Artes&Letras / Libros

Ecos humanos, bellos frutos literarios

El leonés Jesús Díez Fernández publica una colección de relatos de registros y escenarios variados

Lisboa es en la obra la alegoría de una triste belleza
Lisboa es en la obra la alegoría de una triste belleza - ABC

La larga y variada carrera literaria de Jesús Díez Fernández se enriquece con la aparición de esta colección de cuentos, de forma, estructura y contenido diferentes. Aunque reunidos unitariamente, la obra presenta una posible triple división: el primer cuerpo podría incluir los relatos que en el índice se indican hasta el capítulo «La ciudad que soy». La segunda parte puede comenzar con «Las cartas bocarriba». La tercera estaría integrada por «De lejanía a lejanía» (una especie de cuaderno de bitácora poético compuesto de veinte secuencias) y la fantasía narrativa, casi infantil, «Me llamo Taniperla».

Lo sorprendente de la obra es que es fruto de la carrera de Jesús Díez Fernández, situado en un momento preciso para mirar la vida, el mundo y el amor, triste con frecuencia. Los relatos que la componen reflejan momentos fugaces, pero casi todos ellos están sublimados en una muestra deslumbrante de ver el mundo. Ello les da una visión tan sentimental y metafórica que los relatos alcanzan casi estructura aforística: «Estoy haciendo un pequeño libro con las hojas caídas, ocre y amarillo». Pero el convencimiento es más profundo: «No conozco un libro más bello que la vida». De ahí que a lo largo de estos cuentos el lenguaje se transforme en un camino hacia los sentimientos, especialmente hacia la recreación de la nostalgia. No importa la ausencia de la respuesta: «Todo me hacía volar a un mundo sin respuestas, donde abría la ventana de la soledad y regresaba a un jardín cerrado por la nieve». Es lo mismo que ocurre con la delicada polisemia del relato «Un constante no sé».

Si las observaciones resultan sorprendentes por su tono poético no lo es menos la variedad de registros y escenarios en los que los relatos se ambientan. Toda la estructura clásica del cuento tiene representación en la obra. Las diversas ciudades del mundo, sus palacios, sus estaciones ferroviarias, sus trenes, sus librerías de anticuario… son un documento de la sensibilidad y del recuerdo del paso del tiempo, del amor imposible. De la nostalgia en fin. Todo ello expresado en un estilo sutil y variado, lleno de connotaciones afectivas. Portugal, y Lisboa en concreto, son la alegoría de una triste belleza, junto a los poetas y escritores eternos.

He ahí su final. Aniperla, niña protagonista del último relato, se convierte en portavoz del poeta: «-Me he divertido mucho aprendiendo una palabra nueva, sentipensamientos». Tal vez el término pueda servir como clave del trasfondo de los bellos relatos de Jesús Díez Fernández, que no olvida sus tierras de León: «Yo también juego sólo en el tablero y los sueños de Heráclito se asoman en los ojos del río Curueño».

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