Fachada principal de la mansión de Waterloo donde reside Puigdemont
Fachada principal de la mansión de Waterloo donde reside Puigdemont - AFP

«Good bye, Waterloo!»

Puigdemont aseguró que no quería acabar «repartiendo tarjetas de una república inexistente», y ha acabado como la protagonista de la película «Good bye, Lenin!»

BARCELONAActualizado:

En 2003 hizo furor en los cines «Good Bye, Lenin!», comedia que narra las peripecias de un hijo por hacer creer a su madre que sigue viviendo en su idealizada República Democrática Alemana. La mujer, que entra en coma en los días previos a la caída del muro de Berlín, despierta cuando ya la RDA es pasado y Occidente ha entrado a saco en el «paraíso socialista»: su hijo, encarnado por el actor Daniel Bruhl, quiere evitarle el shock ocultándole que el país en el que vivió ya no existe.

Salvando las distancias, las peripecias de Daniel Bruhl, o a un nivel más doméstico las que se narran en «Ocho apellidos catalanes» con una Rosa Maria Sardà viviendo en una virtual Cataluña independiente, son paralelas a las de buen número de dirigentes independentistas con respecto a Carles Puigdemont, que instalado en su Casa de la República de Waterloo (Bélgica) sigue alimentando la ficción de un Estado que ya no existe salvo en su imaginación y la de sus más directos colaboradores. El trato sigue siendo el de «president», como si nada hubiese pasado en Cataluña tras el 155, una forma de no romper el espejismo republicano. Todo por seguir alimentando el relato del Govern «legítim».

Hace pocos días, ABC revelaba que Puigdemont y su equipo envían comunicados apropiándose del logo oficial de la Generalitat y con el encabezado de «Govern de la República». Y ayer mismo se supo que, también con el logo oficial, Puigdemont remite cartas con otro encabezado suplantado: «El president de la Generalitat de Catalunya».

Gobierno «fake»

Sin que nadie se atreva a decirle al inquilino de Waterloo que lo suyo comienza a ser historia y que lo que preside es en ralidad un gobierno «fake», en Cataluña ERCy el PDECat libran una encarnizada y nada virtual batalla por repartirse el poder de la Generalitat autonómica. El contraste es casi cruel: como si siguiese instalado en el Palau de la Generalitat, en la casa de Waterloo Puigdemont preside cada martes una reunión con los consejeros exiliados, ahora ya solo tres tras la deserción de Clara Ponsatí. Todo muy fantasmal.

«El Punt/Avui» mostraba ayer las dependencias de la mansión, con un despacho presidencial en blanco «minimal» en el desván y amplio salón para recepciones y renuniones. Del mismo modo que Pujol le dijo a Prenafeta en los primeros días en Palau que la Generalitat eran ellos dos y «un sello», la República de Waterloo es una casa con aires de mansión, un despacho y un logo suplantado. La Generalitat de Pujol comenzaba a construirse entonces, la República de Puigdemont se desvanece por momentos.

La gran paradoja del expresidente es que ha acabado como dijo que no lo quería hacer, tal y como Santi Vila dijo que explicó para justificar un adelanto electoral que al final trocó por una declaración de independencia fallida. «No me veo siendo un presidente virtual, de un país virtual, en una sociedad anímica e institucionalmente devastada», ni tampoco, aseguró, «repartiendo tarjetas de una república inexistente», dijo un Puigdemont que, ya entre la neblina de Waterloo, ha acabado como su propia caricatura.