Samuel Prada, conocido como Baran Galicia
Samuel Prada, conocido como Baran Galicia - ABC

Vida y muerte de dos gallegos alistados en las milicias kurdas

Samuel Prada, orensano de 25 años, murió junto a las milicias kurdas. ABC localiza asimismo a otro gallego que llegó a liderar un grupo de combate

SantiagoActualizado:

La historia de Samuel Prada no es la de un chico de su edad. La suya tuvo un final trágico y prematuro en una tierra que le era ajena, pero en la que él «sintió» que debía estar. Así explica la madre de este orensano, caído en combate en un cruento bombardeo entre Siria y Turquía el pasado 10 de febrero, las razones que llevaron a un joven occidental de solo 25 años a embarcarse en una aventura que a la postre resultó fatal. Carismático, cariñoso y muy solidario, el destino de este gallego criado en Andorra se escribió cuando viajó al Kurdistán como voluntario. Allí conoció de primera mano el horror de la guerra y su impacto en la población civil. Cuando regresó –confiesa su entorno– su mente seguía con los niños que se encontró en Siria, así que al poco tiempo decidió que «tenía que hacer algo» y se alistó en la milicias kurdas, conocidas como Unidades de Protección Popular kurdas (YPG) y principal fuerza aliada de Estados Unidos en la lucha contra Daesh.

Samuel, a diferencia de otros voluntarios que entran a formar parte de estos grupos de combate, no tenía preparación militar. Desconocía el manejo de armas y las tácticas a pie de campo, pero eso no fue un escollo para él. Se metió en la boca del lobo y llegó a la frontera siria, una de las zonas más hostiles del planeta. Su primer contacto con las milicias tuvo lugar el pasado verano, cuando comenzó su formación como combatiente. Los avances fueron notables y sus camaradas pasaron a conocerlo por su nombre de guerra, «Baran Galicia» (traducido «Lluvia Galicia»), el mismo que encabezó el comunicado en el que las YPG informaron de su muerte.

Un final común

Baran cayó en el campo de batalla, durante un bombardeo defendiendo el cantón de Afrín, en la frontera norte de Siria con Turquía. «El camarada murió combatiendo en el frente de Jinderise al tiempo que la aviación turca bombardeaba el área» rezaba de manera escueta el escalofriante informe que confirmó su fallecimiento, el primero de un español desplazado con las milicias kurdas. Junto a él perdió la vida, bajo una insalvable lluvia de balas, un francés de 39 años. Unos días antes, otro voluntario holandés de la edad de Samuel corrió la misma suerte. Todos ellos compartían un mismo propósito que los empujó a alistarse en el bando kurdo, y que los unió en un desenlace común y desdichado.

Sobre la angustia que sentía al saber que su hijo estaba luchando cuerpo a cuerpo contra los yihadistas que se mantienen atrincherados en la frontera siria, la madre de Samuel reconoce que sufría, pero que también encontraba en la mirada de su hijo las respuestas a esta decisión tan arriesgada. «No era su guerra, pero murió haciendo lo que quería. No podía quedarse conmigo en Andorra porque decía que era como si fuera cómplice y también estuviera matando a esa gente», lamenta Beatriz.

La extrema implicación de su hijo con el conflicto sirio, enquistado desde hace siete años, lo colocó en posiciones muy difíciles que Samuel aprendió a sortear para salir de ellas con vida. Una de las más complicadas la vivió poco tiempo después de llegar a los campamentos móviles desde los que el bando kurdo estudia su estrategia de guerra. En estas austeras tiendas en medio de la nada se decidió que «Baran» participaría en las conocidas como batallas de Deir Ezzor, unas operaciones terrestres en coordinación con los aviones de la coalición internacional contra Daesh. Samuel también se bregó, a pecho descubierto, en la ofensiva contra la que fuera capital del «califato», Raqqa, de donde expulsaron a los yihadistas el pasado mes de octubre, según explicaron portavoces de las YPG loando su labor como combatiente en el campo de batalla.

Regreso truncado

Pese a los continuos desplazamientos y las dificultades en sus comunicaciones a larga distancia, «Baran Galicia» hablaba a menudo con su madre, que recuerda reconfortada su «enorme corazón». En los planes del gallego transformado en miliciano estaba regresar a Andorra a finales de enero, pero el estallido de la operación Rama de Olivo se lo impidió. Unos días más tarde, la aventura de Samuel se trunco y activó el contador de los españoles muertos luchando en el bando kurdo.

La noticia de la muerte del gallego no tardó en saltar a todos los medios, que recogieron con asombro cómo un joven nacido en Orense fue a parar a Siria para plantar cara al yihadismo. Pero, pese a lo llamativo de esta decisión, Samuel es solo uno de muchos. Aunque no hay datos oficiales, se baraja que son medio millar los extranjeros que se han sumado a las fuerzas kurdas en Siria e Irak. Entre ellos podría haber alrededor de 25 españoles, incluidas varias mujeres dedicadas a la asistencia médica. Las bajas de voluntarios internacionales ascienden, según los últimos recuentos, a unas 40, contando la del gallego. Él se convirtió en un mártir para los kurdos mientras su cuerpo sigue a la espera de ser repatriado. Otros tuvieron más fortuna y salvaron, de milagro, su vida.

Manuel, con más suerte

Porque si Samuel es la cruz de este relato bélico en el que la metralla te atraviesa y las bombas ensordecen, Manuel es la cara. Orensano de 50 años, su perfil dista mucho del de su paisano y eso le permitió escalar pronto en la jerarquía del grupo de combate del que entró a formar parte por pura convicción. En el expediente de este guardia civil —retirado tras un grave accidente de tráfico en el que su compañero perdió la vida y él se ganó el apodo de «El Cojo»— figura una hoja de servicios intachable, labrada en los años de plomo del conflicto vasco. En San Sebastián, y al abrigo de las unidades antiterroristas, Manuel se convirtió en conductor de alto riesgo y adquirió unos conocimientos militaresque en la frontera siria le ayudaron a esquivar la muerte. Internet fue el canal a través del que este gallego buscó una puerta de entrada al Kurdistán.

Lo intentó a través de varias vías –incluido un voluntariado con la Iglesia–, pero el camino se lo allanó una asociación formada por soldados profesionales de todos los puntos de Europa. Tras su primer contacto con ellos, Manuel, mochila al hombro y casi sin mirar atrás, se montó a un avión que él mismo se costeó. En Erbil (Irak) capital de la Región Autónoma Kurda y sede del gobierno regional, el exguardia civil se reunió con dos militares, uno sueco y uno kurdo, que le dieron un plazo de dos días para preparar su llegada al campamento. Le pidieron que se deshiciese de lo poco que llevaba y se quedase con un mínimo imprescindible, que no debía incluir móviles. Con ellos, y en una vieja furgoneta, Manuel pasó dos días hasta que pudieron franquear las fronteras para llegar al punto de encuentro. Su historia se escribe sola y, aunque suena a ficción, todo en ella es de carne y hueso. En aquel campamento –probablemente similar al lugar donde Samuel recibió entrenamiento– los milicianos ofrecen un mes de formación a los recién llegados. Pero Manuel no necesitó ni una mañana. Según explicó a este diario, una prueba de tiro fue suficiente para que entrase a formar parte del grupo de combate. Lógico, porque es tirador olímpico.

Medios obsoletos

La vida en el campamento, explica, es austera aunque la comida no falta y la carencia de pescados y carnes se suple con las vitaminas que les recetan los médicos que los acompañan. También cuentan con tarjetas de prepago para comunicarse con su país y, sobre todo, con mucha munición. En los ocho meses que luchó contra los yihadistas, nunca supo de dónde llegaba todo ese cargamento, pero no faltó jamás. La procedencia de las armas está más clara: son esencialmente AK-47 heredados de la guerra de Bosnia o incluso de Rusia. «Deshechos», resume. Esa es la realidad de un conflicto desigual en el que las milicias kurdas se encomiendan a fusiles obsoletos y se mueven en caballo. Los grupos de Daesh lo hacen a golpe de dron y con la última tecnología armamentística.

Lo irracional de batallar por una causa tan ajena a su realidad tiene una explicación, no digerida, que Manuel relata sin entrar en detalles. Es la fotografía grabada en su retina de las cabezas de niños muertos con las que los radicales yihadistas obstaculizaron su entrada a un poblado. Nada más que añadir. El horror que discurrió ante los ojos de este curtido agente del Instituto Armado se lo guarda para él, aunque confiesa que los kurdos «enganchan» y que por eso volvió al campo de batalla después de que una granada le reventase cerca de la cabeza. La suerte evitó que Manuel fuese el primero de esa negra lista de españoles fallecidos, pero las secuelas siguen ahí.

Heridas de guerra

En España, los médicos le aconsejaron que no regresase porque presentaba una conmoción cerebral y pérdida de visión en un ojo. Pero hizo caso omiso y volvió a subirse a ese avión con destino Erbil. El problema fue que un occidental llama demasiado la atención y los propios kurdos —en su facción más europeizada— lo detuvieron a él y a dos extranjeros más. Entre este momento y el día en que un amigo español llegó a recogerlo en misión humanitaria (y embajada mediante) pasaron 41 largos días compartiendo celda con un centenar de presos más. La persona que lo devolvió a casa resume a ABC su estado como «el de los prisioneros de los campos de concentración que acaban de ser liberados». Manuel salió del infierno con vida y ahora se recupera en su Galicia natal. A la familia de Samuel le queda esperar a su repatriación, capítulo final de una historia que se escribió con el lenguaje de la guerra.