Marila Aleixandre, izquierda, con Ángeles Vidal, Sandra Otero, Silvia González, Sandra Real, Dolores Vázquez, Laura Valiño y Sabela Fernández
Marila Aleixandre, izquierda, con Ángeles Vidal, Sandra Otero, Silvia González, Sandra Real, Dolores Vázquez, Laura Valiño y Sabela Fernández - MIGUEL MUÑIZ
EDUCACIÓN

Aprender a aprender: científicos desde los 3 años

En sus aulas no existen respuestas equivocadas: alumnos de Infantil plantean sus propias preguntas y sugieren métodos para responderlas desde la experimentación

SantiagoActualizado:

Había transcurrido ya más de la mitad del curso cuando la madre de una alumna de 1º de Infantil solicitó una tutoría con Dolores Vázquez: «Cuando a comienzo de curso nos contaste cómo ibas a trabajar pensamos que estabas loca, ahora te doy la enhorabuena. Soy profesora de Física en Bachillerato y bailaría una sardana si mis alumnos comprendiesen el átomo como lo hace mi hija de tres años».

Vázquez es una de las fundadoras del Grupo Torque, un espacio de trabajo colaborativo impulsado en 2006 por media docena de maestras de Infantil de distintos centros públicos gallegos en busca de otra manera de trabajar en el aula. Con una exigencia extra de formación para ellas y una recompensa inmediata para sus alumnos, en forma de motivación y aprendizaje adaptado a sus curiosidades e intereses —y futura, como herencia de un modo de enfrentarse al conocimiento—, en sus clases la actividad comienza con un «qué sabemos» y un «qué queremos saber», seguidos de una reflexión compartida en la que los propios alumnos formulan hipótesis y proponen procesos que puedan responder a sus preguntas. Los caracoles, los átomos, la luz, las patatas, las nubes o los imanes son algunos de los proyectos puestos en práctica por este grupo de maestras, grandes temas que servirán de paraguas para, a lo largo de dos de los tres trimestres del curso y de forma intercalada con otras actividades del aula, desarrollar toda una investigación colaborativa, en la que aprender desde la experiencia, movidos por la propia curiosidad y contando con las familias, suministradoras de datos desde casa.

La dinámica de trabajo de este grupo de maestras ha sido documentada por Sabela Fernández en la tesis «El desarrollo de las prácticas científicas de construcción y uso de modelos y pruebas: un estudio longitudinal en Educación Infantil», una investigación completada a lo largo de tres años de acompañamiento a alumnos y profesoras en el aula que ha permitido constatar la capacidad de los niños de 3 a 6 de apoyar con pruebas sus conclusiones y llevar a cabo proyectos de indagación con creciente autonomía. «Es una educación para la búsqueda de la verdad», dice la investigadora.

El arranque de cada nuevo proyecto, explica Laura Valiño, exige una primera fase de formación para ellas, bien a través de las convocatorias de formación y recursos de la Consellería (cada vez menos ajustadas a su perfil, indica Sandra Real, al primar ahora las solicitudes y proyectos que agrupan a docentes de un mismo centro), bien de modo autogestionado. Esa preparación y estudio previo será su base para, una vez implantado el proyecto en el aula, exponerse sin red a la curiosidad sin límites de sus alumnos. ¿Tienen pene los caracoles? ¿Y dientes? ¿Qué comen? ¿Les gustará el azúcar?... Ninguna pregunta es incorrecta, y ninguna idea descabellada. La máxima es probar, señala Sandra Otero, potenciar la curiosidad y no frenar su capacidad innata para la resolución de problemas, la misma, señala, que les lleva a empujar una silla para alcanzar el juguete deseado en un estante.

¿Cuánto pesa un caracol?

Sus alumnos, señala Dolores Vázquez, manejan con normalidad el concepto hipótesis —«una idea que quieres probar» o «lo que crees que pasa antes de saber qué pasa», según sus propias definiciones—, aprenden que a veces la profesora no tiene todas las respuestas y «hay que investigar» e interiorizan esa capacidad de buscar soluciones de forma autónoma y protagonista. Cuánta fuerza tiene un caracol, indican, es una de las preguntas que siempre se repiten en las distintas aulas. A partir de ella surgió la actividad de atar a los caracoles criados en clase distintos materiales (una patata, una piedra...) y experimentar su capacidad de arrastre, pero cuánto pesa la patata, y ¿cuánto pesa el caracol? «La báscula que teníamos en clase no tenía la precisión necesaria para el poco peso de un caracol y la solución partió de uno de mis alumnos: pongamos muchos caracoles en la báscula y que después Dolores calcule a cuánto toca cada uno. Esta solución de cálculo partió de uno de mis alumnos de cinco años», apunta.

«Es un ejemplo de aprender a aprender. Lo más importante no es cuánto aprenden de los caracoles, o de las nubes, o de cualquier otro de los proyectos, sino que aprenden cómo se aprende, que son capaces de extraer conclusiones y realizar generalizaciones y, también de comunicarlo», expone Marilar Aleixandre, catedrática de la Universidade de Santiago y profesora de Didáctica Aplicada, a cargo de la dirección de tesis de Sabela Fernández. Aleixandre señala el valor del aprendizaje obtenido de primera mano (en este caso la observación y la experimentación directas, completadas con la información recabada en casa) y Sandra Real subraya la apertura de horizontes de un método de trabajo como este: «Si una ficha insta a pintar un cuadrado rojo, pintarás un cuadrado rojo, y ya. Aquí no hay límite, se puede llegar al infinito». Todas lamentan la falta de continuidad de esta forma de trabajo en las etapas educativas posteriores.