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El hiperrealismo total de «En la orilla» deja anonadados a los espectadores del Rojas

«Obras y trabajos como los realizados por K Producciones son de pura necesidad para el teatro y para la sociedad»

TOLEDOActualizado:

Cuatrocientas páginas de una novela compendiadas en dos horas de teatro. Si la novela no existiera y solo hubiera visto la luz un texto teatral de este calibre, hablaríamos de una obra dramática a la altura de los grandes autores hiperrealistas. Sin embargo, nos vamos del escenario a la narración a buscar la esencia. Descubrimos que la atmósfera que ideó Rafael Chirbes para el mundo decadente y moralmente corrupto, que tan presente tenemos con esta crisis que no se ha ido y que fue producto de aquella cosa que llamamos la burbuja, está presente en lo que se representa, en lo que dicen los personajes, en lo que se sugiere, en la escenografía perfecta y en la luz que la ilumina. Y está también la esencia y la ironía del autor y la puta realidad de su lenguaje y la España podrida que carece de valores y está Chirbes redivivo, resucitado, transparente, él, que parece seguir viviendo para contarlo.

Dijo Rafael Chirbes que la novela «En la orilla» nació del mal olor que deja la especulación y una crisis que trasciende lo económico. La obra de teatro, por supuesto, también. Sin embargo los personajes en diálogo y con la maravilla de su lenguaje corporal añadido acentúan esos símbolos que representan, las personas fracasadas de una España hipócrita, víctimas del pelotazo, la especulación, la corrupción moral y social y de la política de esos gobiernos fantasiosos, que favorecieron el desastre de la avaricia.

Los personajes de «En la orilla», perfectamente delimitados por los adaptadores y el director de la obra, son parte de esas larvas que pudren el tejido de la vida española y representan la parte del todo que es la sociedad española en su más amplio espectro, desde el poder hasta la base. La verdad es que, aunque la novela no se haya leído, la obra de teatro realiza una disección perfecta de la sociedad decrépita y fracasada tras la explosión de la burbuja y nos ofrece una mirada panorámica en la que a veces pone la lupa sobre algunos hechos y en otras nos pica la inteligencia para que podamos ver lo que no se ve. Excelente, pues, la adaptación llevada a cabo por Ángel Solo y Adolfo Fernández.

El contenido tan apabullante y la interpretación tan asombrosamente hiperrealista casi nos hacen pensar que es más importante la complejidad de la vida que la anécdota que se narra. ¿Hay corrupción? Sí. ¿Hay sexo? Sí. ¿Hay estafadores? Sí. ¿Hay violencia? Sí. ¿Hay falta de escrúpulos? Sí. ¿Hay frustración y fracaso vital? Sí. ¿Hay vergüenzas de la sociedad y miserias de la gente corriente? Sí. ¿Hay machismo? Evidentemente sí, como es la sociedad que se refleja. ¿Hay amor? Poco, lo que hay son relaciones interesadas, también por parte de las mujeres. ¿Hay crimen? Sí. ¿Hay suicidio? Es evidente que hay suicidio, aunque tan poco se hable de esta solución final a muchos fracasos. Por eso digo que la anécdota importa solo lo justo para seguir el hilo de una historia que, en el fondo, es la radiografía de un país. Quedarse con el hallazgo de un cadáver en el marjal de un pequeño pueblo costero, que va a ser principio y final de la historia, es poco. Que el protagonista, Esteban, obligado a cerrar la carpintería por una mala operación especulativa, dejando en el paro a los que trabajaban para él, mientras se encarga de cuidar a su padre enfermo, nos parece casi baladí en relación con el conjunto. Es en esa indagación de Esteban y su relación dialógica con los otros personajes, donde encontramos los motivos de una ruina que el protagonista asume en su doble papel de víctima y de verdugo, y es ahí, entre esos escombros, donde encontramos los valores que han regido una sociedad, un mundo y un tiempo. Se ha trasladado al teatro la historia contemporánea y nos cuenta sin pelos en la lengua lo que pasa en la calle, denunciando, evidenciando, reflexionando y criticando los acontecimientos que más directamente han afectado a la sociedad española.

Adolfo Fernández, como adaptador, director y protagonista, realiza un trabajo ímprobo para ofrecer un producto tan verosímil que es como si fuera un retrato. Claro que eso no es algo tan sencillo, pues en esa realidad, verídica por un lado y literaria por otro, podemos ver el costumbrismo de Galdós, el tremendismo de Cela y la ironía inteligente de Cervantes, es decir, de nuevo, vemos a Chirbes. La coherencia de la adaptación con el original me supongo que, si el novelista la conociera, también la aplaudiría.

La labor actoral, basada en una profundización a conciencia sobre lo corporal y lo vocal, el movimiento expresivo y la gestualidad, lo físico y la adaptación perfecta de la construcción del mensaje a las diferentes situaciones de comunicación de las variadas escenas, me parece encomiable. La minuciosidad en la representación está basada, sin duda, en el análisis minimalista de cada detalle que se estudia y se traslada al escenario. La construcción de emociones y las metódicas acciones físicas integradas en la creación dramática es algo que necesariamente hay que destacar en la puesta en escena de esta producción. Otro aplauso grande para Sonia Almarcha, Rafael Calatayud, Adolfo Fernández, Mariano Llorente, Ángel Solo y Yoima Valdés y muy especial para Marcial Álvarez que se marcó un Justino que recordará toda su vida.

Importante también es la magnífica escenografía con su apuesta por la videoscena, que, junto a la iluminación, la música y la pasarela móvil y multifuncional, ofrece el marco perfecto para contextualizar la realidad representada, creando ambientes muy dispares.

Texto, dirección, interpretación y escenografía conforman un conjunto teatral sobre el escenario. Es puro teatro. El espectador está en su sitio y ve y oye y, seguramente, siente y reflexiona. La obra es un espejo donde la gente ve reflejadas sus miserias, una obra en la que la codicia ha terminado con la ética y ha transformado a la sociedad. Perfecto, pero a mí el cuerpo, el corazón y la cabeza, casi me estaban pidiendo algo más, algo de Artaud, un espacio total, sin tabiques ni obstáculos, eso que llaman el teatro de la acción, pues en estricta verdad, los espectadores de esta obra somos un protagonista más del contenido que nos transmite.

Obras como «En la orilla» y trabajos como los realizados por K Producciones son de pura necesidad para el teatro y para la sociedad. El largo aplauso del público, que llenaba el Teatro de Rojas y que quedó anonadado en sus asientos tras lo visto en el escenario, fue justo y necesario.