Ignacio Miranda - Por mi vereda

Un sabio sin máster

«Creó suertes como la de la rosa o los pares de banderillas a dos manos, aportó espectacularidad y logró la promoción del rejoneo»

Ignacio Miranda
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Morir en la octava de Pascua tiene claras connotaciones de resurrección. En un lluvioso sábado a tan solo unos días de la Feria de Abril, ha partido a galope reunido hacia la eternidad, con 93 años, Ángel Peralta Pineda. Porque las fechas que marca indeleble el destino no suelen ser causalidad. Su entierro revivió las escenas del de Joselito plasmadas en el mausoleo de Benlliure, pero sin piedra. Jaime Ostos y Morante portaban su féretro. Entre el gentío, varios de sus caballos llevados del diestro, en señal de respeto. De capa torda reluciente para contrastar el luto. Perfectamente enjaezados con sus crineras trenzadas, sus colas barrocas, su mirada auténtica de noble bruto.

Nacido, criado y residente en La Puebla del Río, donde el Guadalquivir navegable huele a marisma, se sentía también castellano de Medina de Rioseco, de donde era hijo predilecto. En los años cincuenta, cuando ya alcanzaba celebridad en los ruedos, una monja de las Hijas de la Caridad, sor María Domeño, le pidió ayuda para mantener un asilo de ancianos en la Ciudad de los Almirantes. No se lo pensó dos veces. Todo corazón, organizó un festival taurino para recaudar fondos con ese fin que, durante medio siglo, reunió en el recoleto coso del Carmen a todas las figuras del escalafón taurino por sus fiestas de San Juan.

Jinete enjuto de mano suave y mando en piernas, como debe ser, creó suertes como la de la rosa o los pares de banderillas a dos manos, aportó espectacularidad y logró la promoción del rejoneo hacia corridas distintas del toreo a pie. Dotado de sensibilidad lírica, tan pronto componía sevillanas como hilaba versos de hondo sentimiento campero en ese rincón mágico de la Baja Andalucía, tras la observación casi mística de la naturaleza. En silencio, se ha ido un genio polifacético, un sabio sin necesidad de máster.

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