Pintadas en la fachada de una casa del barrio de Malasaña
Pintadas en la fachada de una casa del barrio de Malasaña - Maya Balanyá

El cierre de comercio tradicional y la suciedad degradan Malasaña

Los vecinos luchan por mantener la esencia de esta zona histórica y reclaman más atención municipal

MadridActualizado:

En la calle de San Andrés, casi en la esquina con la plaza del Dos de Mayo, contrastan dos realidades de Malasaña. Bajo un toldo, dos puestos venden carteles de conciertos de La Movida o carátulas de discos de los 80, entre otras antigüedades. Unos pasos más adelante, un cartel reclama la atención de los viandantes bajo el título de «souvenirs» del barrio. Pasado y presente de una misma zona en la que ya casi nada es «underground». Su nombre se vende impreso en objetos como recuerdo de un lugar turístico, «de paso». «Malasaña está de moda. Una taza, una camiseta o una bolsa de tela con su nombre impreso se venden por 10 euros. Los turistas vienen buscando algo que han leído en las guías pero que ya no existe. Se encuentran un lugar sucio y degradado en el que tomar cervezas y tapas en una terraza o un alojamiento relativamente barato», lamenta Antonio, mientras pasea a su perro por la calle.

Las terrazas del Dos de Mayo están repletas a pesar del olor nauseabundo a orines que desprende el suelo resquebrajado de la plaza con el calor. «Te terminas acostumbrando, pero no es normal que huela así», comenta. «No es una buena imagen, pero lo que más nos importa es que Malasaña cada vez es un lugar más complicado en el que vivir», dice. «El Ayuntamiento no hace nada», concluye señalando un cartel en el que se lee: «Carmena, limpia las pintadas».

El emblemático local (arriba, en la imagen), ha echado el cierre
El emblemático local (arriba, en la imagen), ha echado el cierre- Maya Balanyá

La zona ha visto en los últimos años como el cierre del comercio tradicional iba restando carácter de barrio a esta zona de la capital. «Donde había una mercería, hay un bar. La antigua panadería, es un bar. La mercería es un bar», critica otra vecina, sumándose a la conversación. Frente a la incesante apertura de bares contrasta el cierre de locales históricos. Un ejemplo destacado es la antigua Farmacia Juanse, en la calle de San Vicente Ferrer, en funcionamiento hasta 2013, desde 1892. Ahora es una cafetería.

El Café Isadora, acaba de echar el cierre

El último que ha echado el cierre este mismo verano ha sido el Café de Isadora, en el número 14 de la calle del Divino Pastor. Se transformará en una cervecería. «El exceso de bares y hostelería se ha convertido en un problema para el barrio. En la medida en la que el comercio tradicional cierra, aparecen más y más bares. Un tipo de negocio muy rentable, pero que hace poco barrio para quienes viven en él», comenta a ABC, Fermín Álvarez, uno de los miembros más destacados de la asociación de vecinos de Universidad Acibu.

El viejo cafetín deja para el recuerdo casi cuatro décadas de historia y tertulias literarias y de cine –la de «El Séptimo» era una de las más conocidas– que arrancaron en los años de la Transición y que se convirtieron en una actividad clásica hoy en vías de extinción. El damero de baldosas blancas y negras de su suelo es lo único que queda de este espacio Art Noveau, que sus expropietarios dedicaron a la bailarina americana Isadora Duncan. Las obras en su interior ya han arrasado con toda la decoración.

Es la historia repetida de otros espacios culturales, alternativos, «ajenos a la cultura oficial», que definían ese carácter «underground» de Malasaña. El Parnasillo cerró hace dos años, dejando huérfano también al barrio. Un lugar de reunión de actores, músicos e intelectuales que vivió su época dorada en La Transición pero que continuó su actividad hasta bien entrado el siglo XXI. Ahora es un bar.

Sin sabor a barrio

«No se trata de mirar con nostalgia el pasado del barrio, sino de buscar la forma de que no pierda su identidad, de que no deje de ser un barrio», comenta Clara, segunda generación de una familia que se instaló en el barrio hace dos décadas. «Cuando llegaron mis padres era una zona amable, con tirón para los jóvenes. Acababa de superar los últimos coletazos del gran problema que la droga generó en los años 80. Seguía siendo un barrio», dice. «Esas carencias se notan por ejemplo en espacios deportivos para los adolescentes. No hay canchas donde jugar», añade Clara.

Cartel de protesta en un balcón contra la suciedad del barrio
Cartel de protesta en un balcón contra la suciedad del barrio- Maya Balanyá

«Malasaña ha pasado por muchos momentos de crisis. Entre 1998 y 2005 hubo un gran problema con el botellón. Ahora son las terrazas ilegales que ocupan las aceras. El ruido que generan, a pesar de que los empresarios cada vez son más sensibles con las reclamaciones vecinales, es otra de las preocupaciones», enumera Fermín Álvarez. Respecto a la esencia «underground» del barrio cree que también ha cambiado. «Los artistas siguen viniendo y viviendo en el barrio, pero sin implicación», asegura.