Maniquíes en Nueva York
Maniquíes en Nueva York - H.BARRERO
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Taller del yo

«Las páginas de Hilario Barrero llevan hasta el papel el núcleo humano en el que se mueve, los latidos domésticos de Brooklyn»

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La tensión narrativa del diario -suena a principio elemental y recordatorio de las convenciones del género, pero se vela con frecuencia- es el impulso para recrear lo vivido. Su verosimilitud se basa en la calurosa presencia de la primera persona que vivió el relato en tiempo real, soportó el frío posterior del olvido e inició más tarde el sendero de la reconstrucción para compartir sus confidencias.

En la autobiografía resulta clave el análisis emocional del narrador y los rasgos principales creados por el personaje que comparte pertrechos descriptivos de su historia. El buen diario se mueve en círculos concéntricos; es un catalizador de intereses que propician atención minuciosa y una sostenida evocación.

El taller del yo aglutina diferentes estratos. Los hay superficiales y aleatorios; están ahí para dejar constancia de las variables azarosas de lo cotidiano. Las páginas de Hilario Barrero llevan hasta el papel el núcleo humano en el que se mueve el escritor, los latidos domésticos de Brooklyn y el devaneo de la enseñanza universitaria con los temblores del escalafón docente y la apatía habitual de los poblados pupitres.

Esta caminata escrita por la rutina laboral tiene una bifurcación muy conocida del poeta: el ser literario. En su doble faceta de creador y traductor; asoman lecturas y afanes en torno al libro que deparan encuentros con otros autores, viajes, o secuencias al paso con los nombres propios del ahora poético, algunos esporádicos y tangenciales, y otros reiterados en salidas anteriores de esta obra en marcha que es el diario.

Diarios (2012-2013)., de Hilario Barrero. Ed. La Isla de Siltolá. Levante, 2015
Diarios (2012-2013)., de Hilario Barrero. Ed. La Isla de Siltolá. Levante, 2015

Pero los estratos más sólidos, esos que sujetan las pisadas más definitorias del yo son fáciles de descubrir. Nadie está solo cuando tiene el corazón en compañía. Qué hermosa definición nos deja de su convivencia de pareja en esta anotación de la página 22: «En amor todo lo que no es imprescindible sobra. El problema es saber cuándo encender el fuego y cuándo apagarlo. Cuándo dar a la pasión una silla para que descanse, cómo dejar que las sábanas se enfríen. No permitir que el tiempo sea la lluvia que apague el fuego, que la rutina sea quien planche las arrugas de la entrega. Que al ir muriendo el amor no se entere, que crea que dormimos porque el amor está siempre ahí, perro fiel, navaja afilada, mordisco animal, vendaval salvaje. El amor nace cada vez que respiramos y sigue vivo después de que morimos». El lector sabrá disculpar la longitud de tan hermoso párrafo.

Otro elemento esencial de la sensibilidad del yo biográfico es la música clásica. El disfrute de la ópera es una de las actividades culturales básicas del ocio neoyorkino. Una y otra vez insiste en el repertorio musical con una atinada información de directores, orquestas y características interpretativas. Esa melomanía me hace recordar al poeta asturiano Javier Almuzara y a su hermoso libro Catálogo de asombros, donde la sabiduría auditiva contagia pasión e inteligencia, complicidad entre música y poesía.

El poeta Joan Margarit suele comentar en sus lecturas que cada ser biográfico aporta a la escritura un puñado de estaciones imprescindibles. Son los lugares de la identidad. En ellos se guarda el tiempo del asombro y son siempre refugio abierto contra la intemperie. En Hilario Barrero hay dos estaciones imprescindibles: Toledo y Nueva York. Toledo es la luz clara de la amanecida, la primera raíz, el árbol de familia que cobija una incansable fronda sentimental que va acumulando vivencias y recuerdos. Una realidad hecha imaginario sentimental para la evocación y los regresos. El perfil de Manhattan y la armonía vertical de Nueva York apareció ante los ojos del poeta hace treinta y ocho años. En la ciudad de los rascacielos, en Brooklyn, se quedó para trabajar como profesor titular de la Universidad y allí sigue con el legado de varias décadas de docencia y con el patrimonio afectivo de haber hecho de la ciudad una residencia estable y repleta de vida. No sé si podría sumarse a estos dos rincones de la existencia la presencia de Asturias, un paisaje geográfico y sentimental que invita siempre a los regresos, donde amigos como José Luis García Martín tienen casa abierta para el encuentro esporádico. Las anotaciones del paisaje están llenas de poesía, cumplen sus ciclos estacionales con la cadencia de un reloj rutinario que va dejando en cada contemplación señales de muda y de permanencia, sobrios contrastes en los que el ánimo del poeta encuentra calidez.

Decía Cioran -y lo recuerda casi con las mismas palabras otro espectador de interiores, Iñaki Uriarte- que una semblanza solo es interesante si se consignan las ridiculeces, porque humanizan al personaje. Es sabido que hay también autobiografías sin autor, que hablan como autómatas, como si asistieran desde un palco al paso de su propia vida.

En este diario se percibe con trazo definido la silueta clara del personaje, las huellas marcadas de una identidad real, de un hombre con memoria. Así que nada sobra en esta miscelánea. Todo se engarza para convertir la mirada fugaz en escritura, para dejar ante el espectador una lectura fragmentaria en la que encajan actitudes y gestos, sensibilidad y gustos, sentimientos y silencios, el reflejo exacto del yo ante el espejo.