El escritor Ramón J. Sender, que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil y sufrió el exilio, defendía en este artículo una Transición pacífica, y no revolucionaria, en España
El escritor Ramón J. Sender, que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil y sufrió el exilio, defendía en este artículo una Transición pacífica, y no revolucionaria, en España - ABC
Ramón J.Sender - Artículo publicado en Blanco y Negro el 10 de agosto de 1977

Evolución, no revolución

¿Quién quiere retroceder al caos ruso de 1917? Yo quería ese caos en 1925, porque cualquier salida de una dictadura militar y monárquica después de Annual me parecía bien, aunque fuera caótica. Pero hoy las cosas de dentro y de fuera de España son diferentes

Ramón J.Sender
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De la política de partidos sé muy poco. Me pierdo entre las siglas como en una sopa de letras. Eso parece ahora la vida pública en España. Pero, claro, es que tengo, como cada cual, mis opiniones, y por estar fuera del bosque podría ser que viera el panorama mejor.

En la extrema derecha no hay nadie que valga la pena. En la derecha no extremista, el que sabe más de los problemas de dentro y de fuera de España es Fraga Iribarne. Tiene una visión global clara y profunda. En el centro nadie duda de la discreción eficaz de Adolfo Suárez, que le ha valido una mayoría electoral impresionante.

Una de las ventajas de Suárez sobre Fraga es su juventud y la limpidez de su pasado, libre de complicidades. En la extrema izquierda hay un hombre de talento: Santiago Carrillo, pero le entorpecerá su antiguo stalinismo. Por eso, lo que más le favorece a los ojos del pueblo es la condenación del Kremlin, pero allá se han dado cuenta. Y para perjudicarle, pronto llegará un tiempo en que cantarán en Moscú sus glorias, tratando de hacerlo impopular.

Carrillo nos ofrece el caso de veras inusitado de un comunista que ve serenamente las cosas de España. Entre Suárez y Carrillo está el más joven de todos: Felipe González. Hasta ahora da la impresión de ser un hombre de genio natural. En un futuro próximo veremos si sus aciertos o errores (inevitables en todos nosotros, políticos o no) contribuyen o perjudican a lo que todos queremos en España: paz, armonía y justicia progresivas.

La gente que gusta de las síntesis fáciles dirá: Felipe González ha decidido que la evolución es mejor que la revolución. En realidad, y en los tiempos que vivimos, la evolución es la única revolución posible.

¿Quién quiere retroceder al caos ruso de 1917? Yo quería ese caos en 1925, porque cualquier salida de una dictadura militar y monárquica después de Annual me parecía bien, aunque fuera caótica. Pero hoy las cosas de dentro y de fuera de España son diferentes. El proletariado —fea y ofensiva y humillante expresión— ha comprendido que hay un vastísimo sector del capitalismo industrial dispuesto a colaborar con el pueblo para establecer por las buenas un régimen más justo. Esa colaboración, que permite ya en algunos países de Occidente vivir sin cuidado del mañana a los trabajadores (de hecho lo son todos, incluidos los capitalistas), nos lleva a un mañana no lejano de socialización por las buenas.

¿Colaboración entre socialismo y capitalismo? La experiencia de cada día nos dice que sí. No se trata de conquistar el continente africano sacándoles la plusvalía a los obreros rusos para comprar tanques y pactando con los regímenes feudales para ensanchar un imperio de nuevos zares. Se trata de que los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres.

Y eso es una realidad creciente en todo Occidente, incluida España, y precisamente España (que tocó el fondo de todos los problemas entre 1936 y 1939) puede ofrecer a Europa el panorama de esa fructuosa colaboración entre capital y trabajo. Más concretamente: entre capitalismo y socialismo. No una guerra con crímenes en las cunetas de las carreteras, sino el paso inteligente, pacifico y progresivo a un mañana mejor.

Todos saben que yo era y sigo siendo libertario (no digo anarquista porque no quiero asustar a las beatas jóvenes y bonitas, que las hay). Pero eso eran también Thomas Paine y Simón Bolívar en su tiempo. Los dos eran soñadores y utópicos, pero en los caminos de la utopía se encuentran posibilidades lógicas. Esto lo saben igual o mejor que yo las figuras que he citado y otra a la que no me he referido todavía: el Rey Juan Carlos. En definitiva, ¿no es utópico también que un Rey quiera una sociedad sin clases?

La experiencia española está siendo observada por el mundo entero con una curiosidad febril. Los obstáculos que se podrían presentar no son graves, porque todos sabemos cuáles son y dónde están.

Ramón J.SenderRamón J.Sender