Cataluña

Las víctimas aún piden justicia en el 30 aniversario de la matanza de Hipercor

Barcelona recuerda estremecida la peor matanza de la historia criminal de ETA

Un momento del homenaje organizado por el Ayuntamiento de Barcelona, el sábado - INÉS BAUCELLS
ÀLEX GUBERN Barcelona - Actualizado: Guardado en: España Cataluña

Explican que en 1987, cuando les enterraron en Santa Coloma de Gramenet, 20.000 personas asistieron al sepelio. La ciudad despedía conmocionada a Rafael Morales y María Teresa Daza, dos puntales del movimiento vecinal de la popular población, ambos asesinados junto a otras 19 personas en el atentado de ETA en Hipercor. La mayor matanza llevada a cabo por la banda terrorista en su negra historia, y de la que hoy se cumplen 30 años.

Jordi Morales tenía siete años cuando aquel Ford Sierra rojo cargado con 200 kilos de amonal y líquido inflamable sembró de muerte Barcelona y le arrebató a sus padres. Sigue marcado por ese momento. «Te haces adulto, estudias, te casas, tienes hijos... pero el dolor sigue ahí. Tengo la misma sensación de rabia. Yo no perdono», explica a ABC en lo que es un sentimiento compartido, con todos los matices posibles, por los supervivientes y familiares de los fallecidos, que estos días se han reencontrado con emoción en los númerosos actos programados para recordar ese trágico día.

En una reacción que su psicóloga señala que es de autoprotección, Jordi Morales tiene un vacío en la memoria de un año y medio, el inmediato al atentado. «No recuerdo nada, supongo que el cerebro borra el dolor», añade para explicar como no fue hasta el nacimiento de su hija que asumió por completo la pérdida, y las lágrimas, entonces sí, se desbordaron.

Con la misma entereza con la que explica sus emociones, detalla también el calvario judicial y administrativo para que él mismo fuese reconocido oficialmente como víctima del terrorismo. Sus padres no estaban casados, así que aquel huérfano de siete años no constaba en la sentencia judicial. Estuvo cuatro años litigando para que se le reconociese la condición de víctima, una pugna judicial que ahora reproduce para que también se reconozca como tal al hijo que esperaba su madre, embarazada de tres meses, cuando fue asesinada. «Parece increíble, pero en el caso de un accidente de coche, a los hijos nonatos se les reconoce. Con las víctimas del terrorismo no sucede», explica con la misma rabia con la que denuncia «a los políticos que se llenan la boca y no han hecho nada por ayudarnos».

En ese costoso y largo proceso, como a muchísimas otras víctimas, le está ayudando Roberto Manrique. Él tenía 24 años cuando pocas horas antes de la explosión le cambió el turno a un compañero en la carnicería del Hipercor de la avenida Meridiana de Barcelona. La explosión le provocó quemaduras en el 80 por ciento del cuerpo. «El tiempo no lo cura todo, pero aprendes a vivir», explica a este diario Manrique, infatigable en su tarea de localizar, asesorar y, cuando ha hecho falta, consolar a unas víctimas que durante muchos años se han sentido desamparadas.

Manrique, que durante años estuvo al frente de la AVT en Cataluña, y luego de la asociación catalana de víctimas Acvot -ahora dirigida por José Vargas-, se enerva cuando enumera las decenas de casos, algunos ganados, otros aún sin cerrar, que se han tenido que batallar en los juzgados. Relata por ejemplo el periplo judicial de Enrique Vicente y Núria Manzanares, que perdieron en el atentado a sus hijos Silvia y Jordi, de 12 y 9 años, y a la hermana de ella, Mercè. No han visto reconocida su condición de víctimas porque ellos no estaban en el lugar del atentado.

Vacío institucional

«Es frustrante», apunta Manrique, que sí reconoce que el apoyo y ayuda a las víctimas ha mejorado, pero que esta ha sido, y sigue siendo, una lucha que las asociaciones, y las víctimas a título individual, han tenido que batallar. Manrique recuerda, por ejemplo, como en 2014 presentó el listado de las 280 víctimas que contabilizaron en Cataluña ante la Dirección General de Apoyo a las Víctimas. «Les dije: estos son los nombres, ya los podéis localizar. Me felicitaron por el trabajo, pero su respuesta fue que si alguien quería algo tenía que solicitarlo, que ellos no harían nada por encontrarlos», denuncia Manrique.

A los problemas en el reconocimiento de las víctimas se suma el abandono institucional que estas han tenido históricamente, una falta que solo ahora, 30 años después, comienza a corregirse. Las administraciones se están volcando estos días en organizar actos en su homenaje después de que, durante años, los aniversarios del atentado de Hipercor de Barcelona casi se celebrasen de incógnito. «Cuando el Ayuntamiento nos reunió para preparar el homenaje, lo primero que hizo fue pedirnos perdón por 30 años sin hacer nada. Por algo se empieza», apunta Jordi Morales.

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