Detalle de un mapa de España previo al del Estado de las Autonomías
Detalle de un mapa de España previo al del Estado de las Autonomías
Política

El olvidado y escabroso «parto» del mapa autonómico

Hace justo 40 años, la política española se embarcó en finiquitar las históricas regiones y dibujar el nuevo poder territorial

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En la primavera de 1978, la política española se encomendó al particular tiralíneas encargado de rehacer el mapa de España. El Estado de las Autonomías iba abriéndose paso y tocaba establecer los límites de esos nuevos centros de poder territorial. La tarea no resultó sencilla y tampoco estuvo exenta de tensión.

Aquel «sudoku» supuso la defunción de una parte sustancial de las históricas regiones tal y como se habían conocido los últimos 140 años: desapareció Castilla La Vieja, región de la que se desgajaron las provincias de Santander y de Logroño –las nuevas autonomías de Cantabria y La Rioja-. El resto de provincias de Castilla La Vieja, junto a las provincias de la región leonesa –León, Zamora y Salamanca- acabaron constituyendo la comunidad autónoma de Castilla y León. Eso sí, con accidentada y rezagada incorporación de la provincia de Segovia, que a punto estuvo de acabar en autonomía uniprovincial, como Cantabria o La Rioja.

A regañadientes, Segovia acabó encajada en Castilla y León tras un acalorado debate dentro de esa provincia. La mayoría de los ayuntamientos votaron a favor de que Segovia se constituyera en autonomía por separado. Al final, la reñida discusión quedó en manos del Ayuntamiento de Cuéllar, cuyo ayuntamiento votó a favor de esa autonomía uniprovincial. Pero surgió un rifirrafe político-legal, se forzó la repetición del Pleno unos días después y, el 3 de diciembre de 1981, la votación dio el resultado contrario. Se disparó la polémica. Al final, desde Madrid, se dispuso que Segovia quedara integrada en la nueva autonomía de Castilla y León.

La creación de la comunidad autónoma de Madrid también fue políticamente accidentada. Se intentó que esta provincia, que formó parte de la histórica Castilla La Nueva, siguiera formando parte de la nueva autonomía castellano-manchega. Pero Madrid aspiraba a tener un estatus especial en esa comunidad autónoma, lo que generó rechazo en el resto de provincias. Renegaron de las pretensiones madrileñas y eso hizo que, al final, Madrid acabara constituyéndose en autonomía uniprovincial.

Mientras tanto, la antigua región formada por las provincias de Murcia y Albacete se integró parcialmente en la nueva Castilla-La Mancha. Albacete pasó a formar parte de esa autonomía, mientras que Murcia se constituyó en comunidad autónoma uniprovincial.

Todo ese proceso de reconfiguración del mapa de España que se abordó durante la Transición necesitó de varios años. Arrancó en 1978, pero se prolongó durante un quinquenio. Así, la autonomía cántabra alumbró por Ley Orgánica el 30 de diciembre de 1981. En junio de 1982 se aprobó el Estatuto autonómico de La Rioja, al mes siguiente el de Madrid, en agosto de aquel mismo año el de Castilla-La Mancha, y en 1983 el de Castilla y León.