José Jiménez Lozano
José Jiménez Lozano - F. HERAS
ARTES & LETRAS

Solaz del escribidor

José Jiménez Lozano recurre a la fórmula de las memorias en una irónica obra emparentada con «Maestro Huidobro» y «Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda»

VALLADOLIDActualizado:

Es un placer, renovado libro tras libro, volver a disfrutar de la escritura de José Jiménez Lozano: ese castellano sin estandarizar en absoluto y «sin adornos ni bellezas italianas», en las antípodas de las maneras expresivas en boga, «muy derridianas o de novela mágica o total», para escarnio, además, del lenguaje construido y de fórmulas de las que se mofa -«poderes fácticos», «estudios interdisciplinares» y otros adelantos…-. Un castellano que viene de su admirado Arcipreste de Hita, al que homenajea, y que brinca de frase en frase, de línea en línea, como el agua purísima de los manaderos lo hace por las rocas, con una sustancia y una prosodia inigualables, al modo teresiano. Y bien presente está también Santa Teresa de Jesús por las páginas de Memorias de un escribidor a cuenta del palomarcico que tenían sus abuelos en Gotarrendura y otros sucedidos, algunos incluso seguramente apócrifos, como el de los Cuatro Postes, a la salida de Ávila, que le sirve a Jiménez Lozano para mirarse en él y sacudirse «el polvo de las letras».

Esta vez el más cervantino de los premios Cervantes -sobre cuya ceremonia de entrega vacila con sutil desapego y desprecio de las ridículas pompas del mundo- nos obsequia con uno de sus inclasificables divertimientos, en el que, entre bromas y veras, como de costumbre pone el dedo en las llagas de nuestra sociedad del espectáculo, del sicoanálisis delator del doctor Freud, de «la informática, la cibernética, la logística y la hermenéutica», en las que lleva hurgando, y desde su hedor a barbarie dando avisos proféticos, desde hace mucho tiempo, y no precisamente a través de «ruedas de prensa» que movilizan a «la opinión pública» ni de las «redes sociales», a las que ridiculiza cargado de razones.

Para desmentir aquello tan injusto del «sabio cabreado» que le endilgó el joven mandarín Jordi Gracia, a cuenta de un tomo de sus diarios, no acude pues, en esta ocasión, a melancolías cervantinas, sino a un humor esquinado, irónico sin llegar a sarcástico, sólo con mica salis, si bien la sombra benéfica del autor del Quijote se alarga ya sobre la propia concepción del libro, según se aclara en una sucinta «Explicación previa», procedente de escritos hallados entre los papeles de Idro Huidobro, que figura como autor en la portada. Recurre así a la argucia del manuscrito encontrado, tan cara al «manco de Lepanto», de quien se citan sus novelas ejemplares y se rememoran episodios de su vida, aparte de retornar al argumento de la deliciosa nouvelle Las gallinas del Licenciado.

Con esta última y otras de sus fábulas, bíblicas o profanas, pero siempre entre juguetonas y edificantes, de una levedad sólo aparente, se emparientan estas Memorias de un escribidor. Sobre todo, claro, con Maestro Huidobro, por lo señalado con anterioridad, pero también muy íntimamente en cuanto al procedimiento, aunque en otro orden de cosas, con Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda (1325-1402), cuya publicación le causó divertidos extravíos académicos allende los mares.

La fórmula elegida es la de las memorias, harto dudosas y desde luego lejos de lo canónico y habitual. De entrada, el escribidor, «porque lo de escritor lo ponían en los periódicos y vaya usted a saber qué oficio o cargo sería ese», señala con sorna que carece de «cédula oficial» para tal menester y en verdad pocos escritores pueden presumir como él de haberse mantenido al margen de la literatura reconocida, de soportar tantos sambenitos como le han caído procedentes del gremio. Más adelante bromea sobre el manto de silencio e incomprensión que arrinconó su primera novela, Historia de un otoño, mejor recibida, hasta celebrada, en su traducción al checo en tiempos de la Carta 77, por motivos históricos evidentes, en aquel entonces -y hoy aún lo sería más, si cabe- rara avis en el panorama narrativo patrio, y no sólo narrativo: ¿quién siente no digamos ya cercanía, sino meramente curiosidad, por la destrucción de Port-Royal des Champs y su altísimo, casi inconcebible en nuestros días, ejemplo moral?

Luego encadena, como al desgaire, recordaciones de su niñez, tan feliz pese al aceite de hígado de bacalao y las «Vitaminas Lorenzini», en Langa, por tierras de La Moraña, cuando andaba encandilado con su Ávila constantinoplana; de sus estudios de Derecho, de los que renegó; de sus viajes reales y librescos; de su residencia en «Alkusarim», donde tiene calle aledaña a la del bandolero Luis Candelas… Tan pronto se tropieza en medio del campo nevado a Tolstoi, «disfrazado de pobre» para variar, como que se le aparece junto a la ventana de su habitación la madre Angélica Arnauld; lo mismo se deja acompañar por Homero o Micer Virgilio que por Emily Brontë «la Comevientos», Agustín de Foxá o Somoza, «el filósofo de Piedrahíta», junto a su compañero de escuela el poeta abulense Jacinto Herrero. Por citar alguna de sus grandes amistades, entre las que no puedo dejar de nombrar, una delicia de encuentros, a San Juan de la Cruz, Pascal, Hölderlin o Kierkegaard, «que le rogó no olvidase nunca que un hombre puede equivocarse, pero que la multitud se equivoca siempre». Creo que Jiménez Lozano no se equivoca.

El caso es que entre chanzas y figuraciones, dice el autor, por ejemplo, que el oficio de escritor consiste en ir restañando «todas las cosas del mundo» y a estas alturas cabe afirmar que la obra de Jiménez Lozano responde en su conjunto a este cometido, y por eso procura tanto consuelo y sensación de verdad. En fin, es inaudito y a la vez gozoso, cuando todo depende de la morralla opinadora que se ha apoderado de los vertederos de internet y de la conciencia del personal, en medio de la batahola ensordecedora, detenerse a escuchar de nuevo una voz genuina, se mire por donde se mire, desusada, tal vez la más singular de cuantas pueblan estos reinos literarios de España o del «Imperio de Constanzana, fundación romana de Constancio Cloro», vete a saber. O, mejor dicho, velay.