Mercado Municipal de Abastos poco tiempo después de abrirse en 1915. ARCHIVO PARTICULAR. FELIX VILLASANT
Mercado Municipal de Abastos poco tiempo después de abrirse en 1915. ARCHIVO PARTICULAR. FELIX VILLASANT - ABC
VIVIR TOLEDO

El Mercado: un edificio entre dos siglos 1896-1915

En la plaza Mayor de Toledo, la fachada de este edificio municipal muestra la identificación del edificio y dos fechas

TOLEDOActualizado:

En la plaza Mayor de Toledo, la fachada del Mercado municipal muestra la identificación del edificio y dos fechas: 1912-1985. La segunda indica la rehabilitación hecha aquel año, mientras que la primera, en realidad, es poco relevante en su pequeña historia, enmarcada en el mismo lugar que ya, en el siglo XVI, era el «estómago» de la ciudad. Aquí confluían las ventas de productos frescos en tres lonjas. El Mesón de la Fruta (mejorado en 1576 y luego transformado en Casa de Comedias), la Red del Pescado (trazada por Nicolás de Vergara el Mozo, en 1596, integrada después en el edificio del Hospital del Rey) y las Carnicerías Mayores, renovadas por el corregidor Pedro de Córdoba en 1545. Al margen de estas últimas hubo otras «carnicerías» municipales de escasa entidad y ya olvidadas en 1832: en Santo Tomé (en la plaza de San Antonio), en las Tendillas y junto a la iglesia de Santiago del Arrabal.

Volviendo la atención a la plaza Mayor –denominada, en el callejero de 1864, de las Verduras-, el historiador Francisco de Pisa escribía, en 1605, que había dieciséis «tablas» donde se expedían carnes a cierto precio «para beneficio de la gente pobre». En 1576, el corregidor Gutiérrez Tello alentó nuevas reformas como eran cercados para el ganado a sacrificar y un «Juzgado» destinado al alcaide que controlaba el orden diario, los precios, las pesas, etc. También se creó una capilla abierta hacia la plaza para oficiar misa los días de precepto. Es relevante la reseña que hace Sixto Ramón Parro, en 1857, al describir la portada -con un escudo de la ciudad incluido- y la distribución interior: «un patio cuadrado y muy extenso, con galerías cubiertas en los cuatro frentes, sostenidas por arcos y columnas de piedra». A pesar de ser un edificio tan singular, no conocemos ningún testimonio gráfico que muestre el alzado exterior o la disposición del patio.

El paso del tiempo y un escaso mantenimiento causaban continuos arreglos y gastos. En 1891, el arquitecto municipal denunciaba la ruina de varios arcos cuya reparación ascendía a unas cuatro mil pesetas. Cuando se inauguró el nuevo matadero municipal junto a la puerta del Cambrón, en abril de 1892, se vio su contraste con la vieja lonja de la plaza Mayor, ya con escasas condiciones higiénicas, pues aquí era donde se vendería después la carne. Así pues, el cierre se decretó casi al mismo tiempo, aprobándose en ese momento derribar las Carnicerías y la expropiación de las casas adosadas al muro frontero a la Catedral con el objeto de ampliar el solar y erigir un nuevo mercado. Este proceso alcanzó la Navidad de 1895, habiéndose cedido a la Fábrica de Armas la puerta blasonada citada por Parro. Hasta 1914, la venta diaria se trasladó a Zocodover, en puestos que se montaban cada día, y a maltrechos cajones y tablados repartidos por la plaza Mayor y la calle del Maestro Pedro Pérez. De esta época aún perviven números rotulados en los sillares catedralicios para cada vendedor callejero. Y es que, las obras del proyectado mercado vivieron una larga demora.

A principios de 1896 se aceptaba la propuesta del arquitecto municipal, José Ramón Ortiz, volcada en atender la higiene, la ventilación, aplicar materiales pulidos (mármol, azulejos, cristal…) y recurrir al hierro para lograr un gran espacio diáfano interior, reto que no resolvió. Este elemento ya era usual en naves fabriles, estaciones y en flamantes lonjas. Sin embargo, más allá del uso de la carpintería de hierro y acero por parte de ingenieros antes que por arquitectos, fue habitual revestir los fríos perfiles del metal remachado con aires historicistas o fantasías modernistas. En Toledo, estas posibles licencias «estéticas» aquí nunca se hicieron realidad, los escasos fondos disponibles determinaban sobrios acabados.

En 1898 ya se había ejecutado el sótano en torno a un patio central y los muros de la planta principal. Ese mismo año, el nuevo técnico municipal, Juan García Ramírez, estudió ciertos cambios y un plan para rematar el edificio. En 1901, el presupuesto ascendía a 170.000 pesetas, una cantidad sideral para la ciudad. En 1907 el ingeniero Pedro Vidal y el capitán de Ingenieros Pedro Fernández Villa-Abrille proyectaron una gran cubierta metálica, a dos aguas, sin hueco central, sobre ochenta y seis puestos de venta. La falta de recursos volvería a dejar en dique seco el deseado mercado.

Por fin, en 1912, llegaría el momento. De nuevo, García Ramírez ajustaría el proyecto para llevarlo a término. Se reafirmó toda la parte ya edificada, una manzana irregular con un pentágono de galerías interiores alrededor de un patio central que daba luz y ventilación al sótano y a la nave de ventas. Tal hueco se cegaría en la reforma que se efectuó en 1985 para lograr así más superficie comercial. Señalemos que, en 1971, las fachadas exteriores fueron picadas para eliminar el rojizo ladrillo satinado, común en la arquitectura del XIX, y colocar rústicas piezas de evocación mudéjar.

La tarde del 18 de enero de 1915 conoció la inauguración oficial, después de veintitrés años de esperas. Una crónica expresó: «se empezó en tiempos de Matusalen» y se «ha terminado ahora». Indiquemos que, en 1914, comenzaban las obras del monumental Mercado Central de Valencia (concluido en 1928), se colocaba la cubierta de la Boquería de Barcelona y se trabajaba en el madrileño de San Miguel, abierto en 1916. En Toledo, el acto de apertura lo presidió el alcalde, Félix Conde Arroyo, con varias autoridades, entre ellas el deán Ramón Guerra Cortés que bendijo la instalación, y los acordes de la banda de música de la Academia. Después, como dice El Eco Toledano, entró el público, casi «a viva fuerza», pues los guardias municipales no podían contenerlo. Y es que, como decía el Diario Toledano, nadie daba crédito a aquella larga “obra de romanos cuya terminación jamás creyó ver la actual generación”.

Un reportaje aparecido en La Veterinaria Toledana, el 31 de marzo siguiente, detallaba las estrenadas dependencias sin entrar en el valor arquitectónico del edificio. Los reparos se ponían en aspectos percibidos desde su óptica profesional como era el colocar un pavimento de baldosas, ausencia de bocas de riego o un dudoso tipo de la ventilación. No obstante, los veterinarios estimaban el interés empleado en el laboratorio de la Inspección Sanitaria para analizar las «substancias alimenticias» y así «poder garantizar la salud pública». Sobre estas bases, Toledo había estrenado su Mercado que, durante los setenta años siguientes, permanecería prácticamente igual a la vez que iba languideciendo la viva actividad que diariamente latía dentro y fuera de sus muros.

Rafael del Cerro, historiador y escritor
Rafael del Cerro, historiador y escritor