Exterior de la casa madre de los Miguelianos, ubicada en el lugar de Mouras, en Oia
Exterior de la casa madre de los Miguelianos, ubicada en el lugar de Mouras, en Oia - MIGUEL MUÑIZ

La casa madre de los Miguelianos, desde dentro

Rosendo la levantó en el año 2000 e inició un «flujo de fieles» compuesto por adolescentes que lo dejaron todo. Dentro de la vivienda las estancias tenían nombres. Incluso en el jardín había un «rincón de Madre Maravillas»

SantiagoActualizado:

Durante más de una década, los altos muros de la «casa madre» de la secta de los Miguelianos callaron las prácticas a las que, presuntamente, su líder sometía a los fieles que residían con él en Oia. Miguel Rosendo, acusado de una veintena de delitos y para el que la Fiscalía pide 66 años de prisión, construyó esta impresionante mansión en el año 2000 en el apartado lugar de Mouras. Su inauguración coincide en el tiempo con el momento en el que revela a los seguidores que había captado durante su actividad como curandero que San Miguel Arcángel se introduce en su cuerpo para hablar a través de él y que, apunta el fiscal del caso en un exhaustivo escrito de acusación, «él es el transmisor del mensaje de Dios». Este descubrimiento intensificó los lazos del gurú con sus fieles, iniciándose «un flujo de personas a la residencia que sería la futura casa madre».

La mayoría de las personas de las que se rodeó Rosendo en esta primera etapa de la secta eran adolescentes que lo dejaron todo por empezar una vida intramuros. Así lo recoge el fiscal del caso, al indicar que «las estancias de sus miembros en la casa, mayormente jóvenes, se van dilatando de manera progresiva a lo largo del tiempo hasta convertirse ésta en la residencia permanente de muchos de ellos». Atrás dejan su vida, su familia, su trabajo, sus amigos y cualquier atisbo de vida social. Poco a poco, la mansión de Oia se convierte en epicentro del día a día de este grupo que logra ser admitido como asociación privada de fieles por el obispo de Tui-Vigo en 2003 y que en el mismo año es incluida por el Ministerio de Justicia en el registro de entidades religiosas.

Violencia intramuros

A pasos agigantados, la actividad de la supuesta secta se extendió llegando a enviar a algunos de sus «consagrados» a Ávila o a Madrid y participando, incluso, en la atención a los peregrinos que llegaron a Santiago en el Año Santo de 2010. Lejos de la casa de Oia, todo parecía funcionar en orden y armonía dentro de este grupo guiado por la palabra divina. Pero al cruzar el umbral de la casa madre, Rosendo, expone la acusación en el caso, lo dominaba todo a través de las coacciones, la fuerza física, las amenazas continuas y la violencia.

Las características y superficie de esta residencia que contaba incluso con piscina y que quedaba oculta de miradas curiosas por los altos muros que la rodean favorecieron que en ella llegasen a vivir hasta cerca de veinte personas, la mayoría próximas al líder según la jerarquía de la organización indicaba. El fiscal asegura que Rosendo se valió de «situaciones de debilidad circunstancial» de sus fieles para «conseguir la rendición a la figura de un líder que se presenta como un personaje espiritual». Estas flaquezas le abrieron la puerta al acusado para, supuestamente, abusar de forma continuada de algunas de sus devotas, con las que compartía techo y, en ocasiones, lecho.

Así lo recoge el Ministerio Público, que llega a detallar que dentro de la casa madre Miguel Rosendo se movía con absoluta libertad de una estancia a otra. En ella se desarrollaban extraños rituales que consistían en hablar en lenguas desconocidas, simular entrar en trance o repartir amuletos. Pero las supuestas prácticas de Rosendo hacia sus seguidores iban más allá. Según una de las moradoras de la casa madre denunció, el líder la obligó a tener relaciones sexuales con él convenciéndola de que tenía cáncer y él se lo curaría. Las denominaba «limpiezas espirituales» y todas solían tener lugar en Oia y durante la noche.

El clima de asfixia en la vivienda era tal que hubo fieles que llegaron a residir en ella 12 años en los que apenas tuvieron contacto con el mundo exterior. En el caso de los «matrimonios consagrados» —entre seguidores de la Orden— Rosendo los convenció para que comprasen los terrenos anexos a la casa madre y construyesen allí unas viviendas prefabricadas donde asentarse. Además, en esta prolongación se levantó una capilla, una zona de reuniones y otras instalaciones para los consagrados. Más tarde, una de sus seguidoras sería enviada a estas viviendas en una suerte de destierro que se prolongó durante varios años y que remató cuando la joven solicitó el perdón de su líder, que no tardó —según la acusación— en volver a someterla a sus antojos.

«Ánimo purificador»

El papel que la casa jugaba en la vida de los seguidores de la Orden y Mandato de San Miguel Arcángel era tal que las habitaciones habían sido bautizadas con reveladores nombres. Existía una habitación de los bastones, otra de Santa Verónica, una habitación de las literas, un despacho del líder con su anexo e incluso un «Rincón de Madre Maravillas». Se trata de estancias en las que el relato de las presuntas víctimas sitúa a Rosendo una y otra vez abusando de sus fieles a través de todo tipo de argumentos. En la mayoría de los casos, con un ánimo «purificador» que hacía que sus elegidas se doblegaran y callaran ante sus deseos carnales.

Pero todo saltó por los aires cuando, en diciembre de 2012, las vivencias de algunos de estos miembros llegaron hasta el obispo, que incoó un expediente canónico y nombró a un visitador que concluyó su informe refiriéndose a «conductas sectarias» en el seno del grupo. Rosendo fue detenido en diciembre de 2014. La Fiscalía lo acusa de tres delitos contra la libertad sexual, cinco de coacciones, doce contra la integridad moral y uno de asociación ilícita. Además de Rosendo se sentarán en el banquillo de acusados otras seis personas, entre ellas dos religiosas, para quienes el fiscal pide dos años de prisión por un delito de asociación ilícita. Tras los registros, la casa madre quedó huérfana de actividad y las consagradas que quedan se trasladaron a otra apartada residencia en El Escorial.