Sergi Doria - Spectator in Barcino

Gripe en la Cataluña gripada

A la otra epidemia, no le vemos cura a corto plazo. Y si la tiene, requerirá de una larguísima convalecencia y la vacuna del pensamiento crítico

Sergi Doria
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Hace un siglo, el mundo sucumbía a la peor pandemia de gripe de la Historia. A la carnicería bélica europea de 1914-1918 se añadió el fallecimiento de cincuenta millones más de personas. Conocida en aquella época como «influenza», la difusión de la epidemia por la prensa española granjeó a nuestro país la injusta paternidad de un virus originado en Estados Unidos y que había penetrado en Europa con las tropas americanas por el puerto francés de Brest.

En España, la epidemia acaeció entre 1918 y 1919. Entre los recuerdos más tristes de mi abuelo -a la sazón tenía seis años-, la visión de los rústicos ataúdes de madera que se apilaban en el cementerio de Montjuïc: los enterradores no daban abasto. La mortalidad obligó a muchas familias a transportar a sus muertos: tristes comitivas de los más humildes arrastrando en una carreta a la víctima de esa «epidemia reinante» -así se la bautizó en los periódicos-.

Según un documento de la Cruz Roja americana, el pánico de la gripe del 18 era equiparable al de la Peste Negra medieval. La gripe había matado tres veces más que la Primera Guerra Mundial y la esperanza de vida descendió doce años.

En Barcelona el escritor Jaume Brossa, que había recorrido las trincheras europeas, murió a causa de la «influenza» en febrero del 19, justo cuando la epidemia empezaba a decrecer. Aquel terrible bienio griposo presenta episodios que recuerdan al «Diario del año de la peste», que Daniel Defoe -el autor de «Robinson Crusoe»- dio a la imprenta en 1722, documentado reportaje de la epidemia bubónica que asoló Inglaterra en 1665.

La amenaza de la gripe parecía conjurada por las vacunas que cada año se ponen a disposición de la población de riesgo, pero la seguridad de evitar el contagio no es total. No siempre se acierta.

En la memoria, la famosa gripe A de la que alertó -de forma precipitada- la Organización Mundial de la Salud; los gobiernos gastaron millones de euros en vacunas que no fueron necesarias y acabaron caducadas en los almacenes mientras que las farmacéuticas engrosaban su cuenta de resultados.

Puigdemont, con Lluís Llach y Toni Comín
Puigdemont, con Lluís Llach y Toni Comín-EFE

Este año se nos advierte de que la vacuna solo cubre un veinte por ciento de las cepas gripales: un virus de amplio espectro con dos cepas que campan a sus anchas: la H-3 y la B-Yamagata esquiva toda barrera protectora y colapsa los CAP y las urgencias hospitalarias.

De esos colapsos no solo tiene la culpa la vacuna. La Cataluña que padece la gripe de 2018 está mucho peor preparada que la de 2011 cuando el gobierno de Convergència de Artur Mas -ese partido que, como todo el mundo sabe, nada tiene que ver con el PDECat- perpetró una despiadada política de recortes en una población que envejece.

Las cifras del propio departamento de Salud son elocuentes: de los casi 10.000 millones de euros de presupuesto en 2010 hemos pasado a 8.876 millones; de las 14.072 camas a 13.063, mientras que las listas de espera quirúrgica han ascendido: de 153.916 a 170.490. Causa perplejidad que una parte de ese colectivo sanitario que ha visto tan diezmado su quehacer profesional siga llevando el lacito amarillo.

Se dice que «La peste», de Camus, es, también, una alegoría de las sociedades contagiadas por plagas totalitarias. No llevaremos el parangón tan lejos, pero Cataluña padece desde hace seis años una gripe política que cursa con episodios febriles que distorsionan la realidad y gripan la convivencia. Indigna que Mas se retire tres días antes del caso Palau, se jacte de su legado y nadie mencione el deterioro sanitario de los recortes de sus gobiernos de 2011 y 2015. O que el fugado Toni Comín -tránsfuga de risa floja- no asuma su lamentable gestión al frente de la Consejería de Salud cuando, sin nigún conocimiento sanitario, se atrevió a contradecir, en tono chulesco, al director del hospital más importante de Cataluña. Resulta escandaloso que Comín se desgañite en Bruselas acusando al Gobierno español de franquista o que proclame en la televisión del Régimen que «el Estado español tiene un alma golpista». Y todavía es más escandaloso que al escuchar tal desfachatez, nadie aluda a su lamentable ejecutoria.

Mientras esa parte de la enfebrecida sociedad catalana no comprenda que quienes se presentan como demócratas liberadores no son otra cosa que una tropa de oligarcas ansiosos de remenar calers; mientras que los ayuntamientos no castiguen el incivismo de quienes envuelven de plástico amarillo los árboles y pintarrajean las paredes; mientras jaleen la ceremonia de la confusión de los fugados de Bruselas que protege la ultraderecha flamenca, esta sociedad seguirá enferma.

Felizmente no estamos en 1918 y las miasmas de la gripe desaparecerán. A la otra epidemia, no le vemos cura a corto plazo. Y si la tiene, requerirá de una larguísima convalecencia y la vacuna del pensamiento crítico.

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