Escena final de la película Caché, de Michael Haneke
Escena final de la película Caché, de Michael Haneke
Martín Sotelo - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA: HACERSE EL VIVO

Ni vicios ni remedios

«Gracias al escaparate de las redes sociales, cada vez es más frecuente dañarse la vista con faltas ortográficas cometidas por licenciados, abogados, periodistas, profesores o escritores posando muy ufanos con el libro que acaban de publicar»

Martín Sotelo
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En mis tiempos, no hace tanto, nos hacían dictados todos los días en la escuela, dictados que servían, si uno tenía un mínimo de curiosidad y amor propio, para enriquecer el vocabulario, consultar el diccionario a cada rato y aprender cómo se escriben y qué significan las palabras, palabras con las que pensamos, es decir, servían para cuidar el pensamiento, o, por mejor decir, para cuidarse uno mismo.

Ahora, cualquiera puede ir a la universidad sin saber distinguir un artículo de un complemento directo, y salir de ella, con su flamante título, sin todavía saber distinguirlo. Asimismo, gracias al escaparate de las redes sociales, cada vez es más frecuente dañarse la vista con faltas ortográficas cometidas por licenciados, abogados, periodistas, profesores o escritores posando muy ufanos con el libro que acaban de publicar. No solo faltas ortográficas, sino semánticas, que son peores, porque tienen que ver no ya con un error, un olvido o un descuido, que todos podemos cometer, sino con problemas de entendederas, mucho más difíciles de erradicar y que delatan una despreocupación total por uno mismo, por el pensamiento con el que uno está obligado a contemplar el mundo y la realidad que le tocó vivir. Todo en una época de progreso, confort y facilidades, en que abundan las bibliotecas, la gran cultura gratis, Internet nos pone el mundo al alcance de la mano, se editan más libros que nunca y si uno no se forma es porque no quiere. Antes, para aquellas personas que no habían podido estudiar, saber escribir se valoraba, era un mérito. Ahora, nadie se avergüenza de escribir mal. Escribir y publicar un libro actualmente es un capricho más, un bonito regalo que uno se hace a sí mismo, una bengala disparada al aire para que nos vean iluminados unos instantes.

Martín Sotelo, escritor
Martín Sotelo, escritor

Semejante panorama cultural y educativo es inevitable con unas disciplinas humanísticas arrinconadas en una época ajena a la historia, enemiga de la historia, y con las lenguas latina y griega, si entonces muertas, ahora enterradas, pilares fundamentales de lo que somos y de las construcciones sintácticas, gramaticales y etimológicas con las que pensamos, hablamos, escribimos y nos relacionamos con la historia y con los demás, y que no están limitadas en el tiempo ni caducan por tanto ni dependen por suerte de ningún ministro o consejero barriendo para casa. Por eso prefieren enterrarlas.

Sin raíces, nunca podremos arraigar en ningún lado; privándonos de conocernos, escamoteándonos lo que somos, es imposible que algún día lleguemos a descubrir el fuego de Heráclito, ese que incita a buscarse. Y sin vocación, estamos condenados a no ser nada, a ser hojas arrastradas por la ventolera de la banalidad, la trivialidad y la avidez de novedades y a estar a merced de cualquier salvador que nos prometa un paraíso que es en realidad infierno.

No pude imaginar entonces, en aquellas clases de latín y griego, que con el tiempo me sentiría tan orgulloso de ser uno de esos pocos que en el instituto Juan de Padilla de Illescas tradujo a Platón o a Tito Livio cuando en el prefacio de su Historia de Roma dice aquello de: «…primero una especie de relajación, después cómo perdieron base cada vez más y luego cómo comenzaron a derrumbarse hasta que se llegó a estos tiempos en que no somos capaces de soportar nuestros vicios ni su remedio».

POR MARTÍN SOTELO