Sergi Doria - Spectator in Barcino

Los aniversarios de Enrique Badosa

Poeta simbolista, catalán que se expresa en la lengua de Cervantes. Noventa años de sabiduría

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Cuando uno cumple noventa años y observa el retrovisor de la memoria avista un largo camino jalonado de efemérides. El jueves pasado, en la Universidad de Barcelona, Enrique Badosa (Barcelona, 1927) recibió el homenaje de quienes –desde la amistad, la traducción, la cátedra, o el mundo editorial– compartieron con él muchos y provechosos aniversarios. El decano de Filología Española, Adolfo Sotelo, subraya el medio siglo de «La libertad del escritor», artículos de crítica literaria que Badosa publicó en el Noticiero de 1957 a 1965. Joan Margarit, que espigó hace una década la «Antología poética» publicada por la Diputación de Granada, identifica en Badosa «al maestro y amigo, al amigo y maestro». O Francesc Parcerisas, que subraya la anticipación de Badosa en sus primeras traducciones al castellano de Espriu (1956) y Foix (1963). O José Corredor-Matheos, amigo del poeta desde los tiempos universitarios. Y Ramón Andrés, Laureano Bonet, María Payeras, Josep Mengual, Manuel Llanas, Manuel Valdés, Marcel Ortín, Jaume Pòrtulas, Joan Sellent, Antonio Piedra con Margarita Trias de la Fundació Foix en la organización de la jornada.

Periodista y colaborador de ABC, editor en Plaza & Janés de las colecciones de poesía española y universal, traductor al castellano los «Epodos y Odas» de Horacio y los poetas medievales catalanes, la siempre arbitraria ordenación de las generaciones literarias metió a Badosa en la Generación de los 50 –Barral, Gil de Biedma, Ferrater, Ferrán o Costafreda–, aunque él prefiere aplicar la divisa del «juntos pero no revueltos». Cuando la célebre generación estaba en plena efervescencia y el ateísmo arrasaba entre la intelectualidad, Badosa afirmaba, sin aspavientos, sus convicciones religiosas: «No, no tengo duda alguna en declararme católico, aunque ya sé que esto no está de moda entre los escritores que más se precian de ser gentes de su tiempo. No digo esto ni contra nadie ni en pro de mí mismo. Sencillamente no oculto lo que tal vez es una evidencia en mis poemas, lo cual no quiere decir que yo sea precisamente una persona ‘excelente’. Así, entrecomillado», declaraba en 1971 a Robert Saladrigas en el semanario Destino.

Badosa descubridor con el doctor Estebán Padrós de Palacios de un joven peruano que gana con el relato «Los jefes» el premio Leopoldo Alas que convoca la editorial médica Rocas. En 2018 hará sesenta años del primer triunfo de Mario Vargas Llosa: «Gracias a Badosa volví a Barcelona y tuve ocasión de adentrarme en la ciudad literaria», recordará el Nobel de Literatura.

Reacio a escribir memorias y celoso de su vida privada, Badosa no se cansa de repetir que él no escribe poemas: el poema le escribe. La poesía es «alivio de preocupaciones que no significa ni evasión ni resignación, sino aceptación lúcida». El espejo como motivo alegórico nos devuelve la faz del poeta en cada una de sus circunstancias vitales sin caer nunca en la cacareada «poesía de la experiencia» a cuyos bardos dedica un epitafio de su «Parnaso funerario» (2002), del que se cumplen quince años: «Para hacerse más docto y distinguido, /se nos matriculó con diligencia /en la Escuela Oficial de la Experiencia /y tuvimos un vate esclarecido».

Liberado de los tópicos generacionales que tañe el pensamiento único, la coherencia personal y literaria de Badosa sólo podía fundamentarse en la solidez estructural que en otras épocas otorgaron los estudios del Trivium: Lógica, Gramática y Retórica desplegadas, como apuntó Margarit, en la introspección existencial, el punzante sarcasmo del epigrama y la lírica viajera. No es casualidad que titulara «Trivium» su obra completa: diecisiete poemarios a los que se añadió una treintena de piezas inéditas.

En libros como «Marco Aurelio, 14» –que inspira el domicilio del autor– o los «Epigramas confidenciales», dedicado al satírico Marcial, Badosa se responsabiliza de su poesía e identifica la soledad con la libertad. Escritor catalán que escribe en castellano, se va a cumplir una década desde que el nacionalismo filo-ilógico que encarnaba en 2008 el consejero Bargalló le excluyera de los autores catalanes en la Feria de Fráncfort.

El «politicastrismo» no entiende de literatura y los comisarios de la causa no debían saber que cuarenta años antes Badosa había difundido por toda España a Ramon Llull, Ausiàs Marc, Jordi de Sant Jordi o Roís de Corella. Una antología bilingüe que recuperó La Vela de Granada. Vayan por ellos estos versos: «Yo que soy español de Cataluña /y catalán de España, tanto monta, /no tengo que dar explicaciones /de por qué escribo en una u otra lengua. /La libertad se explica por sí misma».

El Badosa viajero se manifiesta en «Cuadernos de Barlovento» y el memorable «Mapa de Grecia», que acrecienta su vigencia en estos años de europeísmo helenofóbico y terrorismo yihadista. Mucho antes de que los lectores se interesaran por el topónimo Salamina, a raíz del libro de Javier Cercas, Badosa ya frecuentaba la isla griega donde aconteció la batalla que evitó la islamización de Europa. Se cumplen cuarenta años –otro aniversario más– de la escritura de «Salamina» (1977), uno de los poemas más hermosos que se han dedicado a la cultura occidental: «Por eso ha sido escrito el Partenón / con la más bella tinta de la tierra. / Por esto se ha labrado el pensamiento / en la piedra más sabia y perdurable. / Por esto estás hablando en lengua libre».

De no haber vencido los griegos en aquella batalla, dice siempre Badosa, no estaríamos aquí y no podríamos considerarnos, como Borges, «griegos en el exilio». Si algún día viajáis a Salamina veréis un sencillo peán en honor a Apolo con unas palabras de Esquilo y los citados versos. Enrique Badosa. Poeta simbolista, catalán que se expresa en la lengua de Cervantes. Noventa años de sabiduría.