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Zocodover: variaciones de una plaza hasta el otoño de 2017 Rafael del Cerro Malagón

En unas semanas comenzarán las obras de una nueva reforma para mejorar la accesibilidad, el pavimento, el arbolado, la iluminación y el mobiliario urbano

Reportaje en la revista Toledo (agosto de 1925) sobre el nuevo cambio en Zocodover que mantenía la misma forma desde 1865.
Reportaje en la revista Toledo (agosto de 1925) sobre el nuevo cambio en Zocodover que mantenía la misma forma desde 1865.

Dijeron que, en el ocaso del verano de 2017, Zocodover, la plaza más popular de Toledo, estaría en disposición de recibir una nueva intervención maquilladora que, según lo avanzado, atenderá la accesibilidad, el pavimento, la iluminación, el arbolado y el mobiliario urbano, tareas que complementan otras actuaciones inmediatas ya habidas en las calles de las Armas y de Barrio Rey. Será pues un capítulo más de las varias mudanzas documentadas desde el siglo XVI en este lugar.

Todo partió un 11 de octubre de 1589 cuando un voraz incendio arrasó varias manzanas de este secular zoco de caballerías de época islámica. La mala impresión que causó la plaza a Felipe II, pues «ofende a la vista», hizo que, en 1596, encargase su reforma al arquitecto Juan de Herrera (1530-1597) «por ser para ornato de ciudad tan insigne y principal». Este intentó crear un espacio cuadrado sin poder lograrlo totalmente, pues el cabildo catedralicio, dueño de numerosas casas, abrió largos pleitos que empantanaron el proyecto filipino ante el Consejo de Castilla. Tan sólo se alzaron tres edificios con soportales conocidos por el nombre de los gremios allí ubicados o por alguna función concreta: Boteros (en la calle de las Armas, hoy inexistente); Carpintería (el del Arco de la Sangre) y del Peso Real, entre la subida al Alcázar y Barrio Rey.

A pesar de nuevos incendios parciales en el XVII, el esquema de la plaza pervivió hasta el siglo XIX. En la época isabelina, Zocodover fue olvidando su viejo perfil que, a diario, reunía puestos, caballerías y carros, más la celebración de ocasionales corridas de toros. En 1839 el Ayuntamiento aprobaba crear una glorieta central, exclusiva para el paseo, proyectada por el arquitecto municipal Blas Crespo con árboles y «macetas de arriostes» que borraron los viejos usos. La obra quedó terminada en diciembre 1840.

En 1854 se intentó resucitar la idea herreriana de crear aquí un espacio de planta rectangular, tomando como referencia la larga manzana del Arco de la Sangre, según muestra el proyecto del entonces arquitecto de la Diputación, Santiago Martín y Ruiz. Tan ambicioso plan implicaba derribar numerosas propiedades y reformar todos los accesos, una tarea que desbordaba las flacas arcas de la ciudad. Sin embargo, en 1862, la plaza sí conoció un cambio cuando el Ministerio de Fomento arreglaba la carretera Madrid-Ciudad Real a su paso por Toledo, considerando como un ramal la subida desde la Bola del Miradero a Zocodover. Aquello propició ensanchar la actual calle de Venancio González y la calle de las Armas. Aquí se derribó el edificio de los Boteros que, a un lado creaba el estrecho callejón de la Lamparilla. Además se apearon dos arcos existentes en la subida al Alcázar, trazados en 1656, para soportar unas viviendas que nunca se edificaron. Esta gran reforma fue respaldada por el alcalde Gaspar Díaz de Labandero, un gran impulsor de proyectos municipales y societarios entre 1865 y 1868.

Pero también, en aquel mismo momento, el interior de nuestra plaza sería remodelado. La glorieta central, creada en 1840 para el paseo diario -algo que, según decía Parro en 1857, lo había impuesto la moda-, se amplió hasta los soportales del Arco de la Sangre. Así pues, desde 1865, los carruajes y, mucho más tarde, los automóviles, para rodar entre la calle de las Armas y el Alcázar, debían bordear la nueva zona peatonal ante las dos manzanas situadas entre la calle del Comercio y la cuesta de Carlos V. Tal disposición perduraría, con leves retoques, hasta 1925, a partir de una propuesta verbal, fechada en 1920, por el entonces concejal Luis Mateo Moreno.

Durante el Directorio de Primo de Rivera el tránsito de vehículos a motor era ya un problema en el viejo tejido urbano de Toledo. Desde el Ayuntamiento se veía lógico que Zocodover albergase la parada de taxis, autobuses y automóviles particulares. Para hacer más fluida la circulación, se acordó volver a la disposición de 1840: dejar una glorieta central para el paseo rodeada de calzadas para toda clase de vehículos. Esto facilitaba además la unión directa entre la calle de las Armas y el Alcázar. En medio de se colocaron bancos y dos evacuatorios subterráneos acicalados con rejería de Julio Pascual y artísticos azulejos de Sebastián Aguado, anulándose los deslucidos urinarios alojados en un casetón de chapa. Sin embargo, aquella reforma estuvo prologada por un amplio debate en la ciudad, destacando la voz del periodista Santiago Camarasa desde su revista Toledo, como también el seguimiento que hizo la tribuna madrileña de El Sol, pues se temían perder esencias y tradiciones, incluyendo el propio mercadillo del Martes. Félix Urabayen escribió irónicamente: «la que se armó fue épica», Zocodover fue fotografiado «desde arriba y desde abajo; en escorzo y a vista de pájaro». No quedaron opiniones neutrales aunque, al final, «todo quedó en tablas…, como las grandes gestas de la Historia». En la primavera de 1926 la discutida reforma había concluido.

Sin embargo, esta disposición sería revisada en 1958. Ahora tocaba devolver espacio al paseante. Cesó la circulación de vehículos en torno a la glorieta, pues se peatonalizó el tramo que discurría entre las calles del Comercio y de Carlos V, además de cegarse los evacuatorios subterráneos. En 1961, aquel diseño, elaborado por el arquitecto González Valcárcel, se daba por concluido. Pasaron al olvido, un surtidor de gasolina, las paradas de taxis y de los autobuses a la Estación, Madrid, Talavera y otros destinos provinciales, además de los Martes, aquí instaurados en el siglo XV.

Concluida la Transición nuevas ideas se aplicaban entre 1984 y los primeros años del siglo XXI. Aunque, de momento, no se alteró la estructura de 1961, se colocaron respaldos metálicos en los pretiles, surgieron nuevos quioscos y bancos similares a lo que hubo en 1926. En 2002, bajo los planes del Consocio de la Ciudad de Toledo, se volvía a entregar más espacio al transeúnte al prolongar el nivel del paseo central hasta las manzanas situadas a izquierda y derecha de la bocacalle de la Sillería, si bien en un uso compartido -y controlado- con el automóvil.

Ahora, en 2017, se añade pues un nuevo capítulo al álbum de las cíclicas metamorfosis de Zocodover que, como es propio del género ya degustado en momentos anteriores, seguro dará pie a toda clase de pareceres. Eso sí, ahora las opiniones del juicio popular navegarán por las redes sociales empleando menos de 140 caracteres.

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