Ignacio Miranda - Por mi vereda

De la caliza a la púrpura

Hay personas que dejan huella después de su desaparición, figuras agrandadas por el paso del tiempo ante la mediocridad y la idiotez que nos rodea en lo político y lo civil, en lo administrativo y lo eclesiástico

Ignacio Miranda
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Hay personas que dejan huella después de su desaparición, figuras agrandadas por el paso del tiempo ante la mediocridad y la idiotez que nos rodea en lo político y lo civil, en lo administrativo y lo eclesiástico. Uno de ellos fue Marcelo González Martín, cardenal primado de España, de cuyo nacimiento en una modesta casa molinera de Villanubla se cumplen el próximo día 16 cien años. Estudiante brillante criado en un hogar de profunda fe católica, aquel joven enjuto de verbo encendido desde el púlpito se ordenó sacerdote en 1941 y, como canónigo de la catedral de Valladolid, llenaba de fieles el templo herreriano por la fuerza de sus sermones.

Su constante preocupación social queda plasmada en la edificación del barrio de San Pedro Regalado de esta ciudad, a principios de los cincuenta. Ya como obispo de Astorga, además de renunciar a vivir en el palacio de Gaudí, promueve la construcción de viviendas. En Barcelona y Toledo, sus siguientes destinos, mejoró las diócesis, sin olvidar que el seminario de esta última se convirtió, por su patrocinio, en el más concurrido del país, incluso con lista de espera. Una incansable labor apóstolica que le valió la admiración de los feligreses y la amistad de José Bono.

Ofició el funeral por Franco como contrapeso a Tarancón, presente en la coronación de Juan Carlos I. Defendió la unidad de España, la familia como base social y moral, al tiempo que lamentó la aconfesionalidad de la Constitución. Llevó la púrpura cardenalicia sin olvidar sus orígenes en ese punto donde el Hontanija hiende el páramo calizo de Torozos, y en Fuentes de Nava, Palencia, cuna de su madre. Reposa en la catedral de Toledo bajo una lápida que resalta su presencia en el Concilio Vaticano II junto a dos citas memorables: «Predicó con ardor la Palabra de Dios. Amó fervientemente a la Iglesia y a todos».

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