Padura, en el centro, con Ángel Felpeto y Luis García Montero
Padura, en el centro, con Ángel Felpeto y Luis García Montero - JCCM
OPINIÓN

Uno de los grandes en Toledo

Leonardo Padura presentó la novena entrega de Mario Conde, un thriller cubano de vírgenes negras que pasa por España y por Cataluña.

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Leonardo Padura está por España. El último sábado de enero presentó en la Biblioteca Regional de Toledo la última aventura de la serie de su detective privado Mario Conde, como prólogo de la que será la presentación oficial a nivel nacional en Madrid.

Padura era un autor relativamente desconocido para el gran público, si es que la literatura tiene gran público, hasta que le fue concedido el Princesa de Asturias en 2015, por lo que hasta él mismo se quedó un tanto abrumado por la cantidad de gente que se concitó en la presentación; hasta el punto de que humildemente reconoció que solo se había puesto corbata para ver a un Rey y para ver a un Papa, y que de haberlo sabido se hubiera puesto otra para este multitudinario acto.

Padura estuvo acompañado por los organizadores del festival del Cine y la Palabra Cibra, principales responsables de su venida, y por el poeta Luis García Montero.

Sonia, una de las responsables de Cibra nos emocionó con una presentación hermosa y sentida, con reminiscencias de ron con Caribe, del autor desde la admiración sincera que sin duda siente por él. Y Luis García Montero una más aseada y al uso por quien está acostumbrado a torear en estas lides, entablando un dialogo con el autor, que a todos hubiera gustado que se hubiera prolongado pero que se vio limitada para poder atender a la firma de ejemplares. Seguramente por la noche Padura se tuvo que poner muñequera por el aluvión de firmas y cariño.

Padura es tipo que desprende autenticidad. Confiesa que necesita de Cuba y de su barrio de La Matilla para escribir. Radica en la casa que construyó su padre y vive con la misma muchacha, la guionista Lucía López Coll- detrás de una gran mujer a veces hay un gran hombre- desde hace cuarenta años, mientras muchos andan «comprando su quinto o sexto divorcio».

Padura tiene como dos novelas mayores Los Herejes, aunque a la pregunta de si él se considera un hereje prefiere definirse de la forma más pidaliana de heterodoxo, y El hombre que amaba a los perros sobre el asesinato de Trotski.

Padura reconoce sus influencias literarias y se confiesa deudor de Flaubert y Unamuno en el sentido de que él escribe desde lo local para tratar de llegar a lo universal, buscando el alma de las cosas que conoce.

Por ello necesita respirar en su Cuba natal, por más que a veces huela a corrupción y miseria. Por eso indaga sin concesiones en sus ídolos, como en el caso de su admirado Hemingway, sin maquillar sus mezquindades, con el sórdido caso de la desaparición de José Robles- el traductor español de John Dos Passos-, o el paso abisal desde el esplendor a la decrepitud que tanto teme un escritor.

Padura es un hombre al que le gustan los personajes decentes aunque estos deban bordear o sumergirse en la ilegalidad y en uso limítrofe de la imaginación para sobrevivir y alimentar a los que más quieren.

Padura desde sus 59 años, uno menos que Mario Conde, se encuentra en un momento excepcional de su carrera. En Toledo presentó la novena entrega de Mario Conde, un thriller cubano de vírgenes negras que pasa por España y por Cataluña.

Padura, en cuya lista de deseos para el nuevo año estaba el poder desayunar yogur por aquello de las restricciones en Cuba, es posiblemente el mejor escritor cubano de la actualidad. Un escritor que no escribe en intrincado habanero, como hacía Cabrera Infante, si no en un meditado castellano en el que pesa y mide cada palabra para hacerla universal, lo que sin duda ha contribuido a que te tenga tantas traducciones, sin por ello renunciar a la genuinidad y autenticidad de unos personajes que no han necesitado salir de La Habana, ni perder su habla ni sus raíces, para hacerse de carne y sueño en la imaginación de lectores de todo el mundo.

Háganse un favor y lean algo de Padura, se lo agradecerán.