En el independentismo, la tradicional división entre Esquerra y Convergència se ha agudizado con amargura y odio - ABC

Esquerra prepara su gran venganza

El partido de Junqueras va a intentar que Puigdemont no sea presidente

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El PP necesita tranquilizarse para darse cuenta de que ha ganado y cuando a Puigdemont le pase el subidón conocerá la hondura de su derrota. Tan sorprendente resulta lo poco que le basta al independentismo para aferrarse a la ensoñación de que aún continúa vivo como la facilidad con que el Gobierno asume la propaganda enemiga y tarda días y a veces semanas en sobreponerse a sus imaginarios batacazos.

La derecha no puede cometer estupideces como la de denunciar a ABC, por muy nerviosa que esté, ni culpar a Ciudadanos de haber capitalizado el efectivamente brillante trabajo del Gobierno. El PP tiene el partido como lo tiene y los resultados del pasado jueves, más que un castigo, son un espejo. Tal como lo acertado que han hecho ha funcionado perfectamente bien, y la aplicación del artículo 155 ha sido positiva para Cataluña y no sólo no ha causado ninguna reacción agresiva sino que ha sido recibido con alivio; el partido no ha podido capitalizar este éxito por estar gravemente descuidado desde hace años y, particularmente en Cataluña, sumido en la más absoluta marginalidad sin que nadie haga ni intente hacer nada por remediarlo, como si se diera por asumida e inevitable la fatalidad.

Demagogia secesionista

No es nada que el presidente Rajoy no sepa, tal como sabe que el independentismo fue el jueves derrotado, pero los suyos están tan asustados y colapsados que no paran de cometer errores no forzados, de correr en la dirección contraria y de dar credibilidad a la demagogia secesionista con su ansiedad por nada y su abatimiento indisimulado.

Zarzuela en cambio está tranquila, entiende la importancia de la victoria de Ciudadanos, sabe que el grueso del independentismo ha renunciado a la unilateralidad, y a la ilegalidad, y que los que todavía no lo han hecho son los forajidos y sus trompeteros, que si permanecen fugados no podrán gobernar y les caducará la épica más temprano que tarde, y si regresan irán a la cárcel y será por muchos años.

En el independentismo, la tradicional división entre Esquerra y Convergència se ha agudizado con amargura y odio. La campaña con que Puigdemont ha derrotado a Esquerra ha servido para ganarles, pero no para gobernar con ellos. Los republicanos se han sentido tan sumamente insultados por Puigdemont y su equipo de comunicación que están decididos a cobrarse la pieza y van a exigirle al expresident que cumpla su promesa de volver a España para ser investido.

Si vuelve, irá a prisión y ERC reivindicará entonces a Oriol Junqueras como presidenciable, sobre todo si el próximo día 4 declara lo suficiente para que el juez Llanera le deje en libertad. Si Puigdemont no vuelve, habrá roto su única promesa electoral, avalará la aplicación del artículo 155 no enfrentándose a él, y ni Esquerra ni la CUP querrán votar a los sucedáneos que ya está proponiendo, con Elsa Artadi a la cabeza.

Además, así como Esquerra ha abandonado el asalto a las instituciones como estrategia, Puigdemont sigue anclado en la república proclamada porque se ha quedado sin discurso, sin relato, sin nada que ofrecer a los catalanes que no sean urnas de plástico de regalo en recuerdo del 1 de octubre. Pronto descubrirá que entre los gritos que le aclaman no hay ni uno solo que haya pensado cómo sacarle de ésta, ni mucho menos en ayudarle a sufragar su larga y puede que indefinida estancia en Bruselas.

Voto útil del soberanismo

Esquerra va a intentar por todos los medios -aunque sin que se note el cuidado- que Puigdemont no sea presidente, porque sería regalarle la centralidad del catalanismo político y convertir a Junts per Catalunya en el nuevo voto útil y atractivo del soberanismo, dejándoles a ellos en un triste papel de segundones y sin poder hacer oposición, porque cualquier disputa parecería una deslealtad y facilitarle el trabajo a España. Los republicanos esperan poder convencer a los catalanes, en las próximas semanas, que tanto Puigdemont como Junts per Catalunya son un fraude más de la Convergència de toda la vida, ejemplificando la farsa en la promesa no cumplida del regreso a España. No es sólo un tacticismo partidista: en ERC están convencidos de que efectivamente es así, y no están dispuestos a permitir que una vez más los convergentes les arrebaten la presidencia de la Generalitat que ya casi acariciaban, y esta vez con las más burdas mentiras y los más miserables ataques.

El PP está en shock pero no hay ni un solo líder independentista que no prefiriera estar en el lugar de Rajoy. La repetición electoral interesa a todos menos a Puigdemont.