Ramon Espadaler - Tribuna Abierta

La paradoja soberanista

Es paradójico que sean un presidente y unos partidos autodenominados soberanistas los que hayan sustraído soberanía al Parlament y a la Generalitat

Ramon Espadaler
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El Diccionario del Institut d’Estudis Catalans define la soberanía como la calidad del poder político de un Estado o de un organismo que no se somete a ningún otro poder. Por otro lado, soberanismo es el calificativo que se autoatribuyen los que aspiran a la independencia de Cataluña o, lo que es lo mismo, a su plena soberanía. En este sentido, es paradójico que sean un presidente y unos partidos autodenominados soberanistas los que hayan sustraído soberanía al Parlament y a la Generalitat.

Hasta ahora nunca el presidente de la Generalitat había sido tan cautivo de realidades ajenas al Parlament como lo es el flamante presidente Quim Torra. Cautivo de su predecesor y tambén de la CUP, Torra es, sobre todo, despectivo con la Cámara catalana que lo ha escogido. No supone un buen augurio el hecho de que su primera acción haya sido viajar a Berlín para reunirse con Carles Puigdemont, el expresidente que lo eligió digitalmente el pasado jueves. Tampoco los es que haya pedido a los diputados de la CUP que estén muy vigilantes para reconducirlo si se aparta del recto camino del republicanismo. Por si fuera poco, el anuncio de la voluntad de otorgar no se sabe bien qué poderes a la denominada Asamblea de Electos incrementa, aún más, el menosprecio del nuevo presidente hacia el Parlament en el cual, además de una legítima mayoría independentista (o soberanista), estamos, con idéntica legitimidad, los representantes de una variedad de formaciones políticas que no subscribimos los postulados independentistas.

Ni la autodenominada Asamblea de Electos, ni las asambleas de la CUP, ni el dedo señalador de Puigdemont pueden sustituir a la institución en la que reside la voluntad de la ciudadanía, surgida de las elecciones del 21-D. Aquellos que tantas lecciones de calidad democrática acostumbran a dar deberían detenerse a pensar sobre la aberración democrática que representa la constitución de un entramado institucional paralelo no solo al del Estatuto, sino a la propia realidad.

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