Hilario Barrero - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (40): Un banco lleno de soledad

«Una placa de bronce adornada de margaritas...dos viejos que caminan y que saben que una sombra caerá, algún día, llevándose su luz, no su pasión»

Hilario Barrero
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A media tarde salimos al parque, dudando qué llevar puesto ya que la casa está destemplada y nosotros tenemos otro tipo de frío que solo lo da la vejez, el amor, la melancolía y el paso del tiempo y de un domingo más, de saber que pronto va a llegar el invierno y será tiempo de añorar el último viaje y recordar rostros y sonidos, piedras y ríos...

Junto al Arco de Grand Army Plaza una «quinceañera» coronada con una falsa diadema, con vestido largo de color rosa con volantes y ringorrangos, posa para un álbum que posiblemente enviará a sus familiares hispanos y cuando sea mayor enseñará a sus hijos. Tiene una sonrisa luminosa y una corte de jóvenes vestidas de largo que esperan sentadas en un banco a ser llamadas para la fotografía. Al padre de la joven le viene grande la chaqueta del traje oscuro, como si fuera alquilado, y a la madre le aprietan los zapatos de tacón y se le ve un tirante del sujetador como si el traje de fiesta, que hace juego con el de la hija, hubiera sido alquilado también. El sol se une a la festividad y cae suave, como si fuera un novio de miel, sobre el rostro de la quinceañera dibujando un perfil de sombra y luz como una moneda que conmemora el paso ritual de niña a mujer. Llega la limusina, un dinosaurio disfrazado de blanco, y la joven posa como una actriz de los años cuarenta en el morro del mastodóntico vehículo. Pasa un grupo de jubilados y la mayoría le hace fotos y ella no se fija en la mirada de algunos de ellos que caminan con bastones ahora que la tarde comienza a oscurecer.

Nos adentramos por el camino de la sombra y de las ardillas y salimos a la gran pradera donde acaban de poner en un banco una placa de bronce adornada de margaritas que celebra el recuerdo de alguien que gozó de la vida y de la belleza que el parque le ofreció. Un parque que ahora es como si fuera un domingo de julio, cuando la sombra era un toldo con remiendos de lluvia y los pájaros volaban bajo y caían en picado al ver un gusano perdido entre la hierba. Dos viejos que caminan mirando el esplendor de la pradera llena de vida y de fuego y que saben que una sombra caerá, algún día, en picado sobre ellos llevándose su luz, no su pasión.

POR HILARIO BARRERO