Retirada de las bombonas en Alcanar - AFP

Alcanar, inicio de todo

Los vecinos del municipio en el que se produjeron las explosiones admiten tener miedo de salir a la calle

Alcanar (Tarragona)Actualizado:

Los vecinos del pequeño municipio de Alcanar (Tarragona) siguen con el miedo metido en el cuerpo. Días después de que se sucedieran las dos primeras explosiones en la casa de la urbanización Montecarlo, que se saldaron con la muerte de dos de los terroristas, la detención de otro de ellos y otras seis personas heridas, la sensación de terror mantiene al pueblo en un estado de alerta permanente.

«Estoy muerta de miedo, pero estos cabrones no me sacan de mi casa». Núria Gil vive a doscientos metros de la casa en la que se produjeron las deflagraciones. En la noche del miércoles estaba despierta cuando la suya tembló a las 23:17 horas de la noche, y pensó que la primera podría haber sido una explosión de gas de la cocina del hotel que hay cerca de allí. En la segunda, temió algo mucho peor. «Estaba sola y ya no dormí hasta el jueves. Fue esa noche cuando, al ir a casa de mi hermana a cenar, tuve miedo de salir de mi casa por primera vez en mi vida», relató a este diario.

La urbanización Montecarlo presume de ser un lugar tranquilo, con turismo del que «apenas hace ruido» y donde nadie conoce a casi nadie. A unos diez minutos de Alcanar, un centenar de casas miran al mar, pero cuesta encontrar a alguien que hubiera visto movimiento en la que había sido el centro de operaciones durante «muchos meses» de una célula terrorista. No salían a la calle, y, si lo hacían para ir a comprar al supermercado, pasaban desapercibidos debido a la gran cantidad de extranjeros que allí conviven. «Los colectivos de inmigrantes están muy integrados en la sociedad, los niños van a las escuelas, juegan en equipos de fútbol... a estos ni se les veía por el pueblo», aseguró este viernes Alfons Montserrat, alcalde de Alcanar, tras acudir a la urbanización, donde los Bomberos y Tedax seguían con la retirada de escombros y la extracción de las bombonas que iban a ser empleadas, según las investigaciones, para atentar en Barcelona y Cambrils.

La casa en cuestión era actualmente propiedad del Banco Popular, se la había quedado después de que la pareja de propietarios no pudiera hacer frente a la hipoteca. Aprovechando que estaba vacía, los terroristas la ocuparon y vivían «atrincherados» en ella, hasta el punto de que muchos pensaban que allí había un laboratorio de drogas y sus inquilinos, todos jóvenes, eran narcotraficantes. A la «zona cero» volvió este viernes uno de los heridos en la primera deflagración, Pier Fernández, un ciudadano de origen francés que se encontraba en la noche del miércoles cenando en la casa contigua a la que se encontraban los terroristas manipulando la carga explosiva. Con el rostro magullado y lesiones en el codo y brazo, este hombre explicó que había vuelto tras ser dado de alta del hospital de Tortosa. Estaba preocupado por el estado de la vivienda, propiedad de unos amigos suyos. Las ventanas, el techo, las paredes... la onda expansiva causó grandes destrozos. «Pensé que todo se nos venía abajo», relató Fenández.

La estampa que ha dejado el terrorismo en este residencial tarraconense -con viviendas desalojadas, familias que han huido tras los acontecimientos y un arsenal de cuerpos de seguridad y periodistas-, contrasta con la apariencia de normalidad en su costa. Este viernes, cientos de veraneantes disfrutaban de la jornada de sol y playa, típica de cualquier otro día de agosto. Sin embargo, en el municipio de Alcanar, la situación es bien distinta. «Todo el pueblo está en la calle, cuando normalmente en verano no hay ni un alma», explicó a ABC Solé Ramón, vecina de 82 años que ayer acudió acompañada de un grupo de amigas a los cinco minutos de silencio que se guardaron frente al Ayuntamiento en señal de rechazo a los atentados de Barcelona y Cambrils.

Pánico en el pueblo

Pero, aunque el mensaje que se dio allí en la plaza fue el de demostrar que Daesh «no conseguirá su objetivo, no infundirá el miedo», lo cierto es que la gran mayoría lo tiene. «Estamos pensando en irnos ya, que hay mucha gente y no me fío», le decía Ramón a otra mujer del grupo. El terrorismo ha sembrado el pánico entre muchos de los este pueblo, que roza los 10.000 habitantes, hasta el punto de que ahora temen por las grandes aglomeraciones. Desde allí, las explosiones se vivieron de forma diferente: «Todo el mundo pensó que eran petardos por el fútbol».

Alcanar tiene una elevada población de inmigrantes. Como indica su alcalde, a los que se les ve cada día están perfectamente integrados. Sin embargo, los ciudadanos admiten que, tras los atentados, les cuesta mucho fiarse de «caras no conocidas».