José Luis Morante Martín - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

El viaje a Ítaca de Emily Dickinson José Luis Morante Martín

«La esperanza es una cosa con alas», edición de Hilario Barrero

La versión a otra lengua conlleva una pugna continua entre el sentido literal y la captación básica de la conciencia poética. La traslación ha de buscar sitio no a una asimilación mimética sino al diálogo abierto que los versos crean entre belleza y verdad. Desde ese enfoque parte Hilario Barrero (Toledo, 1946) en La esperanza es una cosa con alas al acercarnos esta selección de poemas breves de Emily Dickinson, presencia central del canon norteamericano.

El escritor vive en Nueva York desde 1978 y allí desarrolló, entrelazado con un amplio crisol de géneros literarios, un ejemplar periplo laboral como profesor titular en CUNY. Por tanto, su conocimiento de la tradición lírica estadounidense es minucioso. Quedaba de manifiesto en Lengua de madera, una deliciosa antología de poemas breves convertida en un catálogo de asombros en las ediciones de La Isla de Siltolá.

«Emily Dickinson. La esperanza es una cosa con alas». Edición Hilario Barrero. Ravenswood Books Editorial, 2017da asd
«Emily Dickinson. La esperanza es una cosa con alas». Edición Hilario Barrero. Ravenswood Books Editorial, 2017da asd

Ahora desplaza a nuestro andén idiomático una muestra de piezas líricas de Emily Dickinson (1830-1886), cuyo ajuste en la geografía del español ha ido realizando en un dilatado paréntesis temporal.

El profesor es también responsable de la ilustración de la cubierta y de los dibujos interiores, un privilegio del que solemos disfrutar desde hace tiempo sus lectores gracias a las redes digitales, a las colaboraciones en prensa y a la delicada colección Cuadernos de Humo, por la que ha pasado buena parte del vitalismo poético contemporáneo.

El breve liminar analiza la cualidad más relevante de la personalidad de Emily Dickinsón. Su estar inadvertido. Su silencio nunca roto, su empeño en un largo viaje hacia una Ítaca interior en una navegación en solitario que tuvo como consecuencia la formación de un estilo peculiar, de unos parámetros formales que ella misma pulió por más que los referentes culturales de la poeta sean conocidos por todos: la continua lectura de la Biblia, el conocimiento de los metafísicos ingleses del siglo XVII y la poesía, entre otros de J. Keats. Esa fue la escueta arquitectura desde la que Emily Dickinson alzó su propia cárcel, una cárcel, abierta a la sencilla luz de lo diario pero cerrada al ruido y la furia del entorno exterior. La voz de Emily Dickinson, racionalista y mística, se mueve en la ambivalencia, como la propia experiencia humana siempre marcada por la cercanía de una realidad mudable, sometida a la desintegración. Buscó la permanencia en el poema, el único refugio perdurable para el yo interior.

«Mujer en gracia»

Siempre exigente y con extremado sentido crítico, Juan Ramón Jiménez fue un lector fervoroso de Emily Dickinson, de quien escribió: «Mujer en gracia que se llevó el secreto del mundo a la eternidad por si estaba vacía». La traducción de Hilario Barrero hace que los poemas preserven ese secreto, la sensibilidad que convierte la lectura en un susurro permanente y profundo. Al cabo, la esperanza no es más que una cosa con alas que se posa en el ánimo y sugiere una continua disposición al vuelo.

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