Óleo de Constant Desbordes, de 1820, en el que se representa al médico Jean Louis Alibert vacunando según los pasos de Edward Jenner
Óleo de Constant Desbordes, de 1820, en el que se representa al médico Jean Louis Alibert vacunando según los pasos de Edward Jenner

Zendal, al cuidado de una odisea salvadora

Madre soltera e hija de labradores pobres, esta enfermera gallega fue la única mujer en la expedición Balmis que llevó la recién descubierta vacuna de la viruela desde el puerto de La Coruña a los territorios de ultramar

SantiagoActualizado:

En noviembre de 1803, ella fue la única mujer que embarcó en la expedición Balmis, la histórica gesta sanitaria que —sólo seis años después de que Edward Jenner descubriese la vacuna de la viruela— llevó la inmunzación desde el puerto de La Coruña a los territorios de ultramar. Aquella odisea de diez años de navegación y viajes, transportando la vacuna en vivo con una cadena humana de niños expósitos, significó el primer programa de vacunación internacional e inició la cuenta atrás para la erradicación —decretada por la OMS en 1980— de la epidemia más letal de la historia.

Bajo el de su director, el cirujano de Cámara Real Francisco Javier Balmis, son muchos los nombres injustamente tratados por la historia, pero ninguno probablemente como el de Isabel Zendal Gómez, enfermera. Hubo que esperar hasta 2013 para que años de minuciosa exploración de registros fructificasen en la asignación de un nombre cierto (a falta de prueba documental su apellido se desvanecía en un mar de aproximaciones: Celdam, Cendala, Sendala...) y a que la llave de ese nombre permitiese desbloquear el acceso a la historia gallega de esta mujer que, concluida la expedición, terminó sus días en México.

Mapa descriptivo de la Real Expedición Filantrófica de la Vacuna
Mapa descriptivo de la Real Expedición Filantrófica de la Vacuna

El Parlamento de Galicia y la Asociación Isabel Zendal vienen de editar un monográfico sobre ella, recopilando las recientes averiguaciones obtenidas por el investigador y periodista Antonio López Mariño. Su rastreo en archivos municipales y religiosos y en registros de hospitales de caridad —sólo se conocía de la etapa gallega de Zendal su trabajo como rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña— permitió reconstruir los orígenes de Isabel, situados en una familia de labradores, pobre de solemnidad, de la parroquia de Santa María de Parada (Ordes). Ella habría sido la segunda de nueve hermanos, tres de ellos muertos antes del primer año de vida. A la cuna humilde de Isabel, la investigación sumó otro hallazgo valioso: cuando la enfermera embarcó en la corbeta María Pita lo hizo acompañada de su hijo Benito, un niño sin padre conocido. «La primera enfermera de la historia en misión internacional de salud pública es de Ordes y es madre soltera», resume Antonio López Mariño.

Los niños vacuna

Benito fue uno de los doce niños del Hospital de Caridad de La Coruña que integraron la expedición junto a cinco expósitos de la Inclusa del Hospital de los Reyes Católicos y cuatro de la madrileña Casa de Desamparados. La ciencia de la época, expone el investigador, sólo conocía tres métodos para transportar la vacuna a las provincias de ultramar, donde la epidemia amenazaba con dejar sin trabajadores ni contribuyentes a la Corona: viajar con vacas enfermas de viruela —la inmunidad de los ordeñadores que entraban en contacto con las pústulas de las ubres de animales enfermos fue el punto cero del descubrimiento de Jenner—, enviar pústulas secas en tejidos protegidos por cristales sellados a la cera o, la opción escogida por Balmis, portar la vacuna en vivo sirviéndose de una cadena humana formada por niños expósitos que no hubiesen pasado la enfermedad. «Una primera dosis de linfa vacunal sería inoculada en los brazos de una primera pareja (...) Cuando los granos de estos portadores estuviesen en sazón de pus —10 días— se haría el trasvase a una nueva pareja y así, de brazo a brazo (...), la vacuna iría haciendo camino en los casi tres meses que demoró la navegación hasta América», relata López Mariño. Los niños, dce, eran la única pieza imprescindible de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna: «Eran la vacuna y sin vacuna no había expedición, ni Real ni Filantrópica».

Y al cuidado de la pieza mas valiosa de la campaña se situó a Zendal, «infatigable noche y día derramando todas las ternuras de la más sensible madre sobre los 26 angelitos a su cuidado, del mismo modo que lo hizo desde La Coruña y en cada uno de los viajes», según escribió Balmis en referencia al viaje de la expedición entre Acapulco y Manila.