José Luis Jiménez - Pazguato y fino

La democracia del juez Villares

El magistrado en excedencia se sumó a la Diada del Sí. A él le ampara su libertad de pensamiento; y a nosotros la de dudar sobre si estos lamparones no ensuciarán su toga.

José Luis Jiménez
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Llámenme ingenuo, pero tenía entendido que cuando un juez prometía su cargo, el compromiso que asumía desde el minuto cero era el cumplimiento de nuestro ordenamiento jurídico vigente y, por supuesto, de su norma suprema, la Constitución. Las leyes no son sino las reglas de juego que una sociedad se otorga a sí misma para arbitrar su convivencia, para construir las relaciones entre ciudadanos y evitar que imperen arbitrariedades y se desproteja al indefenso. Saltarse la legalidad es una conducta que persiguen los jueces —una casta inequívocamente privilegiada en nuestro país— y la sancionan aplicando los códigos correspondientes.

Todo esto, que no es sino una sarta de obviedades, me viene a la cabeza tras ver a Luís Villares, magistrado en excedencia del TSXG, participando en la Diada, que no es «una movilización» inocente, como él mismo ha intentado justificar, sino un acto más en la escalada del secesionismo catalán en su desafío al Estado. La de ayer era «La Diada del sí», según sus propios organizadores, el sí a la ilegalidad de un referéndum, del sí al totalitarismo convertido en acoso a los alcaldes del PSC que se niegan a ceder espacios para esta consulta del oprobio, del sí a las papeletas caseras y las urnas escondidas, del sí a convertir la Constitución y las leyes españolas en papel higiénico. A ese sí se sumó ayer, sonriente y gustoso, alguien de quien cabía esperar otra actitud, por aquello de ser una persona educada en el respeto a la legalidad. ¡Insólito!

Debe ser que el magistrado en excedencia considera que el trabajo de sus colegas del TC no merece su respeto cuando han suspendido las leyes catalanas del referéndum y transitoriedad. Debe ser que ahora que goza de unas vacaciones judiciales mientras ejerce de líder de En Marea puede dar rienda suelta a su auténtica manera de entender la democracia, que es amparando a los que se saltan las leyes que él mismo juró hacer cumplir cuando le llamaron señoría por vez primera. A Villares, que ahora no ejerce de juez sino de ciudadano, le ampara su libertad de pensamiento; y a nosotros la de dudar sobre si estos lamparones no ensuciarán su toga.

No llama la atención que Anova —que de mayor quiere parecerse a la CUP— o el BNG —en su desnortada lucha por la supervivencia— se zambullan en el cenagal de la ruptura con nuestro sistema democrático. Visto está que con él sus resultados en las urnas han sido frustrantes. Pero a uno le queda la desazón de pensar que Villares, una cabeza aparentemente amueblada en esa jungla de majaderos, ha sucumbido a la presión ambiental. Eso daría lo mismo si no fuera porque, algún día, volverá a impartir justicia en un tribunal. Cabría pedirle que repitiera su promesa. A ver si es capaz de hacerlo sin sonrojarse.

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