Feiipe González y Alfonso Guerra, en una fotografía de 1979
Feiipe González y Alfonso Guerra, en una fotografía de 1979 - Efe
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La cena en la que Felipe González renegó del marxismo para conquistar La Moncloa

El 8 de mayo de 1978, lanzó el órdago que consumó al año siguiente: el PSOE cambió a Marx por la socialdemocracia

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Entre plato y plato, entre postre y sobremesa, en una cena en la Asociación de la Prensa de Barcelona, Felipe González proclamó su intención firme de enterrar el marxismo y asentar al PSOE en la socialdemocracia. Fue en la noche del 8 de mayo de 1978. No fue una mera sugerencia, una simple reflexión en público. Fue el principio de una hoja de ruta que tenía meditada, aunque generara –como generó- un seísmo interno en las filas del PSOE.

«No tengo ningún empacho en llamarme socialdemócrata», dijo González en aquella cena. La frase empezó a correr como la pólvora, entre la indignación de los que se consideraban fieles guardianes de la ortodoxia socialista, el equilibrismo de los afines a González, y la expectación del resto de partidos de izquierda y de derecha.

Entre quienes se plantaron públicamente contra la propuesta de Gónzalez se contaron Pablo Castellano, Enrique Tierno Galván o el por entonces vicepresidente primero del Congreso, Luis Gómez Llorente, socialista de marxismo declarado. Entre quienes salieron a arropar a Gónzalez, Enrique Múgica –que hizo público su entusiasmo por la propuesta de distanciar al PSOE del marxismo- y Alfonso Guerra, éste con declaraciones más medidas para apaciguar el revuelo que se había producido e impedir que un cisma pudiera entorpecer el plan.

En esas primeras horas de marejada interna, la cúpula del PSC y la federación madrileña del PSOE llegaron a pronunciarse con comunicados públicos en contra de la apuesta de González. Batalla declarada al felipismo del momento.

«Saludable atrevimiento»

Pese al revuelo, Felipe González no dio marcha atrás. El 9 de mayo se reiteraba en su planteamiento, al punto de hacerse personalmente responsable. Quizás había sido un «atrevimiento», dijo; pero, de serlo, había sido un «saludable atrevimiento», remachaba ante un grupo de periodistas. Quedaba claro que el órdago lo tenía meditado y que no había marcha atrás por su parte.

Fue el principio de un proceso que se prolongó durante casi año y medio, con unas elecciones generales de por medio, con un PSOE que estaba al alza en las urnas y dirigido por un González de liderazgo y proyección crecientes. Apostó por la socialdemocracia –particular viaje al centro desde el marxismo- como estrategia para llegar al Gobierno. El tiempo le dio la razón, pero despojarse del marxismo fue un camino accidentado entre sus filas.

Diez meses después de que Felipe González dejara claro que quería romper amarras con Marx, su partido quedó segundo en las elecciones generales de marzo de 1979. Con ese balance, encaró en mayo de ese mismo año el congreso del Partido Socialista Obrero Español. Llegaba la hora de la verdad, su reformismo dentro del partido se la jugaba. Y en aquel primer envite, perdió. La ortodoxia marxista se impuso en aquel cónclave, y Felipe González dimitió como secretario general del PSOE. Se abrió un periodo de interinidad en la dirección del partido que se prolongó durante casi cuatro meses. Una gestora tomó las riendas.

El felipismo se blindó

Aquella derrota fue solo un paréntesis en la consolidación del felipismo. Quienes vencieron en el congreso, los ortodoxos abrazados al marxismo, perdieron estrepitosamente en el congreso extraordinario que el PSOE celebró el 28 y 29 de septiembre de 1979. Felipe González había ganado. El felipismo se había blindado para muchos años.

Habían pasado apenas tres años de aquel histórico Congreso de Suresnes que eligió secretario general del PSOE a un joven de 32 años, el «Isidoro» de la clandestinidad. Pasó a liderar un partido que se definía marxista y de clase. En tres años, borró a Marx para allanar el rumbo a La Moncloa. «Hay que ser socialista antes que marxista», dijo en 1979. Tres años después, en octubre de 1982, llegó al Gobierno con holgada mayoría absoluta.