Patos en Central Park
Patos en Central Park - H.B.

Diario de un jubilado en Nueva York (48): Arroz y frijoles de «caridad»

«Central Park es un cementerio de miradas, un zoológico de recuerdos, pabellones donde vive el cristal de la memoria, el eco del amor ...»

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Teníamos cita con la persona que nos hace los impuestos al lado de Central Park, pero yo preferí llegarme hasta el parque. Ir al parque es una buena inversión. Central Park, vayas el día que vayas, siempre está en domingo, siempre hay patos en el lago que parecen los mismos, turistas montados en coches de caballos, un payaso haciendo gigantescas pompas de jabón, ardillas hozando la nueva piel del parque, viejos viendo pasar la vida, parejas de enamorados jurándose amor eterno en el puente de los suspiros, un grupo de músicos echando migas de pan en el camino de la mañana, el recuerdo de John Lennon, las placas adosadas a los bancos con melancólicas inscripciones que recuerdan a los que ya no están pero que fueron felices. Central Park es un cementerio de miradas, un zoológico de recuerdos, pabellones donde vive el cristal de la memoria, el eco del amor, los gritos del triunfo, la pérdida de la inocencia.

Puente sobre el lago del Central Park
Puente sobre el lago del Central Park - H.B.

Recorro parte del lago, llego hasta el mosaico «Imagine» y una mujer vestida de rosa, de la edad que hubiera tenido ahora el beatle asesinado, se sienta en el centro, como una sirena perdida en un redondo mar del pasado y despacio canta «Let it be…». Un joven pescador tira de la caña intentando sacar un pez que se ha tragado el anzuelo. Cuando vemos al pez cerca de orilla, una carpa enorme rosa y gris con la cola negra, logra escarparse dejando al joven pescador con la caña vacía. Un pájaro cardenal espera a su novia que llega, se miran y vuelan alto y desaparecen. Todo el mundo parece llevar un perro. Para uno Central Park es la llegada gloriosa y triunfal después de terminar medio muerto, cuatro maratones y sentir por un minuto el aguijón del triunfo y el peso de una medalla que el tiempo ha oxidado.

Nos encontramos a las puertas del Metropolitan Opera donde vamos a comprar entradas para ver «Semiramide» y decidimos ir a comer a «La Caridad», donde fuimos alguna vez recién llegados a Nueva York. Es un restaurante chino-cubano que lleva abierto desde 1968, lo que en Nueva York significa estar abierto desde el Siglo de Oro. Volvemos después de casi 40 años y todo está igual: los camareros hablan alto y son muy ásperos, tienen un acento cubano-chino-neoyorquino que se prestaría a ser objeto de una tesis doctoral; el pan sigue siendo correoso, los manteles de papel tienen el horóscopo chino que te dice a qué signo perteneces, a quién tienes que temer y cómo eres, los vasos de agua altos y ordinarios rebosantes de hielo, los precios asequibles, las paredes con las mismas fotos de famosos de hace 40 años, la clientela mixta y variopinta: yanquis, ejecutivos, artistas, obreros y jubilados. Al final pedimos un «doggie bag».

El camarero, corroborando su «amabilidad», nos pone encima de la mesa dos recipientes y una bolsa de plástico para que nosotros hagamos lo que él debería haber hecho. Sale uno con 40 años encima y la bolsa de plástico le pesa como si en vez de llevar frijoles negros y arroz llevara plomo y tiempo oxidado. Es sabido que el amor no pesa.