Juan Soto - El garabato del torreón

Ad petendam pluviam Juan Soto

Lo que no consiguieron las lluvias diluviales de otro tiempo puede conseguirlo en éste lo que los gallegos llamamos «a seca»

El reciente temporal con pedrisco y lluvia a calderos apenas alivió, en este territorio donde nací y habito, los efectos de lo que se da en llamar «cambio climático», con su corolario se sequía pertinaz y desertización naciente. A medida que desciende el nivel de los embalses y asoman, como fantasmas de otro tiempo, el esqueleto del Portomarín medieval o la chantadina fortaleza de Castro Candaz —el viejo solar de los Eiriz— las autoridades competentes prohiben los baldeos de las calles, restringen el uso doméstico del agua de las traídas y amenazan con medidas rigurosas para administrar un tesoro que los gallegos creíamos inagotable.

Ante tamaño contratiempo, a uno no se le ocurre más sabia actitud que la de solicitar de la jerarquía arzobispal compostelana y de los ordinarios de sus cuatro diócesis sufragáneas la promulgación de una circular dirigida a los curas que rigen sus casi cuatro mil parroquias a que salgan en rogativas ad petendam pluviam. Si alguna vez fue cierto (que parece que sí lo fue) aquello de que el hambre en Galicia entraba nadando y nuestras gentes del campo rezaban pro serenitate temporis, lo que ahora necesita el país es agua.

Galicia no ha muerto pese a algunos castigos severísimos a los que se vio sometida mor de anegaciones y crecidas, como aquellas de las que dio cuenta el propio Murguía en La Ilustración Gallega y Asturiana: en aldeas luguesas, las gentes sobrevivieron comiendo (literalmente, pastando) hierba. Pero lo que no consiguieron las lluvias diluviales de otro tiempo puede conseguirlo en éste lo que los gallegos llamamos «a seca», es decir, la angustiosa y persistente sequía, el cierre de «a billa das nubes», que dijo don Ramón de Trasalba.

Y lo peor es que ahora ni siquiera cabe el recurso de salir en rogativa ad petendam pluviam, formados todos en procesión con cruz alzada a la cabeza. Por desgracia, el stock de curas en Galicia no llega ni para mantener abiertas al culto nuestras iglesias, capillas y ermitas. Por no tener, ni siquiera disponemos de sacristanes capaces de enjaretar media docena de letanías menores. Una pena, pero qué se le va a hacer. Tal es el panorama: sin curas y sin lluvia. La adversidad se ceba con nosotros.

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