Agentes de Vigilancia Aduanera durante la operación Piraña, año 2007
Agentes de Vigilancia Aduanera durante la operación Piraña, año 2007 - SALVADOR SAS/EFE
La droga en Galicia

El narco se camufla: pasar inadvertido y negociar cara a cara

La ostentación de los antiguos capos de la coca ha dado paso a la discreción de los nuevos narcos, más difíciles de rastrear y con menos poder

SantiagoActualizado:

A nadie en Cambados le ha sorprendido la detención esta semana de uno de sus vecinos más conocidos, a pesar de que lleva años sin poder residir allí por orden judicial: Sito Miñanco. La noticia de su nuevo arresto dentro de una operación antidroga que ha puesto al descubierto una red internacional de narcotráfico ha hecho regresar a este pueblo de las Rías Baixas a su pasado más negro, el de aquellos años noventa en que por primera vez fue ubicado en el mapa como una de las capitales nacionales de la droga, un título maldito. Galicia es la comunidad española con más kilómetros de costa, por delante de otras regiones que la triplican en extensión como Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valenciana. Estos casi 1.500 kilómetros de litoral, la mayoría de ellos puerta abierta al océano Atlántico, convirtieron a Galicia en epicentro del negocio de la coca y destino favorito de los narcos allá por la década de los 80. A este lado del océano, cárteles como los colombianos de Medellín y Cali encontraron nuevos socios dispuestos a colaborar con ellos y demostrar que eran los dueños y señores de la ría. Podían surcarlas en noche cerrada y sin faros, sorteando bateas, bajos y rocas. Las conocían como la palma de su mano y exhibían una destreza –o un desprecio por la vida– con el que no podían competir los agentes de Aduanas o la Guardia Civil.

Las ventajas de este serpenteante trazado ya habían sido testadas tiempo atrás por personajes como Laureano Oubiña, dedicados al estraperlo y a la entrada ilegal de tabaco casi desde niños. Contrabandistas que pronto abandonaron el anonimato como el de José Ramón Prado Bugallo, el nombre real de Miñanco, se movían a su antojo por una costa en la que –presumían– nadie les podía dar caza. Ni siquiera los agentes que tardaron tiempo en descubrir qué era eso de la coca y con los que el narco de Cambados protagonizó más de una persecución de película a bordo de su veloz planeadora. Él fue el primer «Niño», comentan algunos en su tierra mientras rememoran sus comienzos traficando con el Winston de Batea, el nombre que se le dio en Galicia al tabaco ilegal. Las cajetillas daban para vivir muy bien, pero había fórmulas para aumentar exponencialmente los beneficios. Por eso, el salto a la cocaína fue sencillo y tan oneroso que los narcos podían permitirse el lujo de abandonar en las playas planeadoras con motores valorados en miles de euros usadas apenas una vez. En Catoira, un cementerio de lanchas amontona los vestigios del derroche. Algunas embarcaciones son auténticos ejemplares de museo: seis, siete y ocho motores fueraborda para convertilas en rayos sobre el oscuro agua de la ría cargada de cocaína.

Descapotables

El procedimiento era parecido y los beneficios, impensables en comparación con lo que reportaba el contrabando de tabaco, que pronto se convirtió en el hermano pobre que muchos abandonaron. «En esa década Galicia estuvo a punto de transformarse en una suerte de Medellín», reconoce a ABC un activista en la lucha contra el narcotráfico en la Comunidad desde que la marea blanca bañó sus playas. Al mismo tiempo que los fardos de cocaína tocaban la costa gallega –convertida ya en la autopista de la droga a Europa– las grandes fortunas empezaron a despuntar y llegaron los alardes. Y los pazos. Y las mariscadas millonarias. Y los descapotables en una tierra de lluvia. Y los Rolex que «se veían hasta en el mercado». Y la compra de equipos de fútbol, a imagen y semejanza de Pablo Escobar en sus mejores tiempos. Porque la ostentación y el poderío llegaron a tal nivel que Sito ideó un sistema de pensiones para blindar a las familias de sus pilotos si estos eran detenidos. Quién podía negarse así a formar parte de su red.

Echando la vista atrás, los agentes dedicados a la lucha contra el narcotráfico, los que mejor conocen las alcantarillas del negocio, reconocen que las cosas han cambiado mucho. «Quienes viven de la droga aprendieron que pasearse en Ferrari era como levantar la mano y decir aquí estoy yo», afirman. Ahora tratan de no hacer ruido, de no dejarse ver, se cuidan de sus compañías y todo lo cierran en persona. Nada de llamadas ni mensajes. Impera el vis a vis. «Por eso más de una noche nos la hemos tenido que pasar apostados en un monte para escuchar un encuentro en el que creíamos que se iba a cerrar un trato», confiesa un agente con muchos años de experiencia en la mochila. Buena prueba de ello es la evolución demostrada por el propio Miñanco a la hora de comunicarse con los suyos. En 1997, la Policía descubrió que el narco utilizaba un terminal distinto para hablar con cada uno de los miembros de su red. Su preocupación era tal que detuvieron como colaborador suyo a un trabajador de Telefónica que lo avisaba cuando alguno de estos teléfonos era intervenido.

Después, Miñanco pasó a usar un sistema mucho más complejo, irrastreable, ajeno a las redes convencionales de telefonía y que funciona con unos móviles especiales que se adquieren en el extranjero. En los últimos tiempos, esta carrera tecnológica dio el salto a sistemas encriptados de telecomunicaciones en los que Sito se gastó cerca de 700.000 euros, según explicita el auto judicial que avaló esta semana su detención. Pero los tratos más importantes, las decisiones de calado, las realizaba cara a cara, prescindiendo de teléfonos susceptibles de ser intervenidos y echando mano de alias y un argot propio para despistar. Porque Sito es, como todos los grandes capos, un obsesionado con la seguridad. Esta fue una de las razones por las que esta última operación de la Brigada de Estupefacientes resultó tan extremadamente difícil.

Un negocio diversificado

Con el paso de los años y la especialización de buenos y malos también ha variado el modo en que la droga llega a la Comunidad. De los grandes alijos se ha pasado a «bacaladas» menores y mucho más fáciles de camuflar. Los beneficios son menores, pero los riesgos también. Las planeadoras, parte del paisaje durante años, han cedido terreno a los grandes buques en los que los clanes tratan de ocultar la droga escondiéndola en los contenedores de fruta o pescado que se descargan en puertos como el de Vigo o el de Marín, donde los controles son máximos. Expresiones como «ripp off» o gancho ciego marcan ahora el ritmo de un negocio que ha sabido reinventarse y en el que los viejos capos han cedido la batuta a sus sucesores. Al menos, casi todos. Al comparar la fotografía de los narcos de los 80 con los actuales dueños del negocio llama la atención la diversificación que ha sufrido este oscuro mercado. Antes eran grandes capos los que lideraban grupos muy jerarquizados, de férrea estructura y con una cabeza visible reconocida por todos. Hoy son multitud de actores con menos protagonismo y enclavados en organizaciones de menor nivel, pero mucho más abundantes.

La presión policial y la especialización de los cuerpos ha logrado que los narcotraficantes no campen a sus anchas e, incluso, que hayan tenido que abandonar su rol de dueños de la droga para convertirse en meros transportistas. «Los colombianos siguen confiando en ellos porque conocen muy bien el terreno donde se mueven y son muy buenos en lo que hacen», manifiestan los efectivos de los equipos antidroga en la Comunidad. Para evitar tocar la mercancía, muchos se amparan en complejos entramados de empresas que aportan una pátina de legalidad a sus negocios y complican los rastreos. Ése, indican, es el perfil del nuevo traficante, al que la Policía tarda incluso en poder ponerle nombre. Este febrero, Miñanco tenía que sentarse en el banquillo de la Audiencia de Pontevedra junto a su primera mujer, varios familiares y un puñado de conocidos, acusados todos de tejer una red inmobiliaria para blanquear los beneficios de una vida dedicada al narcotráfico. Porque, incluso estando en prisión, su imperio nunca se detuvo.

Respetados en prisión

Pese a que algunos grandes capos dieron su apellido a clanes míticos como el de los «Charlines» o los «Oubiña», el mapa del narconegocio en Galicia ya no es tan fácil de estratificar. Quedan algunos grupos familiares como los «Lulús», en la Costa da Morte, pero fuentes de la lucha antidroga inciden en que ese «narcotráfico de manual» ya no responde a la realidad de la calle y señalan que en la actualidad prima la diversificación y también una cierta herencia que ha posado en la sociedad. «Hay una cultura de negocio que pervive y que en muchos casos ha pasado de padres a hijos». De ello dan cuenta las centenares de causas que aún hoy se siguen juzgando y en las que es frecuente toparse con descendientes de los capos históricos que se resisten a ceder su trozo de la tarta. Los que entran por los que salen, los que encarcelan por los que ocupan su lugar para que el engranaje siga funcionando. En la prisión a los narcos y su gente se les respeta: los años a la sombra se convierten –en el mejor de los casos– en un tímido paréntesis delictivo. Suelen ser agradecidos con sus carceleros, a los que dan muy pocos problemas, al contrario que los violentos atracadores del Este o los terroristas. A Miñanco lo cambiaron varias veces de prisión –pasó por Huelva, Herrera de la Mancha o Valladolid– después de que en una de sus celdas, durante un registro, le encontraran un listado de funcionarios.

Al pie de una calle bregada por las pérdidas y el sufrimiento, la ley del silencio que imperó durante los primeros años abrió el camino a una respuesta social contundente que a día de hoy siguen abanderando organizaciones sociales como la Fundación Gallega contra el Narcotráfico, que trabaja por barrer la imagen de benefactores que algunos narcos se construyeron y por evidenciar el daño que las drogas generan en la sociedad. A veces se preguntan si su trabajo es efectivo: hoy, España es el segundo país del mundo donde más cocaína se consume. Su gran logro en los últimos años ha sido que a las fortunas de los narcos se les pueda dar un uso social antes incluso de que lleguen a juicio. El beneficio, indican, es doble. Por una parte se le devuelve a la ciudadanía parte de lo robado, como si de una «justicia poética» se tratarse. Los bienes incautados a los narcos se subastan por internet, evitando así la vieja costumbre de que testaferros aparecieran en los juzgados los días de las pujas y recuperaran los coches de lujo o chalets intervenidos. Por la otra, se evita que los culpables y sus familias sigan disfrutando de sus ingentes fortunas mientras esperan su cita con el banquillo. Se trata de evitar situaciones surrealistas como la del BMW que se incautó en la Operación Nécora y que estuvo aparcado frente a la comisaría de Policía sin ningún tipo de uso hasta que alguien lo robó.

Para los supervivientes de esa generación en blanco que entre los 80 y los 90 se dejaron la vida víctimas de las sobredosis, el SIDA o la hepatitis, el tiempo se detuvo en esas playas o en la plaza con palmeras bajo las que se enterraban los fardos. «Yo no recuerdo la primera vez que consumí. Empiezas con la heroína, te enganchas... Buscaban gente de confianza para las descargas, llegó el dinero y todos miraban hacia otro lado...» rememora uno de los muchos chavales que en aquellos años frenéticos cayeron en la tela de araña. En el recuerdo quedan también historias como la del equipo de fútbol sala de Vilanova de Arousa —el, paradójico, «Dejadnos vivir»— que en pocos años perdió a siete de sus componentes, incluido el entrenador. Ellos también probaron la heroína y su poder de destrucción. Sus nombres (Gelucho, Pacheco, Panadeiro...) son solo la punta del iceberg de un tsunami que barrió a toda una generación pero tras el que nadie se ha atrevido aún a hacer recuento de víctimas. Su recuerdo vive, casi con tanta viveza como la realidad que perdura en las Rías Baixas: el negocio de la droga sigue pujante, por más que ahora sus dueños no exhiban su impúdica riqueza ni compren con filantropía la connivencia de la sociedad.