ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA: HACERSE EL VIVO

El caminante y su sombra

«Gracias a la sombra sabemos que estamos vivos, pues seguimos siendo perfilados con el cincel de la luz»

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En nuestros tiempos resulta difícil ver a gente pasear tranquilamente. Más común es ver a personas caminar por prescripción médica, recorriendo cada día, a la misma hora, el mismo trayecto, con esa pereza de quien hace algo que está obligado a hacer, y mucho más habitual es ver a corredores ataviados con todo el equipo profesional, saltando aceras y sorteando bolardos, árboles, coches, transeúntes y lo que haga falta con cara de velocidad y expresión decidida y seria, como si les fuera la vida en ello o huyeran de alguna quema que ellos mismos han provocado.

En cambio, qué extraño resulta encontrarte con personas que emprendan su caminata en soledad y por gusto, al tuntún, de forma relajada y libre, sin prisas, sin destino, sin pensar en uno mismo ni en sus angustias, dejándose llevar simplemente por sus deseos, parando y siguiendo así lo decidan, deteniéndose aquí a oler una flor, allí a levantar un pedrusco para ver qué hay debajo, no yendo en persecución de nada sino cediendo al encuentro de cierta plenitud anímica. ¡Ellos se lo pierden! Como decía Stevenson: «De todos los estados de ánimo posibles, el mejor es aquél en que un hombre se echa al camino».

Al puro placer de pasear así, se suma en mi caso una sensación de amparo, de cobijo y seguridad, como si nada malo pudiera ocurrirte una vez que echas a andar pensando en esto y aquello, de forma superficial y alegre, como piensa un niño. Es como si la desgracia pudiera cercarte en un bar, en un hospital o en tu propia casa, pero nunca andando por los caminos. Cualquier espacio cerrado es más ominoso, peligroso y asfixiante que cualquier camino por el que marchemos libremente, incluso en aquellas épocas en que los caminos estaban plagados de salteadores.

Es de desagradecidos, cuando no de insensatos, pedirle a la vida más de lo que está obligada a dar, y que siempre, por otra parte, nos dio: el propio camino como compañía suficiente, el límpido cielo azul sobre nuestras cabezas, la hierba verde bajo nuestros pies, y la sombra que proyectamos gracias a la cual sabemos que estamos vivos, pues seguimos siendo perfilados por el cincel de la luz. Nada más angustioso que imaginarse vagando solo, sin sombra, por un mundo donde cada cual posee la suya. Sin sombra, no existiríamos, no sabríamos quiénes somos, nos volveríamos locos. La identidad individual de la existencia se diluye en la opacidad de urbanizaciones de viviendas miméticas, de altas torres de oficinas, de consejerías, rascacielos, claustros y celdas. Sólo en el camino encuentra el hombre su sombra verdadera, es decir, la precisa luz que lo dibuja tal como es. Esa que le dijo al caminante de Nietzsche: «Cuando el hombre rehúye la luz, nosotras las sombras rehuimos al hombre: a tal punto llega nuestra libertad».