Llamas arrasando Chandebrito (Pontevedra), en la madrugada del pasado lunes
Llamas arrasando Chandebrito (Pontevedra), en la madrugada del pasado lunes - EFE

«Chandebrito era como el infierno»

Dos policías relatan a ABC su experiencia en uno de los epicentros de los incendios del pasado fin de semana

SantiagoActualizado:

Han pasado cuatro días y tanto el subinspector Gabriel como el agente Marcos, policías nacionales de la comisaría de Vigo, pueden contar que ellos han conocido de primera mano el infierno: «Chandebrito a las ocho de la tarde del domingo», relata Marcos. El torbellino de emociones ha dejado paso a la perspectiva. Saben que ellos, junto con otros catorce compañeros del cuerpo, se jugaron la vida intentando evacuar a los vecinos cercados por las llamas en uno de los puntos negros de la ola de incendios que asoló Galicia el pasado fin de semana. En vez de felicitarse por lo logrado se lamentan de la trágica muerte de Maximina y Angelina, las dos octogenarias que quedaron encerradas en una furgoneta en mitad del fuego.

Gabriel y Marcos formaron parte del dispositivo especial que la Policía desplazó para evacuar a la población. Estaban de permiso esa tarde de domingo hasta que les llamó el deber. Con apenas el uniforme, tuvieron que adentrarse en un terreno rural que les era ajeno. «Te enfrentas a lo desconocido con decisión y sentido común», admite el subinspector. Fueron casa por casa, y «con mucha empatía», intentaron convencer a quien se negaba en redondo a abandonar su vida tras de sí para que el fuego la arrasara. «No podíamos desalojar a la fuerza», explica. No tenían medios, solo la palabra.

En apenas dos horas, las tres carreteras comarcales de acceso a Chandebrito son solo una. Las ráfagas de viento del sur del huracán Ofelia se han encargado de desatar el pánico. Arriba, en la aldea, solo quedan unos pocos civiles reticentes a abandonar y la dotación de 16 agentes. «La visibilidad era nula, con el humo apenas veías a un metro de distancia», recuerda Gabriel. Decidió que había que proceder a la evacuación total, pero se impuso a él mismo la tarea de comprobar la ruta de salida como avanzadilla.

Noventa grados

Pero a mitad de camino ordenó al grueso de los agentes a su cargo que dieran marcha atrás: la carretera estaba impracticable. «No veías el asfalto, solo fuego a los lados, fuego en el suelo, y el termómetro del coche marcando noventa grados», confiesa Marcos. A pesar del asfixiante calor, a Gabriel se le heló la sangre solo de pensar que, por una decisión suya, la carretera de Chandebrito podía convertirse en otro cementerio de ceniza como Pedrógão Grande. «Por eso yo tenía y debía explorar la carretera antes». Su decisión de mandar parar pudo salvar a sus agentes.

«Es inútil decir que no tuve miedo», admite, «claro que temí por mi vida, pero tienes que reaccionar, porque nosotros no podemos permitirnos flaquear». A su alrededor, la furia ígnea, con su crepitar salvaje acompañado por el ruído de las explosiones de las bombonas de butano y el crujido de los techos de uralita resquebrajándose por las imposibles temperaturas.

Marcos conducía uno de los coches de la segunda caravana, la que ante el grito de alerta tuvo que dar marcha atrás. Fue ahí cuando se percató de que había civiles en sus coches que les seguían y que colapsaban la pequeña carretera, rodeada de fuego. Un embotellamiento en el infierno. Pensó en lo peor. Pero los milagros deben existir, y por eso ningún coche perdió los neumáticos, ni se averió en el momento, y pudieron regresar a la aldea, a la espera de una evacuación más segura. Le está tan agradecido a su vehículo que asegura que el próximo coche que se compre será de la misma marca, «un Citroën».

Pensar en lo peor

Arriba, de vuelta, «llegamos a pensar que era muy difícil salir de aquella». Una carta de un compañero policía conocida estos días admite que hubo quien desenfundó su arma para poner punto y final antes de ser pasto de las llamas. «Te pasa todo por la cabeza», reconoce Marcos, «y la muerte calcinado debe ser de lo peor que te puede pasar». Gabriel ni siquiera le dijo a su mujer dónde había estado hasta que ella lo leyó en prensa. «No les dices nada a los tuyos porque la familia sufre mucho» con los gajes de un oficio que ellos no conciben de otra manera. Fueron cuatro horas de espera en Chandebrito hasta que el viento roló y su vía de escape fue segura. Volvieron a comisaría a las cinco de la madrugada del lunes. Y ayer, jueves, afirmaban que «ya estamos preparados para otra».

No se consideran héroes. «Héroes son los ciudadanos que se acercaban a ayudar, a preguntarnos qué podían hacer», insisten Marcos y Gabriel. Lo suyo, dicen, «forma parte de nuestra vocación». Con la distancia, ven que «nos hemos jugado la vida», como lo hicieron los héroes del Orzán, como lo hace día a día cualquier agente. «Yo siempre me he sentido querido como policía», sentencia Marcos preguntado por si su apreciación cayó tras las imágenes del 1-O en Cataluña. Ellos no hacen política. «Salvamos gente porque es nuestro trabajo». Y cualquier día lo volverán a hacer. Son policías.