Enrique Badosa, durante el homenaje que le rindió la Universidad de Barcelona
Enrique Badosa, durante el homenaje que le rindió la Universidad de Barcelona - ABC
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Un clásico en la brega

El poeta Enrique Badosa, cuyo legado literario custodia la Fundación Jorge Guillén, recibe un homenaje a sus 90 años que sólo salda en parte la deuda que tienen con él las letras hispanas

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El pasado uno de junio, un grupo de amigos y admiradores de Cataluña y de toda España homenajeó en la Universidad Central de Barcelona al poeta Enrique Badosa. El maestro catalán, que nació en el año de gracia de 1927, cumplió 90 años el 21 de marzo. En consecuencia, convocados por Margarida Trias, nos dirigimos unos cuantos testimoniales para hablar de un gran poeta apenas reconocido que, además, fue un auténtico dinamizador de la cultura antes de la Transición, durante y después de la misma, en unos tiempos convulsos que convirtieron a Barcelona de facto en la capital cultural de una España sembrada de proyectos ilusionantes.

Badosa, como poeta, traductor, ensayista, editor, periodista, y miembro sólo cronológico del llamado «Grupo poético Escuela de Barcelona» -en el que se integran autores como Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Brines, Ferrán, Jorge Folch, Costafreda y otros importantes escritores- fue una figura providencial en esa carrera de obstáculos que hoy nos parece una edad dorada entendida como anhelo de saber y de entender la literatura. Llamativo que en este justísimo homenaje estuvieron ausentes la política oficialista catalana, la española, y la inmensa mayoría de académicos indefinidos que hacen hoy de lo culturalmente correcto una ideología dominante.

Lo que en el fondo resultó maravilloso y alentador, pues como advertía Montaigne en uno de sus Ensayos, el coronamiento de un poeta o se hace para «ganar en bondad y discreción» o, sencillamente, no se hace. De Castilla y León acudió al homenaje de Barcelona la Fundación Jorge Guillén como depositaria del gran legado literario de Enrique Badosa desde hace años: cuando todavía los papeles, los manuscritos, los libros y los legajos de un archivo eran vida, investigación literaria, y sobre todo una escritura para el universal entendimiento que sancionaba Plinio de esta manera épica en una de sus epístolas: «dichosos aquellos a quienes los dioses concedieron el privilegio de realizar hazañas dignas de ser escritas para ser leídas».

Ahora que la cultura en España se fraccionada en 17 concepciones estancas con ánimo de lucro, a Enrique Badosa, como editor, le debe la universalidad de las letras hispanas mucha aristocracia en las formas, gran derroche de tiempo e imaginación generosa para editar todo aquello que en la actualidad se reconoce como valor literario, la pasión por el libro con unos contenidos universales y con vigencia en los cuatro puntos cardinales, y el afán de actualizar en cada entrega de autor lo más humanístico y novedoso en literatura.

Por encima de todo esto, que no es poco, existe un débito permanente a Enrique Badosa: el de su obra poética personal que está llena de un exquisito sentido clásico, de vitalidades constantes, de rigor formal, de estilo personalísimo, de altísima calidad estética, y de una proyección ética irrenunciable e irrepetible. Sus traducciones del latín resultan excepcionales porque respiran el mismo aire que las inspiraron. Sus miles de artículos en prensa recuerdan la calidad de Rubén Darío cuando los periódicos eran el acicate que regulaba la belleza y equilibraba las conciencias. En suma, una obra presidida por el sabroso y elegante clasicismo como norma.