Bienvenido Maquedano, en la presentación de su libro, «El largo viaje de un triángulo azul»
Bienvenido Maquedano, en la presentación de su libro, «El largo viaje de un triángulo azul» - Luna Revenga

Bienvenido Maquedano recrea la vida de su abuelo, víctima del nazismo

«El largo viaje de un triángulo azul» es el libro homenaje de este historiador toledano a Hipólito Maquedano

ToledoActualizado:

«Después de dedicar toda mi vida al conocimiento de la historia y la arqueología, llegó un momento en el que me percaté que sabía mucho más de los romanos o de Alfonso VI que de mi propia familia», afirma a ABC Bienvenido Maquedano. Reconoce que en su casa nunca se hablaba de política y, por eso, tardó mucho en saber que su abuelo, Hipólito Maquedano Muñoz, murió el 13 de noviembre de 1941 aferrado a la valla electrificada del campo de exterminio nazi de Gusen.

Ahora, este arqueólogo y escritor toledano recrea en su libro «El largo viaje de un triángulo azul» (Editorial Celya) las peripecias de su abuelo desde su pueblo natal, El Puente del Arzobispo, hasta su muerte a manos de los nazis. Una historia que viene precedida de cinco años de investigación y viajes para seguir el recorrido que hizo su abuelo.

De este modo, Bienvenido Maquedano visitó todos los campos de concentración en los que estuvo y su periplo le llevó por seis países de Europa, en la mayoría de los cuales pudo ver monumentos que recuerdan a las víctimas del nazismo, con lápidas escritas en varios idiomas que llaman la atención sobre «la desdicha de los españoles y la vergüenza de sus asesinos», lamenta el autor.

Cinco años antes de morir, Hipólito Maquedano salió de su pueblo, El Puente del Arzobispo, junto con un grupo de hombres que consideraba su deber defender a su país de un alzamiento militar. A lo largo de tres años combatió en numerosos frentes hasta que, como otro medio millón de españoles, se vio empujado al exilio.

Según la investigación de su nieto, en Francia Hipólito Maquedano fue internado en un campo de concentración en Argelès-sur-Mer, en una gran playa de la región del Rosellón. Después, con el fin de escapar de la deportación, del hambre o del tifus que sembraba la muerte en un lugar atestado de personas, se alistó en una compañía de trabajadores que dependía del ejército francés.

En este tiempo ayudó a construir una carretera y un túnel en los Alpes, y fue movilizado a Flandes cuando Francia declaró la guerra a la Alemania nazi. El 4 de junio de 1940 fue apresado, junto con otros muchos compañeros, en la playa de Dunquerque, ya que los ingleses se negaron a embarcar a españoles para librarles del ejército alemán y llevarlos a su país; los franceses no los reconocieron como miembros de sus tropas y el régimen franquista, bajo las órdenes del ministro Ramón Serrano Súñer, se negó a reconocerlos como compatriotas.

Grupo de deportados en Mauthausen, junto a los oficiales nazis
Grupo de deportados en Mauthausen, junto a los oficiales nazis- Fritz Kornatz o Paul Ricken

A la vista de todo ello, destaca Bienvenido Maquedano, «los nazis no consideraron a los españoles como seres humanos y, por eso, los fueron encerrando en campos de concentración cada vez más crueles hasta que decidieron deshacerse de ellos». De este modo, fueron enviados a los campos de exterminio de Mauthausen, Gusen y Dachau, o a la cámara de gas del castillo de Hartheim.

La historia de Hipólito Maquedano es similar a la de miles de personas cuya conciencia les impidió rendirse al avance del totalitarismo y, aunque con pequeños matices, es igual a los hechos que sufrieron los diez toledanos que aparecen en el monolito que fue instalado en la plaza del Sofer en Toledo. Salvo Eleno Díaz Tendero, que murió en Dachau, el resto fueron apresados por los nazis e internados en campos de concentración cerca del frente.

Hipólito Maquedano compartió tren con uno de esos diez toledanos, Luciano Rubio, el 25 de enero de 1941. Junto con Raimundo Herrero, los dos llegaron a Mauthausen el 3 de abril de ese mismo año procedentes del «stalag» (campo de concentración) 12D de Trier. Todos ellos murieron en Gusen en similares circunstancias en un breve espacio de tiempo y el último falleció gaseado en el castillo de Hartheim. Desde aquí «un pequeño homenaje a todos ellos», algo que echa en falta el autor por parte de las administraciones.