pero con el tiempo la situación se fue suavizando. Mi familia viene del Marruecos francés, de Casablanca. Mis padres se establecieron en España en 1964. Yo nací en Madrid en 1968. Nací como español perfectamente asentado, y como judío español.

Raphaël Benatar: También creemos que la retórica o la narrativa del régimen era peor que la práctica. El lenguaje era antisemita, pero a mí me pasó lo mismo que a David: mi abuelos llegaron en 1952 y en España es donde encontraron refugio, viniendo de Hungría. Hungría era lo que era en esa época, un sitio mucho peor para un judío, bajo el comunismo, que la España franquista. Aquí, por lo menos, pudieron vivir a salvo.

—No sé si es muy conocido que el antisemitismo pervivió en las llamadas democracias populares, además de en la Unión Soviética.

Raphaël Benatar: Los tres grandes radicalismos del siglo XX que han querido acabar con el mundo y adueñarse del mundo, que han sido el nazismo, el comunismo y el islamismo radical, han tenido, entre otros, los mismos enemigos, que hemos sido nosotros.

David Hatchwell: El franquismo tuvo sus fases con el mundo judío. La retórica fue una cosa y la conducta, otra. No todo el mundo en el régimen de Franco actuaba igual. Hubo casos de gente que durante el Holocausto tuvo una conducta ejemplar. Y también hubo momentos en los que España permitió el tránsito de judíos por la Península Ibérica para escapar del nazismo. Por una parte, Franco tenía una alianza con el Eje y le vendía wolframio, que es un mineral que se emplea para realizar armas pesadas; además, la embajada de Alemania en Madrid era posiblemente la más potente en toda Europa. Sin embargo, mientras tanto, había algunas situaciones humanitarias a las que el franquismo atendía. Es un periodo que se sigue investigando, y donde hay muchas sombras y algunas luces.

—Sería el caso de Ángel Sanz Briz.

David Hatchwell: Ángel Sanz Briz es un personaje legendario. Raphaël, mejor que nadie, puede hablar de él, porque es gracias al «ángel de Budapest» que está vivo.

Raphaël Benatar: Sí, salvó a mi madre en una casa de acogida. Ella nació en Budapest en 1944 y hay pruebas de que estuvo en la casa de acogida que tenía Ángel Sanz Briz. Él decía que los judíos eran sefardíes. Obviamente no había sefardíes en la Hungría de entonces.

—¿Cómo enfoca su futuro la Comunidad Judía de Madrid?

David Hatchwell: Tenemos muchos retos, pero yo creo que están bien encauzados. A pesar de ser pocos, el nivel de entendimiento es bastante alto. Tenemos la suerte de vivir en una democracia consolidada, una gran ventaja que no tenían nuestros abuelos. Hace tres semanas llevamos a cabo nuestra celebración del centenario de la Comunidad Judía de Madrid y entregamos nuestro premio «Or Januká» a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, porque consideramos que, gracias al esfuerzo y al sacrificio de un colectivo que no siempre lo tiene fácil, somos capaces todos, incluidos los judíos, de practicar nuestro culto y vivir.