Un turista fotografía la plaza del Rei en Barcelona
Un turista fotografía la plaza del Rei en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Barcelona, ecos del pasado y del presente

Juan Francisco Ferrándiz en «La tierra maldita» y Esteban Martín en «Revolución» recrean dos épocas de la ciudad

BARCELONAActualizado:

El presentismo, que adultera el pasado con los intereses de la coyuntura, es el peor enemigo de la novela histórica, aunque en algunos episodios políticos parece que la Historia se repite. Juan Francisco Ferrándiz en «La tierra maldita» (Grijalbo) y Esteban Martín en «Revolución» (Ediciones B) recrean dos épocas de Barcelona.

Ferrándiz imagina la Barchinona del siglo IX, en el último confín del Sacro Imperio Romano. A esa «tierra maldita», donde mil quinientas almas resisten a los embates de los sarracenos, arriba el obispo Frodoí. La que fue Barcino romana puede atravesarse en cinco minutos: su trazado perpendicular se ha llenado de huertos. Quedan en pie la iglesia visigoda de los Santos Justo y Pastor y la de San Miguel y la de Santa María, al borde del mar.

Gracias a Frodoí Barcelona no murió, advierte Ferrándiz. Lo atestigua una placa en la cripta de Santa Eulalia: «El obispo amplió la antigua catedral, a la que siguió la románica y, finalmente, la gótica que adoptó el nombre de la Santa Cruz y Santa Eulalia, cuyas reliquias se veneraron desde 877 o 878». Las obras contaron con el impulso financiero de Carlos el Calvo.

El culto a Santa Eulalia devolverá la olvidada Barchinona al mapa europeo. A la muerte del rey franco, se produce la rebelión de los borsónidas; la «inventio» de la santa en una ciudad leal a la corona les hace desistir, poniendo fin a una revuelta que amenazaba con desmembrar los territorios de Francia e Italia. En «La tierra maldita», apunta Ferrándiz, «planteo la posibilidad de que aquellos hechos acaecidos en el último rincón del imperio afectaran al conjunto y relleno, de manera ficticia, los huecos que la Historia y las evidencias arqueológicas no han desvelado aún».

Admirador de Tolkien y el Martin de «Juego de tronos», el escritor alicantino traza un paisaje legendario que tiene su frontera en el río Llobregat y que califica de «Far West de la Edad Media». De los escasos documentos disponibles destaca ochenta actas del archivo de la catedral de Barcelona: «Ya en aquella época se registraba todo y las mujeres tenían la capacidad de transmitir bienes y propiedades sin el permiso del hombre. Aunque no había dragones, la gente creía en ellos y la hechicería -la palabra bruja no estaba todavía en circulación- conectaba con el paganismo ancestral…». Por esa ciudad transitan el noble Insembard de Tenes, la enigmática dama Goda y la hacendosa Elisia que intenta salir adelante abriendo una taberna en Barcelona.

La Generalitat y el poder

La «Revolución» de Esteban Martín transcurre seis siglos después, entre 1448 y 1490: el feudalismo se resiste a dejar paso al Estado renacentista, Cataluña se desangra en una guerra civil El autor barcelonés cita a Jaume Vicens Vives acerca de las manipulaciones que el romanticismo del XIX perpetró en la historiografía catalana y hoy nutren la propaganda nacionalista: «Se repiten las fábulas, se mantienen los equívocos y vemos como se persevera en los tópicos cómodos y peligrosos. Entre todos habéis creado una historia de Cataluña falsa en su mayor parte, y completamente absurda al tratarse de la época de decadencia».

La novela alude a dos revoluciones: una, protagonizada por unas clases humildes que se sienten esquilmadas por la oligarquía que acapara el General -hoy Generalidad-; la otra, la llegada a Barcelona de la imprenta de Gutenberg convirtiéndola en capital del libro en castellano.

«Los payeses de las ‘remensas’ se ponen bajo el paraguas del rey Juan II para protegerse de los abusos del General y el gobierno municipal… Escribí la novela pensando en la guerra civil catalana del siglo XV y me topé con hechos que no gustarán nada al mundo nacionalista», explica el autor. Los denominados «ciudadanos honrados» -esto es, el clero, el ejército y los ricos- son presentados por uno de los personajes -el judío Salomó Barcelona- como «un atajo de manilargos y cortabolsas» que erigieron su edificio gubernativo sobre los restos del Call.

La batalla entre los privilegiados de la Biga y el «poble menut» de la Busca da una imagen negativa de la hoy idealizada institución catalana. El General, que recaudaba impuestos por delegación de las cortes reales, acaparó el poder político y económico del Principado: controlaba desde los burdeles hasta la última moneda de los gremios. Cuando los «buscaires» consiguen fiscalizar el General, el Consell de Cent se llena de drogueros, zapateros, especieros… Con sus reformas de la paridad monetaria disminuyen los beneficios de los rentistas y facilitaron la vida de los pequeños comerciantes. «La clase noble-eclesiástica-militar no respondía a los intereses del pueblo. Esa oligarquía protagonizó su peculiar ‘revolución’ contra la Monarquía, propuso una república y ofreció la corona a reyes intrusos que arruinaron Cataluña». Ecos el pasado para la problemática Cataluña del presente.