Eugenio Linares ha vivido desde hace 33 años en el faro de Estaca de Bares, en Mañón, con dos destellos cada siete segundos y medio. Cuando dentro de no más de dos años Eugenio se jubile, dejará un legado no solo de trabajo, sino de aportación cultural: ha permitido documentar un castro y el faro primitivo y ha escrito varios cuentos
Eugenio Linares ha vivido desde hace 33 años en el faro de Estaca de Bares, en Mañón, con dos destellos cada siete segundos y medio. Cuando dentro de no más de dos años Eugenio se jubile, dejará un legado no solo de trabajo, sino de aportación cultural: ha permitido documentar un castro y el faro primitivo y ha escrito varios cuentos - MIGUEL MUÑIZ

Nadie vivirá en los faros después de ellos

Cristina Fernández, 43 años en Cabo Vilán: «Amo el faro, estar en él me hace feliz»

Eugenio Linares, 33 años en Estaca de Bares: «Sin nosotros, nada será igual en el faro»

CAMARIÑAS/MAÑÓNActualizado:

La vida de Cristina Fernández cabe en 40 millas náuticas. O si se prefiere, en 250 peldaños. La de Eugenio Linares se puede medir en dos destellos cada siete segundos y medio. Cristina y Eugenio son dos de los últimos fareros. Su casa es el faro. Ella ha vivido durante los últimos 43 años en Cabo Vilán, en la localidad coruñesa de Camariñas, desde donde se ve el punto más occidental de la Península Ibérica. Él reside desde hace 33 en Estaca de Bares, en Mañón, el rincón más septentrional de España, donde las aguas se apellidan Atlántico si miras a la izquierda y Cantábrico a la derecha. Pronto deberán emprender la mudanza. Con su adiós, se apagará otra luz en la forma de entender el oficio de farero. Son los últimos haces de una costa donde la tecnología lleva varios años apagándolo todo.

Desde las clases de mecanografía y taquigrafía de niña en la casa de don José Álvarez, el cura del pueblo, y la pedida de mano de juventud que permitió a Cristina viajar a Madrid para convertirse en una de las tres primeras mujeres que opositaban al puesto de farera en 1972, hasta el día en que su nieta pequeña pronunció ese «abuela, qué bonito es el mar», hay más de cuatro décadas de dedicación y ningún interés por jubilarse. Contra esa última jornada se ha rebelado, pero tiene asumido que se aproxima. Nadie ocupará su plaza cuando abandone el faro.

«Los faros no pueden desaparecer, tienen que perdurar en el tiempo»

Resume su tarea sentada en la sala de radio donde las viejas y abultadas máquinas se apagaron hace tiempo. El control de ocho faros y balizas marítimas desde Laxe a Fisterra se realiza con un teléfono móvil. El mapa de alertas avisa hacia el mediodía de una pequeña incidencia en Touriñán en vías de resolución. Locuaz y didáctica como la mejor profesora, Cristina recuerda cuando tres familias residían en el faro de manera obligada. «Era una gozada. Los niños jugaban alrededor por el patio, comíamos juntos, nos enfadábamos... El faro, de 1896, era la casa. Cuando llegaba un temporal y se rompía una ventana de madrugada, nos levantábamos todos y cada uno hacía una cosa con cariño y sin pensar que te pagaban por ello. Los fareros somos altruistas por el entorno que nos rodea».

Cristina Fernández, que lleva 43 años como farera en la Costa da Morte, desde la óptica del Cabo Vilán, con un alcance de 40 millas náuticas. En 1972, logró plaza de farera junto a dos mujeres más hoy retiradas. Ha convertido el faro de la localidad coruñesa de Camariñas, cuya construcción data de 1896 y donde trabajó junto a su marido, en un baluarte de cultura marítima
Cristina Fernández, que lleva 43 años como farera en la Costa da Morte, desde la óptica del Cabo Vilán, con un alcance de 40 millas náuticas. En 1972, logró plaza de farera junto a dos mujeres más hoy retiradas. Ha convertido el faro de la localidad coruñesa de Camariñas, cuya construcción data de 1896 y donde trabajó junto a su marido, en un baluarte de cultura marítima- MIGUEL MUÑIZ

De repente suena el teléfono. Acaba de concertar otra visita escolar, donde los chavales «aprenderán sin darse cuenta qué es una bisectriz o un triángulo equilátero». «Los faros no pueden desaparecer. Tienen que perdurar en el tiempo con el recuerdo y la cultura», defiende. Lo afirma hoy Cristina, pero las mismas palabras podría haberlas pronunciado hace algunos años su marido Antonio, farero hijo de farero con el que compartió casa y faro en Camariñas. La vivienda cuenta con museo con piezas que, sin ellos al quite, habrían terminado como chatarra.

Cuando apaguen la luz

«¿Qué ocurrirá cuando los faros se queden sin fareros?», se lamenta desde la linterna, donde recopila accidentes geográficos, olas de hasta 28 metros y naufragios, del «Prestige» a la muerte de José Manuel Antelo, el joven al que Cristina había dado clases y que nunca se ha podido «quitar de la cabeza». «Somos imprescindibles dentro de los faros, aunque nunca nos hiciéramos notar. Hay jornadas relajadas, pero el agobio es enorme en semanas de temporal. Entonces no hay persona que pueda controlar todos los faros. Están en juego vidas humanas y no te puedes dormir. Tienes que darlo todo. Uno de mis hijos siempre dice que pocos conocen la importancia que tiene la luz de un faro cuando estás navegando en alta mar y las nubes cubren las estrellas». Al regresar abajo, se produce la declaración que lo resume todo: «Yo amo el faro. Vivir en él me da felicidad».

Comienza a atardecer cuando es Eugenio quien habla pausado. Ha estado enredado con el sistema GPS que envía información a 200 millas a los barcos sobre su ubicación. A siete kilómetros de la parroquia más cercana y a 25 de Viveiro y Ortigueira, la soledad se ha ido imponiendo en la zona. Unos y otros se fueron marchando y Eugenio, con 63 años y natural de Oviedo, ya piensa en su turno. Por ahora asume el control de seis señales, entre ellas los faros de Cabo Ortegal y de la Isla Coelleira, aunque es en Estaca de Bares donde ha «enterrado» una vida. Hasta allí llegó para una práctica de seis meses y, aunque después pasó dos años de suplencias en Asturias, terminó regresando.

«A medida que pasan los años te vas cansando de los vientos de 180 kilómetros por hora»

«Cuando eres joven no hay dureza que valga. Pero a medida que pasan los años te vas cansando de las rutinas, de los vientos de 180 kilómetros por hora. De joven salía. Ahora me encierro y espero a que pase oyendo ruidos y objetos caer», relata en esta edificación de 1850. Su testimonio oscila del pesimismo de quien aprecia que desde la administración «se ha relajado un poco la inmediatez en la respuesta a la avería» al entusiasmo por quien acumula logros y hallazgos que solo la cercanía al faro permitieron. Gracias a Eugenio se documentaron un castro aún por desenterrar o el primitivo faro que funcionó antes de los romanos. En sus ojos se llevará los pecios sumergidos. En su boca, canciones y cuentos escritos cuando la niebla, que adoraba oler, lo cubría todo. «Sin nosotros, nada será igual».