Primera sala del Museo Provincial en San Juan de los Reyes. Archivo Municipal de Toledo. Fondo Luis Alba
Primera sala del Museo Provincial en San Juan de los Reyes. Archivo Municipal de Toledo. Fondo Luis Alba

El Museo Provincial en San Juan de los Reyes (1846-1917)

La entrada al Museo era por la antigua portería, alojada bajo una cruz coronada por el símbolo del Pelícano. El acceso ocupaba un cuerpo saliente en la calle de Reyes Católicos que, a mediados del XX, se suprimió para alinear dicha calle

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En un anterior artículo nos referíamos al origen del Museo Provincial de Toledo, en 1844, a partir de las piezas artísticas recogidas en el exconvento de San Pedro Mártir, resultantes de la desamortización y de la subasta de bienes religiosos a partir de 1836. La Comisión Científica y Artística, creada en 1838, dispuso en la capilla y la sacristía las obras pictóricas, escultóricas y arqueológicas, aunque lejos de criterios científicos. Muy pronto, en 1846, al elegirse aquel vacío cenobio para reunir todas las dispersas funciones asistenciales de la Beneficencia pública, el Museo se trasladó al también suprimido convento franciscano de San Juan de los Reyes, fundado en 1476, con el objeto –no cumplido- de ser el panteón de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

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Sin embargo, este histórico lugar mostraba la mutilación causada por las tropas napoleónicas, en 1808, tras servir de cuartel y dejarlo incendiado. Si el claustro Real –trazado por Juan Guas- quedó parcialmente en pie, el segundo –debido a Covarrubias- se perdió totalmente. La gran capilla sufrió daños pero se logró recuperar el culto. Tras un fallido intento de los francisanos por rehacer su casa en 1827, la vida monacal llegó a su final con la exclaustración desamortizadora de 1836. En el herido claustro entraban a vivir personas sin recursos que fue preciso desalojar cuando se planteó instalar el Museo Provincial. También se pensó utilizar la capilla de la Orden Tercera (o de la Beata Mariana) anexa a la fachada principal y que, en 1864, sería demolida. La abatida estampa de San Juan de los Reyes alcanzó hasta 1883, al iniciar su restauración el arquitecto Arturo Mélida, técnico del Ministerio de Fomento, junto a la construcción de una Escuela de Industrias Artísticas en el mismo lugar que ocupó el segundo claustro.

La entrada al Museo era por la antigua portería, alojada bajo una cruz coronada por el símbolo del Pelícano. El acceso ocupaba un cuerpo saliente en la calle de Reyes Católicos que, a mediados del XX, se suprimió para alinear dicha calle. La colección arrancaba en el zaguán, proseguía por la antigua sacristía, la escalera y terminaba en otros dos espacios superiores. En 1849 se contrataban los celadores y se fijaban los horarios de visita. Por entonces solían acudir pintores, escritores, historiadores y viajeros inmersos en el hervor romántico, ávidos de ver obras de arte entre unas ilustres ruinas. Con la llegada del ferrocarril a Toledo, en 1857, San Juan de los Reyes sería una de las metas más codiciadas junto a la Catedral y las sinagogas.

Una somera descripción de los contenidos del Museo Provincial en su segunda sede nos la ofrece Sixto Ramon Parro en su libro Toledo en la mano (1857). En él repasa ciertas esculturas, lápidas y «antigüedades» de diversa procedencia para extenderse más en el depósito pictórico, pero sin detallar la ubicación final de las obras. Lamentaba que, tras la exclaustración conventual de 1836, un comisionado del Gobierno llevó los mejores lienzos a Madrid. Contabilizaba 704 pinturas en posesión del Museo, 359 de ellas en San Juan de los Reyes. Las restantes, al no haber espacio suficiente, estaban repartidas, en calidad de depósito, en iglesias, alguna comunidad femenina y establecimientos varios. Precisaba que había 130 cuadros «dignos de aprecio», de los cuales, menos de la mitad eran de autores conocidos. Habla del contenido de algunas obras de El Españoleto, Carreño Miranda, Bocanegra, Lucas Jordán, Juan de Sevilla, Alonso del Arco, Antolínez, Tristán, Ribalta, Orrente, Maella y Carducho entre otros.

En noviembre de 1865, la ahora denominada Comisión de Monumentos de la Provincia, sería supervisada -como el resto de comisiones españolas-, por la Real Academia de San Fernando. Entre sus activos miembros emergían ilustres nombres de la vida institucional e intelectual toledana como el citado Parro, Martin Gamero, el conde de Cedillo, Narciso Barsi o los arquitectos municipal y provincial. En este contexto, en ese mismo año, apareció la que sería la primera guía del Museo Provincial, un Catálogo razonado, impreso por José de Cea, cuya consulta es posible gracias al raro ejemplar hoy depositado en el Archivo Municipal por el gran bibliófilo toledano Luis Alba. Una breve introducción avisaba que aún no se había realizado «un examen detenido, ni menos un estudio artístico, por Profesores competentes, cual era indispensable para clasificar debidamente las pinturas y demás objetos». Se pretendía ofrecer «a los muchos curiosos que diariamente visitaban» el museo, alguna noticia «de las insinuadas pinturas y demás curiosidades» exhibidas. Se aceptaban las indicaciones que «personas competentes» elevasen para aclarar cualquier dato relativo a las piezas expuestas.

El núcleo del Catálogo son 35 páginas con las tablas y listados de las «Pinturas, esculturas y objetos arqueológicos a cargo de la indicada comisión». Se relacionan 381 cuadros, señalando su ubicación, dimensiones, tema, tipo de soporte, la posible autoría y alguna ocasional acotación. Después se señalan ocho esculturas, catorce fragmentos arqueológicos, 27 «árabes», seis «hebreos», una docena de lápidas con inscripciones, 31 piezas de armas y «objetos antiguos». Había un apartado con 25 «objetos pertenecientes a los indios americanos» previo a otro lote de cinco lápidas de «época moderna». Mientras el Catálogo ofrecía una ordenada relación numerada, los lotes estaban colocados en las salas ajenos a tal listado. La impresión era la de un abigarrado almacén artístico como señaló, en 1939, Francisco de Borja de San Román, director del Museo Arqueológico entre 1915 y 1942. Hasta 1917, el Museo Provincial se mantuvo en San Juan de los Reyes, aunque con algunas salidas y entradas de piezas a otros lugares. La Guía artístico-práctica de Toledo, del Vizconde de Palazuelos (1890), recoge todos los objetos artísticos situados en cada una de las estancias con la numeración que ya dio el catálogo de 1865, lo que supone un perfecto complemento entre los datos técnicos originales y la ubicación concreta que ahora tenían los bienes expuestos.

Antes de 1900 fue preciso consolidar algunas zonas del claustro y cerrar el museo durante años, lo que denunció la Sociedad Española de Amigos del Arte en 1914 proponiendo la disgregación de los fondos, idea que fue desestimada. Aquella realidad y la necesidad de ampliar los espacios llevó a que, en 1917, ciertas colecciones se trasladasen a cuatro salones de la planta baja del edificio de la Diputación, siguiendo, en 1919, la emigración definitiva al Hospital de Santa Cruz donde comenzaría una nueva etapa museística que, con diversas crisis, criterios y momentos alcanza hasta hoy.