El grupo de familia de Al-Anon en Santiago, durante su reunión del viernes
El grupo de familia de Al-Anon en Santiago, durante su reunión del viernes - MUÑIZ

Los otros enfermos del alcoholismo

Los grupos de familia de Alcohólicos Anónimos cumplen 54 años en España. Los allegados aprenden a desprenderse de cargas ajenas y a recomponer su bienestar

SantiagoActualizado:

El alcoholismo es una enfermedad de familia. Se afirma que el trastorno de cada persona alcohólica trastoca la vida de al menos otras cuatro personas próximas. Cuando el problema aparece, todos los esfuerzos del entorno se enfocan en el mismo fin: intentar que el alcohólico deje de beber, controlar sus entradas y salidas, vigilar las botellas, atajar deudas, mantener el control, guardar las apariencias y ocultar la situación al exterior. Entretanto, explican en la sesión semanal del grupo de familiares Al-Anon en Santiago, el equilibrio de la unidad familiar se desmorona y los problemas contagian a cada uno de sus miembros. Problemas de autoestima, inseguridades y frustraciones que, indican, seguirán ahí cuando el alcohólico deje de beber.

«A ellos se les nota. A nosotros no, pero igualmente estamos enfermos», señala una de las participantes en la reunión. «Al principio, cuando llegas aquí vienes buscando una solución para el alcohólico. Porque todo nuestro mundo gira en torno a eso. Yo siempre digo que yo vivía a, ante, bajo, cabe, con... todas las preposiciones que se te ocurran seguidas de ‘alcohólico’. Es tú obsesión, dejas de pensar en ti. Y llegas frustrado: has intentado todo, te has desvivido sin obtener resultados y tienes una fuerte sensación de fracaso. Aquí aprendemos a desprendernos emocionalmente, a entender que no somos causa de la enfermedad de nuestro familiar, que no podemos controlarlo y que tampoco podemos curarlo. Aprendemos a dejar de ser guardianes, a asimilar que su recuperación está en sus manos, a respetar su responsabilidad y a enfocarnos en qué cambios sí podemos hacer nosotros, qué actitudes o reacciones podemos modificar para encontrar serenidad y vivir de nuevo. Si tú cambias, la otra persona puede ser que cambie», expone otra de las usuarias del grupo.

Compartir experiencias

En las reuniones se preserva el anonimato. Las sesiones arrancan con una lectura de experiencias redactadas por otros familiares de alcohólicos. A partir de ahí, las personas eligen o no compartir sus reflexiones, exponer sus reacciones ante situaciones próximas a la relatada. No se aconseja —«cada persona tiene que encontrar sus pasos»—, pero la puesta en común ayuda a identificar pequeños cambios que pueden contribuir a una mejor gestión de la relación con la persona alcohólica. «Me costó entender que cuando él llegaba mal nuestras discusiones eran estériles y dañinas. Yo empezaba con un ‘mira cómo vienes hoy’ y la tensión iba a más, sólo conseguía alterarme más y además acababa por llevarme a su terreno. En esos momentos hablábamos distintos idiomas. En cambio, al día siguiente o al otro sí éramos capaces de afrontar el problema. Lo mismo con los insultos. Van dirigidos a ellos mismos, están enfadados consigo mismo. Conseguí leerlos como piropos y que no hicieran daño», ejemplifica una de las participantes.

El aislamiento social es otra de los rasgos recurrentes en las vidas de las personas que conviven con el alcoholismo. «No es una enfermedad bien vista ni entendida. Todavía se entiende como un vicio. Y tiendes a aislarte. A taparlo todo. Piensas que nadie sabe nada, cuando en realidad siempre se sabe. Nos convertimos en actores estupendos», exponen en la reunión de Santiago. «Y sientes vergüenza, propia y ajena. Mi alcohólico salía por la noche. A la mañana siguiente, si un vecino me saludaba, enseguida pensaba que había un tono extraño en su voz, y me preguntaba qué habría visto. Si no me saludaba, también. Dejé de salir», añade otra participante.

Mantenido en el tiempo

Las reuniones se hacen coincidir en horario con las de Alcohólicos Anónimos para facilitar la organización de todas las partes implicadas, pero que el alcohólico asista a las sesiones de apoyo entre bebedores no es condición para recibir a los familiares afectados. De hecho, apuntan, muchas personas siguen acudiendo después de que el alcohólico no esté en sus vidas: «Hay mujeres viudas, personas separadas que conviven con otras parejas, que siguen encontrando ayuda para afrontar la relación con los hijos o para explicarse a sí mismas la enfermedad que afectó sus vidas».